¿Qué diablos es el agua?

«Somos todos casos especiales.»
Albert Camus

Cuando leo a David Foster Wallace siento que me falta el aire, y la sensación de asfixia se mantiene durante varios días. Wallace anuncia el tedio de la vida cotidiana, la naturaleza mecánica del tráfico, las compras y el trabajo con frases hermosas pero devastadoras. Esto es agua es un golpe frontal, un knock-out, no sólo para aquellos estudiantes del Kenyon College que escucharon en vivo el primer y único discurso que el escritor dio en su vida, sino para la humanidad entera.

Wallace no era políticamente correcto, lo atacaba algo que él llamaba “La cosa mala”, así que aceptó ofrecer ese discurso de iniciación al mundo laboral sólo para convertirlo en una afrenta a la vida. Quizá muchos de los recién egresados no entendieron nada en aquel entonces, pero algo debió entrar por uno de sus oídos sin que se escapara por el otro. En ese discurso, David Foster Wallace comparte tres situaciones que le preocupaban profundamente: recordar que nadie tiene el conocimiento absoluto ni es el centro del universo, hacer visible el vacío de los desafíos éticos contemporáneos y conocer las obligaciones reales que implica ser adulto.

Este discurso escapa a los clichés, aunque los utiliza con la justa ironía para ir de un punto a otro. La parábola de los peces nos hace pensar en alguien que sin pudor se burla de lo establecido, por eso aclara que él no es un pez viejo y sabio, sino alguien que simplemente pone sobre la mesa una realidad obvia: el absurdo de crecer.

Como los verdaderos rebeldes, Wallace corre el riesgo de la desaprobación. Por eso en Esto es agua queda claro que el valor real de la educación no tiene que ver con el conocimiento, sino con la conciencia de “ponerse en los zapatos del otro”, en que decidamos “considerar al que no soy yo”. Les advierte a los adoradores del intelecto que en la búsqueda de la empatía ese apego resulta inútil, y hace énfasis en aquel que venera su intelecto por encima de todo siempre se sentirá estúpido y frágil.

Por eso,  en vez de buscar aquello que nos falta para alcanzar la “sabiduría”, Wallace nos obliga a pensar, nos hace considerar lo que está dentro de nosotros y alrededor de nosotros, como el agua. En el budismo, el agua simboliza pureza y calma; paradójicamente, este elemento se utiliza como eje durante los funerales: el agua se vierte hasta desbordar en un recipiente situado entre el difunto y los monjes, mientras recitan: “Como las lluvias llenan los ríos y fluyen hacia el océano, de la misma manera alcance lo entregado al difunto”. Pero ¿qué tiene que ver el budismo con David Foster Wallace? ¿Para qué mezclar el agua y el final de la existencia? La respuesta es rústica y simple: para David Foster Wallace la vida se trataba de escribir o morir, de escapar a “la estática chisporroteante que producen todas las cosas y experiencias particulares” (En cuerpo y en lo otro). Él decidió terminar con su vida, estableció la ceremonia final en busca de sosiego.

Esto es agua, nos permite descubrir un David Foster Wallace compasivo (en el estricto sentido del aprecio por los demás y el deseo de liberarlos/se del sufrimiento), un hombre humilde que comparte la búsqueda de cómo superar las molestias de la vida diaria y las ganas de convertirse en un ser consciente en un mundo de aburrimiento y cinismo.

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