Publicar a don Gabriel

En una célebre carta de Gabriel García Márquez a Francisco Porrúa, director editorial de Sudamericana, donde le anuncia que está trabajando en su quinto libro, Cien años de soledad, el escritor advierte a su editor en el primer párrafo: “Le enviaré a usted dos copias a máquina, firmadas por mí, y le ruego ceñirse a ese texto para la impresión”. En la primera conversación que mantuve con el escritor, una llamada desde el despacho de Carmen Balcells hasta Los Ángeles, donde se recuperaba de su enfermedad, terminó diciéndome: “Quiero que sea muy crítico pues cuando le dé el punto final no vuelvo a tocar un texto”.  A Gabriel García Márquez no se le edita, se le publica.

Fue en una tarde de julio de 2001 cuando recibí una llamada de Carmen Balcells citándome con urgencia en la agencia. Quería que hablara con García Márquez pues su editor en Random House Mondadori, Claudio López de Lamadrid, con quien yo trabajaba, estaba de viaje y debían comenzar la edición final de sus memorias. Recuerdo que iba en carretera a recoger a mi esposa en Sitges y que no lo pensé dos veces antes de dar la vuelta y llegar corriendo a la cita telefónica con “don Gabriel”. Ella acabó regresando en tren y Carmen le mandó unas cajas de bombones. Así comenzó mi relación editorial con el escritor a quien había leído con pasión desde que cayó en mis manos un libro titulado Ojos de perro azul, y sobre el que había escrito trabajos académicos en mi primera vida como profesor de literatura.

Vivir para contarlo —que así se titulaba— era el primer volumen de sus memorias y, aunque ser uno de los primeros lectores de un texto de García Márquez podía nublar el entendimiento, el hecho de que no fuera de ficción me ayudó a conservar la cordura y ceñirme a los datos. Así, poco a poco llegaban resmas de textos por correo electrónico o por fax, con correcciones a mano que fui revisando y marcando para llegar a una lista de sugerencias. Recuerdo que la que más le impresionó fue la noticia de que La metamorfosis de Kafka cuya lectura cambió su vida de escritor, no había sido realmente traducida por Borges, como se leía en su texto. En el camino de una edición de Borges había encontrado una entrevista donde reconocía que nunca tradujo esa obra de Kafka (sí tradujo Un médico rural), aunque su editor así lo consignara en la portada. Don Gabriel estaba feliz de que no le iban a pillar en falso con ese dato erudito y lo corrigió. Otros detalles surgieron a lo largo del texto, desde algún topónimo distraído a una errata en un apellido. Pero como editor, mi recompensa llegó el día en que fui testigo de cómo el capítulo original dedicado al “bogotazo” fue reescrito por el autor de manera radical trasladando el punto central de las calles a los despachos de gobierno y transformando así lo que era ya un gran texto en una obra maestra.

Presenciar el trabajo de García Márquez de esa forma transparente que permite la página llena de correcciones ha sido uno de los grandes privilegios de mi vida de editor. Cuando tras varias semanas el manuscrito quedó terminado cómo él quería, un último mensaje antes de ir a la imprenta dejaba constancia de su genio: el título debería cambiar a Vivir para contarla. En un cambio de vocal concentraba la vida, demostrando que alguien como él no estaba dispuesto a aceptar un refrán sin dejar su marca.

El destino me llevó unos años después a México, más cerca de don Gabriel, pero dejé pasar dos años antes de llamarlo. De nuevo Carmen Balcells fue quien me encargó que trabajara con él la edición de las páginas escritas para ser leídas en público que se convertiría en Yo no vengo a decir un discurso. Fue un trabajo codo a codo revisando textos de un género que detestaba pero que, tras su premio Nobel, no tuvo más remedio que frecuentar. Para mí significó la fortuna de visitarlo una vez al mes y encerrarnos en su estudio para hablar del proyecto, ver las correcciones de En agosto nos vemos, en las que seguía trabajando, y comentar la actualidad política de México, de Colombia y del mundo. Ser recibido en esa casa feliz por Mercedes Barcha y por quienes lo rodean con tanto amor es mi mayor orgullo, no solo como editor, sino como lector y como amigo.

Los encuentros se fueron yendo en poner título a algunos textos que no lo tenían, revisar los recién encontrados, como el de su primer discurso en Zipaquirá, o rememorar con emoción intensa amistades como las de Cortázar o de Mutis. Fue entonces cuando me dijo que no le llamara “don Gabriel”, lo cual le divertía mucho. A partir de entonces fue Gabo.

Cristóbal Pera
El artículo fue publicado por la revista Semana de Colombia.

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Jaime Mesa

Ha colaborado con revistas como Crítica, Laberinto y Hoja por hoja. Además,...
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