Primer Taller Literario Virtual con Julián Herbert

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Esto que parece ser la vida

Josué Barrera

 

Si me pudieras mirar, sabrías que eso que parece ser tu cuerpo no es otra cosa más que pequeñas partes ligadas a un todo. Nada te pertenece. Cualquiera puede cortarte los brazos y la cabeza. Muchos aseguran que lo único que queda es la memoria, pero hay ocasiones que ni eso. Las ideas se van, las palabras se extinguen y los recuerdos se borran. Lo que nunca falla es el olvido, por eso no entiendo por qué tengo la sensación de haber contado varias veces esta historia. Quizá porque son muchas historias. Cada parte de mi cuerpo tiene algo qué decir. Estoy seguro de que en cualquier lugar donde se encuentren, mis dedos y mis ojos estarán contando su versión. No te asustes, ya me comprenderás. Salí de Los Guerra una mañana con rumbo a Monterrey. Quería visitar a alguien pero ya no recuerdo a qué persona. Al ocupar mi asiento me recargué en el cristal, cerré los ojos y dormí. Aunque el viaje dura no más de dos horas, no era de esas personas que les gusta ver la carretera. Para mí viajar siempre ha sido dormir, tal vez por eso ahora no concilio el sueño. ¿Tú duermes? De seguro sueñas con mujeres. A tu edad yo lo hacía. ¿Tienes novia? Me imaginé que sí. Yo no volví a saber de mi novia. O tal vez nunca tuve una. Este estado me mantiene confuso. De tener cabeza sería diferente. A veces creo que aún sigo dormido, que todo esto ha sido un mal sueño y que de un momento a otro volveré a despertar. Pero si volviera a despertar arriba de ese camión, no sé lo que haría; no podría regresar porque estaría en medio de la carretera y el chofer no querría bajarme. Pero bueno, todo esto no fue un sueño sino la realidad. ¿Esta es la realidad, verdad? Exacto, la realidad no es tuya; tú le perteneces a ella. Mientras dormía pasamos por Ciudad Mier sin ningún problema, después nos dirigimos hacia Cerralvo, donde tuvimos que llegar a tiempo. El siguiente punto fue Dr. González, donde al parecer pasamos sin ningún imprevisto. A la altura de Marín, a unos minutos de entrar a Monterrey, sentí que el camión se detuvo. Abrí los ojos y pude ver que estábamos en medio de la carretera. Había unas luces más adelante, por eso pensé que se trataba de alguna revisión improvisada. El chofer abrió la puerta que divide la parte central del transporte con la cabina; gritó que ya nos había llevado la chingada, que era un retén de sicarios y que habláramos a la policía. Sólo varias personas lo escuchamos, pero fue suficiente para movilizarnos y pasar la voz a los que estaban despertando o alejados de la cabina. Después de dar el anuncio, los dos conductores se bajaron y corrieron hacia el monte. Los primeros pasajeros pudieron tomar sus pertenencias y salir detrás de ellos. Como pude salté a mi compañera de al lado y sin buscar mi maleta salí del camión. Pude ver el movimiento de las demás personas entre la hierba salvaje y los mezquites. Apenas di unos pasos, que parecían más bien brincos, y alguien me disparó. Me dio justo en la pierna izquierda. Caí en seguida sin poder moverme. Nadie regresó para auxiliarme, así que ahí quedé tendido, gritando, haciendo círculos con lo que fue mi cuerpo, viendo que alrededor de mí sólo había polvo. Dejé de escuchar los brincos de las otras personas porque seguramente se alejaron de mí. Oí otros disparos que parecían venir de distintos puntos. No pude alzar la vista ni moverme como quería. Continúe confundido, alterado, haciendo más grande el remolino de polvo a mi alrededor. Después ya no supe de mí. Cuando abrí los ojos iba en la parte de atrás de una camioneta. Tres jóvenes estaban a mi lado. Al ver que desperté uno de ellos me golpeó con su arma en la cabeza. El golpe no fue tan duro como para volverme a desmayar. ¿Te han golpeado la cabeza? Espero que nunca lo hagan. Uno queda aturdido y el mundo se desequilibra; sientes que la cabeza no encaja con el cuerpo y una sensación de calor llega hasta tus piernas. Como pude fingí que había perdido el conocimiento y traté de acordarme de lo sucedido. A mi lado estaba un hombre que reconocí: íbamos en el mismo camión. Él sí parecía estar inconsciente. Me acordé de la herida en la pierna y volteé a mirarla. Simplemente no la vi. Miré mi pierna derecha pero a su lado no vi nada. La izquierda empezaba arriba de la rodilla, estaba bañada en sangre, aferrada con un trapo sucio. No pensé en nada. No concebí la idea de que faltaba algo en mi cuerpo. En aquel momento cerré los ojos y no volví a saber de mí por un rato. Ya no tenía dominio del cuerpo. Me dejaba arrastrar por la velocidad de la camioneta, como si estuviera en medio de un torbellino y la fuerza del viento me elevara. Desconozco si seguía siendo de día o de noche. No recuerdo luz pero tampoco oscuridad. Al recobrar mis sentidos vi que estaba en una cama y a uno de los jóvenes de la camioneta a mi lado. Le pregunté qué había pasado pero no respondió. Alguien más entró al cuarto y se apresuró a levantarme. Me incorporé como pude, apoyándome en las paredes y en cualquier objeto sólido que veía. La idea de no tener una pierna aún no la concebía. Me llevó a la parte trasera de la casa, donde se encontraban otras personas sujetando a una mujer. Aventaron su cuerpo y empezaron a despedazarla con una sierra eléctrica. Desde mi rincón sólo escuchaba el ir y venir de la cuchilla. Ese ritmo me adormeció de nuevo, pero cuando estaba a punto de caer, una de aquellas personas me descubrió, fue por mí y me llevó con sus compañeros. Pude ver las cosas sin mucha claridad, por eso no tuve fuerzas para resistirme. No estaba seguro de lo que pasaba hasta que vi la sierra eléctrica encima de mí y después sentí que sus aspas pasaban por la otra pierna. De nuevo me desmayé, estaba seguro de que iba a morir. No quería presenciar nada. Y no fue que lo decidiera, sino que simplemente perdí la conciencia. No sé si sea correcto decir que soñé, porque en esa situación dudo que alguien sueñe; más bien pensé, durante ese estado de aturdimiento, que estaba en medio de ese gran pastizal al lado de la carretera, solo, haciendo un remolino de polvo que crecía con rapidez envolviendo todas las cosas y después me recogía para llevarme a su interior, dando vueltas, cediendo a todo. Estoy seguro de que pasaron muchas horas, o al menos así lo creo. Al abrir los ojos estaba encima de un camastro al aire libre, en un campamento que parecía ser improvisado. Unas casas pequeñas daban la impresión de haber estado inhabitadas por mucho tiempo; más allá había unas vacas y mucha gente caminando con armas a sus costados. No quise hacer ningún movimiento, más bien no me atreví. Miré hacia la parte de abajo de mi cuerpo y solo encontré mis dos piernas cercenadas, una de ellas con gangrena. A los pocos minutos alguien pasó cerca de mí y se dio cuenta de que estaba viendo hacia el cielo; se acercó, preguntó cómo me sentía y no pude responderle. En vez de palabras salieron lágrimas. Fui consciente de mi estado por primera vez. El mundo se desordena cuando pierdes una parte de tu cuerpo, ahora imagínate perder los brazos y las piernas. La balanza se inclina y caes hacia lo inevitable. Aquella persona se alejó unos minutos, después regresó y me dejó un plato en el suelo. Cuando se fue, hice algunos movimientos vagos para alcanzar la comida. Comí de prisa, no quería saber nada más; comí después de tanto tiempo. Al terminar volteé con esfuerzo lo que quedaba de mi cuerpo, y vi de nuevo hacia el cielo. Estaba despejado y transparente. Muy bien podían haber sido las cinco o seis de la tarde. Cerré los ojos y caí de nuevo al vacío. Esta vez soñé o pensé o presentí o intuí que estaba en el camión, saliendo de mi pueblo, y que volvía a cerrar los ojos y que soñaba o pensaba a su vez en mi casa. De pronto una serie de disparos me despertaron. Todos corrían y se escondían en diferentes lugares. Yo seguía en el suelo inmóvil, como una tortuga que la han volteado y sólo le resta esperar. El camastro podía cubrirme un poco. Escuchaba que seguían los disparos y que había explosiones que cimbraban mi cuerpo. Las personas corrían encima de mí, me pisaban o se tropezaban con lo que quedaba de mi cuerpo. Todos corrían menos yo. Sólo trataba de ocultarme detrás de aquel camastro, pero los disparos estaban en todos lados. Desde esa posición no pude ver más el cielo. Alguien pasó a mi lado y al ver que estaba vivo me disparó por inercia. Me dio justo en el en el pecho. ¿Dónde más podía dispararme? Estoy seguro de que mis piernas no son tontas y salieron corriendo desde que las separaron de mí y que mis brazos encontraron algún escondite. Yo también hubiera hecho lo mismo si fuera unas piernas huérfanas. Mis brazos han de estar todavía escondidos sin tener noción del tiempo. Siempre confié más en mis piernas que en mis brazos. Al ver mi estado, algunas personas me arrastraron a una de las camionetas. Apenas me subieron, arrancaron el vehículo a toda prisa. Yo iba en un estado hipnótico, pero escuchándolos. Seguía vivo, pero había muerto. Sentía un calor interno pero no podía percibir el exterior. Intentaba parpadear sin resultado. No sentía el pulso pero estaba nervioso. Me di cuenta de que su plan era arrojarme por la carretera entre Monterrey y Saltillo. Añoro entender lo que sucede. El orden de las cosas te da tranquilidad. Para no volver a perder la conciencia traté de recordar las distancias entre mi pueblo y Saltillo. Qué absurdo suena decir esas palabras: conciencia, realidad, orden. Pregunté en donde estábamos y los dos hombres sólo se rieron de mí. Yo ni me puedo reír. Si me pudiera ver me reiría y no contaría historias. Me pasaría todo el tiempo riendo. La camioneta en donde íbamos corría a gran velocidad sobre la carretera. Imaginé que éramos los únicos que transitábamos por esa zona. Iba acostado, sin poder apoyarme y ver por la ventana. Uno de ellos dijo: “Antes de llegar a Torreón le clavamos un letrero y lo aventamos”. Ahí se verá muy bien el mensaje. Mi única conexión con el mundo eran las vibraciones que sentía. No pude decir nada y sólo percibí el oleaje de la camioneta. Unos minutos después nos detuvimos y entre los dos me bajaron. Era un crucero de carretera. Vi que en un letrero decía que faltaban diez kilómetros para llegar a Torreón. Uno de ellos me disparó varias veces en la cabeza. Cuando por fin morí me colocaron debajo de una señal de carretera. Sacaron una cartulina con un mensaje y lo clavaron en donde me habían disparado. Uno de ellos ordenó que ya me dejaran y después se fueron. Me quedé solo. ¿Me creerás si te digo que intenté escaparme? Bueno, no espero que creas nada de esta historia. Eres muy joven para conocer la realidad. La misma vida se encargará de enseñártelo. Yo sólo soy alguien que te habla de lejos en un parque. No me puedo acercar porque te asustarías. ¿Crees que la realidad es lo que miras? Pues nada es lo que es. Si alguien pudiera desprender nuestras capas nunca llegaría al centro. ¿Ya te había dicho? Discúlpame, repito una y otra vez la historia de mi lengua que ya no recuerdo las otras. Estando a orillas de la carretera quise desprender el letrero de mi pecho y correr por el monte para estar solo y sentirme más seguro, pero ¿qué puedes hacer cuando estás muerto? Todo se vuelve impreciso cuando te falta la vida. Vi que los autos pasaban de prisa en varias direcciones. En pocos minutos llegó un federal de caminos y paró su carro enfrente de mí para que nadie pudiera mirarme. El oficial me vio con asco y sólo alcanzó a patearme sin fuerza con sus botas. Permanecí recargado debajo del letrero hasta que otras personas llegaron. Antes de tocarme sacaron fotografías desde todos los ángulos. Quitaron la cartulina de mi pecho y la fotografiaron aparte. Después se acercaron a mi cuerpo y volvieron a retratar cada una de las heridas. Todos me veían con asco, pero no despegaban sus miradas. Mientras eso ocurría, otras personas buscaban algunas de mis extremidades. Alguien gritó que habían encontrado unos brazos. No supe si eran los míos. Uno de ellos sacó una bolsa negra y me metieron en ella. En ese momento no puedo decir que soñé ni que pensé porque ya estaba muerto, sino que de alguna manera recordé ciertas cosas. Me subieron a una camioneta para llevarme a otra ciudad. Estoy seguro de que fue otra ciudad porque el viaje duró algunas horas. Quizá sólo me llevaron a otra sala, porque el lugar era distinto, más iluminado, y me atendían otras personas. Una de las mujeres limpió mi cuerpo. Después llegó un joven y revisó con detenimiento la gangrena de las extremidades. Otras dos personas aparecieron después y con una sierra manual cortaron mi cabeza. ¿Ves por qué te digo que cualquier persona puede cortarte la cabeza? Es más fácil ser dueño de los demás que de uno mismo. No tardaron ni dos minutos en separarme del cuerpo. El saco de huesos que alguna vez fue mío lo revisaron de manera aislada mientras describían en una hoja las partes que quedaban. Después lo metieron en otra bolsa, le pegaron lo que habían escrito en el papel y lo apilaron en una bodega en donde alcancé a ver otros sacos negros. No volví a saber de mi cuerpo. Mi cabeza la metieron a una bolsa transparente, para después meterme en una hielera junto con otras cabezas. Ninguno de nosotros sabíamos en dónde nos encontrábamos. Les dije que lo último que recordaba era que estaba en Coahuila, pero una de las cabezas me interrumpió para decirme que ya estábamos en Chihuahua, mas no sabía a dónde nos dirigíamos en ese momento. Cuando nos sacaron de la bolsa estábamos en un laboratorio. Había alrededor de diez personas trabajando y cientos de frascos de todos tamaños con diversas partes del cuerpo en su interior. Tomaron cada una de las cabezas y las examinaron con detenimiento. Entre dos o tres personas estudiaban cada pieza. Al ver un signo de desintegración, algún defecto o una herida muy evidente, volvían a meter la cabeza en la bolsa y le pegaban una etiqueta con una cruz marcada. Una persona la tomaba para llevársela a un sitio al fondo del laboratorio. Cuando llegó el turno de mi compañero más cercano, vi que después de examinarlo le retiraron las pupilas, la cabellera y un área de piel de su mejilla. Lo que quedó de su cabeza la echaron a la bolsa y le marcaron una X grande. Después seguí yo. Me sacaron con extrema prudencia para colocarme debajo de una luz. Uno de ellos abrió mis párpados y revisó con detenimiento el tejido ocular. Tomó las pinzas que estaban a su lado y desprendió una capa transparente de mis dos ojos. Retiraron el tejido capilar, un área de la mejilla derecha y, a diferencia de mi amigo, cortaron mis labios. Cualquier persona puede ser dueño de ti. Cualquier persona puede cortarte los labios. Cada parte la metieron en diferentes recipientes. Los labios, o lo que quedaba de mí, fueron o fuimos a parar a otro laboratorio más grande. Una de las personas me sacó, los sacó o nos sacó y los colocó en un recipiente con lo que parecían ser otros labios. Éramos muchos labios juntos. Las texturas y los sabores eran diferentes, pero lo que prevalecía era un olor fétido. Para su desgracia los labios no pueden correr como las piernas, aunque tengan buenas razones para hacerlo. La bandeja en donde los-nos juntaron la-nos metieron a una máquina en donde los-nos trituraron para hacer un tejido especial para sabrá Dios quién o para qué motivo. Fue ahí cuando me desprendí por completo y me fui del laboratorio. No somos más que rompecabezas que nadie, ni nosotros mismos, intenta armar. Al salir vi que estaba en una ciudad extraña. Entonces supe que lo único que me quedaba por hacer era utilizar la memoria y mi voz para contar esta historia con el último hilo de voz que me quedaba, pero apenas la empecé a contar a un hombre que vi por la calle, dos jóvenes fueron hacia mí, tomaron la memoria, la tiraron al suelo, le dieron de golpes y la desarmaron con sus propias manos como si fuera una bomba a punto de estallar. No pude hacer nada pues se trataba de mi memoria, esa parte que comparto con todas las personas, y no tenía alcance para defenderla, ni emociones, ni instintos para responder a su favor. Mi aliento enmudeció junto con la memoria, se desgarró, se desfragmentó en pequeñas partes que por sí solas no sirven de nada. Por ese motivo ya no sé quién soy y no estoy seguro si soy algo aún, pero aquí sigo inerte, inexpresivo, inmóvil, frágil, sin nada que dar. Desde entonces estoy refugiado en este parque. Siento mayor tranquilidad entre los árboles y los vagabundos. Sé que te sientes fuerte porque eres joven, tu cuerpo está vivo, te responde y nada te detiene. Después del injerto volviste a nacer, ¿verdad? Por eso decidí contarte mi historia. No eres como los demás. Sabía que me podías entender. Ese pedazo de piel que llevas pudo ser mío. Si quisieras podrías acabar conmigo de un golpe. Yo fui como tú y ahora estoy en un limbo. Por eso te advierto: nada te pertenece. Sólo te bastaría mover el brazo con fuerza para desaparecer este viejo murmullo, o podrías darme un poco de tu voz, un pedazo de tu memoria, algo de ti para seguir siendo lo que sea que soy. Mendigo lo que quieras darme. Quiero tener fuerzas para reírme, pero ni eso consigo. Sólo hablo sin saber que hablo. Suelto palabras sin saber qué digo, sin importar si alguien me escucha, sin tener nada en medio de esto que parece ser la vida.