Por el amor a nosotros mismos, animales

Dentro del departamento un perro recorre día y noche los pocos metros cuadrados que compartimos. Su vida es bastante vulgar, pero nunca me ha parecido desdichada. Podría definir el carácter de éste en términos que a muchos les parecerían fuera de lugar, como orgulloso, necio e indiferente, tierno y eternamente hambriento. Corre como poseído cuando su dueña se acerca a casa y quiebra de nerviosismo cuando un extraño entra a su territorio. Es, a final de cuentas, un prosaico perro de casa. Pero su existencia trasciende las cosas.

Franz-Olivier Giesbert convierte ese tipo de anécdotas en un libro cuya dimensión particular asume a todos los animales no humanos como objetos de atención, hermanos en un mundo demasiado estructurado. Bajo sus argumentos, que pasan sorprendentemente por la dicha nazi por los canes y una historia demasiado sangrienta donde nuestros bocados son sujetos ignorantes de su dicha, el autor rodea su pasión y amor hacia los animales para informarnos sobre un error ancestral: la definición animal de nuestra propia especie.

¿Cuándo decidimos que en el sepulcro los perros y los gatos tenían una jerarquía mayor frente al gesto fruncido que tenemos por, digamos, los cerdos? Nuestra cultura, mal informada y obtusa, no ha dejado de transmitir, generación a generación, prejuicios. ¿Cuál es el derecho del hombre, se pregunta Giesbert, a atribuir con tanta ligereza su lugar en el mundo?

Para iluminar su idea, Gierbert recurre, por lo pronto, a la filosofía. Si con el ejemplo del holocausto fuimos capaces de deshumanizar y exterminar, lo somos también, y con pasmo sin vergüenza, capaces de quitar lo animal al ganado. ¿Por qué son similares y a la vez nos toma por sorpresa la comparación? Porque sistemáticamente avanzamos hacia el progreso técnico y desencajado del valor económico. El animal no nació desnudo, dice Derridá, porque en principio la desnudez no existe en la naturaleza. La seducción racional que ofrece definir a esas especies que no hablan nuestra lengua, limitarnos a nombrar esa incomprensión en términos “humanos”, dio paso, y no ha cedido, a escapar de nuestra responsabilidad por el sufrimiento animal.

Este poderoso ensayo, resultado del dolor de un amor incomprendido, es fuente de inspiración para aquellos que intentan compartir una idea, la sensación de querer ayudar en este mundo irreflexivo. Vivir ya es matar, aclara Giesbert, pero una clara razón nos separa del mundo omnívoro que nos define de la maquinara humana en la que vivimos: “El hombre se hizo para el mundo, y no el mundo para el hombre”.

Nuestro perro se llama Tirso.

Un animal es una persona

Franz-Oliver Giesbert

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