Periodistas en riesgo

Superado el ecuador de la historia, lo que había estado en silencio debe ser dicho en todos sus detalles, con furia…

Roberto Calasso, La ruina de Kasch

Esta semana la langosta nada en las turbulentas aguas del periodismo, donde cualquier movimiento en falso puede provocar que nuestro querido crustáceo acabe hervido y listo para ser devorado. He tenido la oportunidad de trabajar en la edición de varios libros de periodistas que arriesgan la vida en el desarrollo de su trabajo. Muchos han estado dispuestos a caminar en el borde del abismo para conseguir un testimonio clave, para obtener un expediente que pone en evidencia una red de corrupción o para describir de primera mano el lugar donde hasta hace algunas horas se escuchaba sólo el sonido ensordecedor de balas letales. Como dicen los cánones, la información debe verificarse, a pesar de todos los obstáculos. “Aquí está el USB con la historia que lo cambia todo”, me dicen los supervivientes, agitados, a las puertas de la editorial. Me queda claro que sólo ellos, que están en la trinchera, pueden hablar auténticamente sobre lo que significa padecer intimidaciones, recibir amenazas, verse obligados a dejar su país e incluso ser víctimas de un atentado. Aquí dejo tan sólo unas líneas para llamar la atención sobre este alarmante fenómeno y, por supuesto, para invitarlos a leer las recomendaciones que llevamos hasta sus pantallas esta semana: Superdólares, Cara de Diablo y Ni vivos ni muertos. Tercia de ases. Hace algún tiempo recibimos un proyecto del escritor sonorense Carlos Moncada, quien llevaba bajo el brazo una larga lista de periodistas asesinados. “Alguien tiene que dejar registro de la barbarie que está ocurriendo”, dijo Moncada. Más tarde, cuando revisamos la propuesta, uno de mis colegas la cuestionó ásperamente: “¿A quién le va a interesar una interminable enumeración mortuoria?” “Tal vez ése sea precisamente el problema”, respondí. El proyecto superó el comité editorial entre miradas escépticas. La documentación de Moncada abarcaba casi cien años: en la mayoría de los casos se contaban historias donde el poder político había logrado acallar la voz de la denuncia periodística. Caso tras caso se fue perfilando el volumen que al final se titularía Oficio de muerte, expresión tomada de un número de la revista Proceso en el que se abordaban los peligros de ser periodista durante la administración de Felipe Calderón. La nota central era la deficiente investigación judicial que se realizaba sobre el homicidio de Regina Martínez, corresponsal del semanario en Veracruz. Moncada decidió terminar el libro enfatizando la escandalosa impunidad de este asesinato y augurando lo peor para los días por venir. La realidad no daba otra opción. El libro se entregó a imprenta. A las pocas semanas, recibí una llamada del autor: “Es necesario que pare las máquinas, tengo al menos otros dos casos de periodistas asesinados en los últimos días, debemos incluirlos”. Las máquinas se detuvieron, pero los asesinatos no. Nunca había experimentado un cierre de libro tan dramáticamente largo y triste. ¿Hacia dónde vamos? A veces es bueno hacerse esa pregunta, aunque terminemos deprimidos y con ganas de tomar una buena dosis de barbitúricos. Déjenme contarles algo más. Estos días estamos trabajando en la nueva edición de Los demonios del Edén, de Lydia Cacho. En 2015 se cumplen 10 años de la publicación de esta investigación que destapó una cloaca aún difícil de asimilar. En un pasaje de esta versión corregida y aumentada, Lydia cita un informe de la organización Artículo 19, donde se lee con escalofríos que “entre 2009 y 2011 los principales responsables de las agresiones a periodistas provinieron de agentes estatales: elementos de policía estatal atacaron a 77 periodistas, la policía federal agredió a seis, la policía municipal a siete y las fuerzas armadas a 412. Por su parte, a la delincuencia organizada se le atribuyen 24 ataques con armas de fuego o explosivos en contra de medios de comunicación; 12 de los 27 asesinatos a periodistas y colaboradores de medios, y dos de los cuatro casos de desaparición”. Es necesario insistir: ¿hacia dónde vamos? El diagnóstico es claro, vivimos en un estado policiaco, enemigo de la libertad de expresión. Los periodistas, señala Lydia, intentan documentar la realidad entre dos fuegos que apuntan hacia ellos mismos cuando evidencian la complicidad del poder político con las mafias, así que “sólo podemos confiar en nosotros mismos”, y a veces ni siquiera eso.

Enrique Calderón S.


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