Para oír la música de las partículas

La teoría cuántica tiene mucha fama, y no toda es de la buena. En general, corre el mito de que es muy difícil entenderla, incluso en sus conceptos más básicos. Otro obstáculo para que la médula de la teoría cuántica se una a concepciones generalizadas del universo, como que la Tierra gira alrededor del Sol o que la luz viaja a 300 mil kilómetros por segundo, son los propios intentos de simplificar esas teorías para el público general. Pues cuando los divulgadores se disponen a explicarla, sean estos Bertrand Russel –quien escribió su libro sobre la teoría de la relatividad cuando se decía que sólo un puñado de personas podían entenderla-, Carl Sagan o Neil deGrasse, pareciera que la física cuántica es una rama de la literatura fantástica, como diría Borges.

El universo cuántico. Y por qué todo lo que puede suceder, sucede desmitifica la teoría cuántica, esta encarnación de la mecánica cuya importancia en la vida moderna –y cotidiana- se ve disminuida por toda clase de disparates: partículas capaces de estar en dos lugares a la vez, gatos que están vivos y muertos simultáneamente, la mal interpretada “relatividad” de todas las cosas que postula  Einstein.

Una de las mejores formas de convencerse de una vez por todas de que la teoría cuántica no es una elucubración de la mente humana es a través de las matemáticas. Y que nadie salte del barco ante la mención de la ciencia formal, pues eso es lo que nos ofrecen los físicos Brian Cox y Jeff Forshaw, una explicación lúdica pero también rigurosa de los modelos con los que Heisenberg, Einstein, Planck y muchos otros transmutaron nuestra visión del cosmos.

Por medio del cálculo, la teoría cuántica y la relatividad, los físicos modernos pudieron inferir fenómenos infinitamente pequeños e infinitamente grandes sólo con unas cuantas ecuaciones, lápiz en mano, y un método lógico. Parece el procedimiento típico de cualquier físico pero se trata de una hazaña comprender de qué están compuestas las estrellas y por qué van a explotar, o introducirse al interior de un átomo sin la necesidad de medirlos en persona. Todavía más sorprendente es que el alcance de este conjunto de conocimientos ha dado luz a tecnologías tan cotidianas como los transistores, presentes en casi cualquier aparato –celulares, computadoras, radares, satélites–.

Sí, la teoría cuántica es un desafío pues se trata de una concepción del universo que no podemos percibir directamente en todo momento, porque la mayoría de lo que describe es invisible. Pero como suele suceder en los volúmenes de divulgación científica, hay metáforas y modelos imaginarios que ayudarán a traer a la vida una teoría que describe nuestro mundo, a pesar de sus propios límites.

El libro tiene una narrativa “lógica”, pues busca que cuando el lector la termine sea capaz de entender cómo es que un científico hindú, Chandrasekhar, fue capaz de definir el tamaño máximo de una estrella moribunda, las enanas blancas, sin jamás haber presenciado su estallido. Ahí reside la principal cualidad de El universo cuántico: deja claro el logro monumental de la menta humana que es la física de partículas, capaz de guiarse sin actos de fe hacia lo desconocido.

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