Palomino Molero

La primera vez que leí a Vargas Llosa iba en la prepa, si no me equivoco. Iniciamos nuestra relación con Pantaleón y las visitadoras: aún recuerdo de qué forma me retorcía de risa a medida que avanzaba con mi lectura. Después de Pantaleón vinieron La casa verde, La tía Julia y el escribidor, Las travesuras de la niña mala, el Elogio de la madrastra, ¿Quién mató a Palomino Molero? y, más recientemente, El héroe discreto. He tenido, también, varios fracasos con él: nunca terminé La Fiesta del Chivo ni El sueño del celta.  Supongo que no haber concluido La Fiesta del Chivo me deja muy mal parada…

Vargas Llosa fue fundamental en mi relación con la literatura. No provengo de una familia lectora, no crecí rodeada de libros, nadie me leía por las noches. Mi primer acercamiento a la lectura fue bastante tardío, y he de agradecerle a Pantaleón y a sus visitadoras que sembraran en mí el gusto por la lectura. Es casi conmovedor recordar con cuánto asombro me carcajeaba siguiendo el hilo conductor de aquella historia que en un primer momento me parecía completamente ajena. Desde mi indiferencia, desde mi ignorancia, leer una historia así se antojaba prácticamente estéril. Cuánto me equivocaba.

Esta tarde releí ¿Quién mató a Palomino Molero?, a propósito de este texto que sabía debía escribir. La historia, como sabemos, parte del hallazgo del cadáver del “piuranito que cantaba boleros”, quien fue no sólo asesinado sino brutalmente torturado. Me di cuenta, con tristeza y sin ánimos de novedad, de que lo que en este relato escandalizó a la población de Talara es el pan de todos los días en mi país que está cayéndose a pedazos ante la estupefacción de extranjeros y aparente resignación de nosotros, los mexicanos. Así como asesinaron a Palomino mueren miles en México, otros tantos desaparecen, y no hay ni Litumas ni Silvas que resuelvan, con tenacidad ni ingenio, ninguno de los misterios que nos condenan a repetir una historia que nos horroriza y entristece.

En fin. Terminé de leer la novela y me di cuenta de que todo se ha dicho ya sobre la obra de Vargas Llosa. A mí, en realidad, lo que más me gusta son sus historias policíacas donde asistimos a la investigación de la mano de originalísimos personajes que se valen de métodos poco ortodoxos para cumplir su cometido. Me gusta cuando el erotismo se cuela en estas novelas, de talante más bien masculino, pero sin llegar a ser jamás el eje central del relato. Lo prefiero siempre peruano, histórico, desfachatado. Pero nada nuevo tengo que aportar sobre su obra. (¿Y quién soy yo, además, para opinar?)

Lo que sí puedo contar, no sin ruborizarme ligeramente al recordarlo, fue el encuentro aquel que tuve con Vargas Llosa sin disimular en absoluto mi admiración y mi sorpresa. Hace tres años, me parece, tuve la gran oportunidad de ser la intérprete de James Ellroy durante la FIL Guadalajara. Esto me mantuvo recluida en el piso diecisiete del Hilton por tres días seguidos, asistiendo a los rituales más íntimos de la intelectualidad que se daba cita en Guadalajara.

Trabajo en el medio editorial desde hace varios años, ocho ya, y he luchado arduamente por no dejarme impresionar. No pido autógrafos, no pido fotos, no hago fiestas. He pensado siempre que mi poca credibilidad es inversamente proporcional a la cantidad de papelones que haga en público. De sobra está decir que sigo haciendo papelones, eso que ni qué, pero de veras que me esfuerzo por evitarlos.

Y estaba allí, sentada con James, a media entrevista, explicando por enésima vez en qué consistía su proceso creativo y de qué iba a tratarse su próxima novela, cuando de pronto escucho, a un metro de distancia, una voz familiar: “Dame un segundo, Patricia”. Volteé inmediatamente. Y sí, era él: era Mario Vargas Llosa, a un metro mío, quien volvía a su habitación para recoger su cartera, su gafete, su suéter, sus llaves, su qué sé yo. Patricia, su esposa, avanzaba a paso firme rumbo al elevador. James me miraba, desesperado, ya que los había sumido, a él y a su entrevistador, en el más incómodo de los silencios.

No había salido de mi estupefacción cuando me levanté, lo miré de frente (calculé bien los segundos que le tomaría volver de su habitación y cruzar justo a la altura del sillón sobre el que estaba sentada) y me dirigí a él sin importarme nada: “Mario, discúlpeme por salirle al paso. Lo admiro profundamente, desde lo más hondo del corazón. Fue gracias a usted, a Pantaleón especialmente, que aprendí a amar la literatura. Es algo que no podría decirle a ningún otro escritor, es algo que sólo podría decirle a usted. Y por haberme dado ese regalo, Mario querido, es que le ruego me permita darle un beso y un abrazo. Usted lo olvidará enseguida, ni duda cabe, pero créame si le digo que yo me los llevo conmigo para siempre”. Me dejó darle el beso y el abrazo, desde luego: ahora que lo miro en retrospectiva, no es que le haya pedido permiso sino que lo puse sobre aviso. Y él, a ningún lado pudo correr. Su esposa, Patricia, nos miraba inquisitivamente desde el elevador, cuya puesta en marcha impedía desde que Mario se había vuelto a la habitación.

James no me perdonó el exabrupto. Nunca le ha parecido que nada sea para tanto. Yo pensaba lo mismo y así se lo hice saber días antes. Jamás imaginé que iba a tener la oportunidad de abrazar y besar a quien no sólo me abrió las puertas al mundo de las letras, sino que me puso, sin siquiera imaginarlo, en el pedacito de mundo que hoy me toca ocupar y que me hace tan feliz.

He vuelto a cruzarme con Vargas Llosa en los pasillos de la FIL. Él, custodiado por editores y personal de seguridad, no repara en nada. De mí, de más está decirlo, evidentemente no se acuerda. Yo quiero pensar que ya me creo en aquello de que nada es para tanto y procuro guardar la compostura tanto como me sea posible. Sin embargo, hay que confesar que siempre que me cruzo con el Nobel peruano vuelve a mí la emoción no de aquel breve y torpe encuentro, sino de la alegría que produjo en mí aquella primera lectura y la decisiva influencia que tuvo en mi vida.

Gracias, querido Mario.

 

Conjura semanal escrita por ☞ Wendolín Perla.

Su blog: http://purasletras.wordpress.com

Foto: © Morgana Vargas Llosa


 

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