Otelo, o “si me dejas, te mato”

Mark Twain afirmaba que un clásico es aquel que “todo el mundo quisiera haber leído pero nadie lee”, y Shakespeare, de entre todos los autores, tiene una repisa especial en esa vitrina donde habita gran parte de los personajes que nos gustaría haber sido o a quienes hemos interpretado sin si quiera saberlo (por no haberlos leído).

Como lector, descubrir a Shakespeare, leerlo por primera vez, significa un encuentro cercano del tercer tipo con el deseo, el amor, la culpa, las ansias de poder, el amor, la envidia; después de leerlo, uno camina por la vida deseando ser, acaso, Julieta; nos descubrimos a nosotros mismos actuando con la imprudencia de Romeo para luego culpar al destino por nuestros actos; vivimos la duda que nos carcome las entrañas, como Hamlet, pues sabemos lo que tenemos que hacer, pero lo evitamos a toda costa. Después de Shakespeare, nadie queda ileso; a partir de ese instante uno reconoce brotes de Macbeth, Ricardo III, Ofelia, Próspero, Lady Macbeth, Desdémona y Calibán en su vida, en cada serie de Netflix o en alguna película que se nos atraviesa. Y es que, como sentenció Calvino: “Un clásico es aquel que nunca termina de decir lo que tiene que decir”; no fue casualidad que Harold Bloom titulara su ensayo sobre la obra del dramaturgo inglés La invención de lo humano.

Otra definición de clásico sería aquel libro cuya historia conocemos sin haberla leído. Esto fue lo que me pasó con Otelo; de alguna manera yo sabía que se trataba de un moro cuya esposa le era infiel con uno de sus subordinados, y en un ataque de celos él la mataba. Sin embargo, quizá Otelo sea uno de esos personajes que te decepcionan cuando los conoces de cerca: aquí el marketing nos jugó una mala pasada; “publicidad engañosa”, se diría en la actualidad.

En una de las primeras escenas vemos a Brabancio, padre de Desdémona, exigir al Dux –gobernador de la comarca– que castigue a Otelo porque con engaños ha sonsacado a su hija Desdémona y la ha obligado a casarse con él. Cuando el Dux pregunta a Otelo cómo ha conquistado a Desdémona, éste responde que sólo le ha contado sus hazañas, por lo que el Dux le asegura a Brabancio que no hay delito qué perseguir pues hasta él se hubiera enamorado del guerrero si hubiera escuchado esos detalles.  Así lo corrobora Desdémona, quien ruega acompañar a Otelo a la guerra pues no han tenido su noche de bodas. Con el corazón de padre roto, Brabancio lanza un dardo a Otelo: “Moro, si tienes ojos para mirar: ella engañó a su padre y a ti te puede engañar”.

Yago, el alférez de Otelo, busca destruir a su amo, así que lo engatusa y le llena de veneno el oído para que crea que su esposa le ha sido infiel con Casio, su oficial. Así Yago lleva a la locura a su amo, hasta el punto de que este dice: “Me has puesto en el potro del tormento. Lo juro, más vale ser en mucho deshonrado, antes que saber tan sólo poco”. Pero acostumbrados a personajes como Macbeth o Ricardo III, quienes se forjan su destino y actúan y luchan y se equivocan, Otelo parece un personaje víctima que se cree todo lo que le dicen, que no corrobora, que no tiene maldad como para pensar que alguien puede engañarlo, y quizá sea la patología misma de los celos que no necesitan motivo, como dice con sabiduría Emilia: “Las almas celosas […] nunca están celosas por alguna causa, sino celosas porque son celosas. Celos es un monstruo que se engendra de sí y de sí mismo nace”.

Conforme avanza la obra, la locura en Otelo va en aumento hasta el punto de matar a su amada Desdémona, e instantes después descubrir el engaño. El error trágico de Otelo es el mismo que el de Edipo: él cree que sabe, piensa que conoce la verdad a pesar de estar ciego, y actúa, se condena y luego se pregunta: “¿Quién puede controlar su destino?”.

Aquí nos identificamos con Otelo y recordamos a Wilde: “Cada hombre mata lo que ama, sépanlo todos: / unos lo hacen con la mirada de odio, otros con palabras cariñosas. / El cobarde con un beso, el hombre valiente con una espada. / Unos matan su amor cuando son jóvenes, otros cuando son viejos. […] Unos cometen su crimen anegados en llanto y otros sin un suspiro. / Porque cada uno de nosotros mata lo que ama, y sin embargo: / no todos merecemos morir por ello”.

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