Número cero: “Un libro que tiene eco”

SPETT.UMBERTO ECO A NAPOLI (SUD FOTO SERGIO SIANO)
Así se inicia una trama intensa donde se reparten los papeles de los colaboradores y Colonna y Simei les explican cómo manipular las noticias; cómo manejar un desmentido con base en insinuaciones y descalificaciones; cómo practicar el amarillismo de tal manera que, de tan evidente, parezca sutil.

Umberto Eco, el novelista de Número cero, tiene un vínculo muy estrecho con el ensayista  irónico y festivo de los Diarios mínimos, de ahí el título tan obvio de la presente reseña.

Sobre esta obviedad, en Segundo diario mínimo (1994) Eco escribe: “Dispongo de una colección de títulos de reseñas de mis libros que se mueven entre ‘El eco de Eco’ y ‘Un libro que tiene eco’. Salvo que, en este caso, tengo la sospecha de que esta no es la primera idea que se le ha ocurrido al redactor; es que la redacción se ha reunido, discutido una veintena de títulos posibles, y por fin, al jefe de redacción se le ha iluminado la cara y ha dicho: ‘¡Muchachos, se me ha ocurrido una idea fantástica!’. Y los colaboradores: ‘Jefe, eres un demonio,  ¿cómo se te ocurren estas ideas?’. ‘Es un don divino’, habrá respondido”.

Esta oficina de redacción que el ensayista imagina en 1990 y donde probablemente se generaron el eco de Eco y el libro que tiene eco, se parece mucho a la que ahora es el escenario principal de Número cero, donde se gesta el periódico Domani y también pululan las ideas fantásticas y los dones divinos. En su ensayo “Cómo escribo”, incluido en Sobre literatura (2005), Umberto Eco reconoce que durante los años en que no escribió novelas sino ensayos, artículos y libros académicos, una de las maneras en que sostuvo su “pasión narrativa” fue a través de las parodias literarias y los pastiches de los Diarios mínimos. Y a cualquier lector atento de esta nueva novela le resuena en el oído, para insistir en la obviedad, el eco de aquellos ejercicios tan divertidos.

Frente a sus anteriores novelas y por su condición de franco divertimento, la nueva novela del profesor Eco es sensiblemente menos extensa y con una estructura no tan elaborada como la de El nombre de la rosa o la de La isla del día de antes. Sin embargo, fiel a sus fórmulas para la construcción de una realidad narrativa, esta vez constriñe la acción (véase el apartado Las constricciones, y el tiempo en “Cómo escribo”) al ámbito de un periódico en vías de preparación y a un estrecho periodo de dos meses y cuatro días: del 7 de abril al 11 de junio de 1992. Cada uno de los 18 capítulos tienen como título el día y la fecha, más la hora en el caso del sábado 6 de junio, al cual corresponden dos capítulos finales, para concluir la aventura novelesca el jueves 11 de junio. Con el capítulo II (lunes, 6 de abril) se habrá iniciado el largo flashback que desarrolla una trama con su buena dosis de misterio, intriga, suspenso, solaz y esparcimiento. No se esperaba menos del profesor novelista.

Está narrada en primera persona por un periodista perdedor (se desarrolla toda una explicación de lo que esto significa así como de sus múltiples implicaciones), apellidado Colonna y de quien se desconoce su nombre propio. Maia Fresia, la inteligente  y encantadora compañera de trabajo de Colonna que termina siendo su novia, en dos de sus arrebatos amorosos imagina que huyen juntos a una isla de los Mares del Sur y lo llama “Tusitala mío”; pero este nombre raro no es el suyo sino que aquí el autor envía un guiño de trivia literaria al lector atento: Tusitala, “contador de historias”, era el nombre que los nativos daban a Robert Louis Stevenson en la isla de Oceanía donde el escritor vivió varios años. De estos guiños hay decenas, que retan a quien se jacte de culto.

Y la historia que cuenta este Tusitala italiano del siglo XXI puede describirse así: luego de no dar pie con bola en la vida y resignado a que nunca escribirá el libro que le proporcionará gloria y riqueza, este perdedor erudito es convencido por el director Simei para que sea su segundo de a bordo en la aventura del diario Domani (mañana, lema de los gobiernos italianos y de muchos otros: mañana, mañana… palabra favorita de Scarlet “Mañana pienso en eso” O’Hara, la heroína de Lo que el viento se llevó, citada plenamente por el propio Eco). El nuevo periódico debe desarrollar doce números cero que, por supuesto, no están destinados a la publicación: en la práctica periodística un número cero sólo funciona para la definición de la imagen y el contenido, además de la venta previa de publicidad. Pero el director es completamente claro desde el principio: quien invierte en este peculiar proyecto es el Commendatore Vimercate, poderoso hombre de negocios muy semejante a Berlusconi, que utilizará el experimento exclusivamente para extorsionar, de tal forma que Domani nunca verá la luz pública. Pero lo que más le importa a Simei es la publicación de un libro donde se narre toda la aventura, el cual será firmado por él, pero escrito vía un ghost writer: el propio Colonna.  La oferta económica es tan jugosa que al emblemático perdedor no le queda más que aceptar.

Así se inicia una trama intensa donde se reparten los papeles de los colaboradores y Colonna y Simei les explican cómo manipular las noticias; cómo manejar un desmentido con base en insinuaciones y descalificaciones; cómo practicar el amarillismo de tal manera que, de tan evidente, parezca sutil; cómo desaparecer los límites entre verdades y mentiras, y viceversa; ante todo lo cual, al unísono con el protagonista, habría que preguntarse: “¿Quién dijo que la verdad os hará libres?” Sátira y crítica demoledoras del novelista pensador, uno de los más grandes de nuestro tiempo.

Y todo camina a la perfección hasta que  Romano Bargadoccio, especialista en periodismo de investigación y, por tanto, en revelaciones escandalosas, avanza en sus indagaciones sobre la presunta resurrección de Mussolini a un grado tal que desata la reacción homicida de los miembros de cierta conjura misteriosa. Todos se espantan, principalmente Colonna,  quien le transmite su paranoia a Maia.  Así, ella le aconseja que se vayan a instalar  a un país “entre Centroamérica y Sudamérica”, asegurándole  que “hay un montón” de ellos donde pueden pasársela de lujo; y ante la ubicación geográfica que proporciona, el lector avezado no dejará de preguntarse dónde queda México, sobre todo después de leer: “Nada está oculto: se sabe quién pertenece al cártel de la droga… Son países sin misterios, todo sucede a la luz del día, la policía pretende ser corrupta por reglamento, gobierno y crimen organizado coinciden por dictamen constitucional, los bancos viven del lavado de dinero sucio y pobre de ti si no llevas dinero de dudosa procedencia, te quitan el permiso de residencia”. Precisa descripción por parte de la novia de Colonna, aunque apenas y corresponda a la realidad de los Estados Unidos Mexicanos.

Y no se diga otra palabra sobre la trama, porque  además  de ser, como sostiene Saviano, “el manual de comunicación (de la más nefasta, hay que subrayar) de nuestro tiempo”,  Número cero contiene la suficiente intriga y el humor necesario para mantener absorto al lector y simultáneamente bien divertido. “La tristeza empieza cuando la novela está acabada”, dice Umberto Eco en “Cómo escribo”, y al lector atento que cierra su nuevo libro no le queda más remedio que experimentar esta gran verdad.

 

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