Novela de aprendizaje, de perfil

No hagas caso de lo que dice la güiquipedia: “La novela de formación o novela de aprendizaje es un género literario que retrata la transición de la niñez a la vida adulta. El término alemán original, Bildungsroman (pronunciación: [ˈbɪldʊŋs.roˌmaːn]) significa literalmente novela de formación o novela de educación y fue acuñado por el filólogo Johann Carl Simon Morgenstern en 1819”. Al menos, no hagas caso así nomás, porque, para empezar, ¿de veras uno pasa de la niñez a la vida adulta? Si así fuera, ¡qué joda! Y además, ¿qué me dices de los pubertos de 25 años que proliferan ahora en Chilangolandia?

Así pues, con la única autoridad que me confiere haber sido un ávido lector desde 1969 hasta este preciso instante, quiero proponer que consideremos novela de aprendizaje a toda aquella donde su protagonista llega a un punto de inflexión donde su confortable, metódica, regulada o hasta idílica vida, ¡madres!: se convierte en un viacrucis de donde no saldrá crucificado, sino desengañado pero sabio, curtido, dueño de verdades que lo harán… mejor persona, digamos. Haz de cuenta como Bilbo Bolsón, el hobbit por antonomasia, que no era ningún chamaquito. O el chavillo de Jumanji. O el de E.T. En todos estos casos irrumpe el destino y la vida se les cuadricula, pero al final, mira qué cosa: han aprendido. No necesariamente eso significa que a partir de ahora la vida les va a sonreír o que hayan conquistado la felicidad; sólo que ahora saben y para ellos el mundo es otro. En sus manos está sacar partido de las lecciones aprendidas o volverse unos amarguetas.

Y ahora lo literario, donde las cosas tienden a ser menos happy ending que en las películas: son bildungsroman (coño, ¿así se dice en plural?), por ejemplo, Bajo la rueda de Hermann Hesse, Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, El guardián entre el centeno de J.D. Salinger y De perfil de José Agustín, que lleva prácticamente cincuenta años de publicación ininterrumpida y cuenta con adeptos confesos tan públicos y notorios como Juan Villoro y Xavier Velasco, quienes reconocen en esta obra una de las primeras lecturas que les hizo sentirse en diálogo con el autor y con el personaje: ¿cómo es posible que en este libro se hable de mí, de mis fantasías, miedos, proyectos?, se preguntaron. ¡Por, fin un libro donde los personajes hablan mi lenguaje!, pensaron. La lectura caló en sus vidas; quizás hasta los empujó a la escritura. Les hizo saber que una novela puede ser algo más que el relato de vidas adultas. Y es que ese es otro efecto de las novelas de aprendizaje: se incrustan en la vida de sus lectores; los hacen cambiar. Probablemente por ello se convierten en clásicos y se añejan como los buenos güisquis. Yo sólo sé decir que descubrí De perfil ya tarde como para que me hiciera el mismo efecto, así que no me bildugnsromaneó del mismo modo, creo, pero me confieso cautivo de su gran poder narrador, a tal grado de que la habré releído unas… seis, ocho veces. Nomás porque siempre me pone de buenas.

Por si no lo supieras, está contada por un chavito (“x”: nunca sabremos su nombre) recién salido de la secu y en vacaciones antes de la prepa. Huevonea, fuma, se empeda (poco) con sus cuates Ricardo y Pascual, debraya, coge (y se lo cogen, ¡juaaaaar juaaaaaar!) (muy rico, por cierto), se liga (es un decir) a Queta Johnson, descubre sus dotes grilleriles… Ah, y ha dejado de creer en la infalibilidad de sus padres, quienes cargan sus costalitos de culpa, de aburrimiento y no saben de qué más. ¿Hace falta seguir? No, me dirás; no hace falta. Y te hago caso. Fin

 

Conjura escrita por Ramón Córdoba 

Twitter @CadaPerroLibro

Foto de Dominique Falla


 

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