Mujeres que aman las tormentas

Ana Solís es guapa, culta, rica y exitosa. No sólo es dueña de la prestigiosa agencia publicitaria en donde trabaja, sino que vive rodeada de amantes y amigos que la adoran. Su vida transcurre entre juntas de negocios, cocteles, cenas, encuentros casuales con discretos caballeros melosos. Pero todo esto cambia cuando conoce al misterioso y magnético fotógrafo Héctor Lucero, un hombre torvo e impredecible del que Ana se enamora. O, más bien, con quien se obsesiona, al grado de dejarse arrastrar voluntariamente, y a pesar de todo instinto de autopreservación, a una tormenta de angustia y desazón.

Con una prosa deslumbrante y bella, capaz de abordar con gracia y sutileza el lado más oscuro de eso que —a falta de un mejor nombre— solemos denominar “amor”, Julieta García González explora en Cuando escuches el trueno la naturaleza del deseo y las sinuosas (si no es que francamente retorcidas) formas que éste puede adoptar en la época contemporánea.

La sensibilidad de la autora y su interés por ahondar en las emociones humanas más complejas y contradictorias hacen de esta obra una novela cautivante que sumerge al lector en una suerte de misterio: ¿Por qué una mujer tan exitosa y realizada como Ana termina en los brazos de un patán que la vapulea y la trata como un objeto? ¿Qué demonios le ve Ana a Héctor, qué clase de vacío llena éste con su violenta presencia? ¿Por qué Ana no puede escapar del lugar a donde él la lleva durante el sexo: un sitio en donde la violencia se confunde con el placer, y el deseo con la humillación? Un misterio que la autora se encarga de ir revelándonos con elegancia y parsimonia a lo largo de una trama cargada de un erotismo compulsivo y desesperado: “Eso que le hacía [Héctor a Ana], cómo se lo hacía, era irresistible. No agradable, sino irresistible”, escribe la autora, y como lectores devoramos estas escenas porque Julieta García logra hacerlas irresistibles para nosotros también.

La idea del cuerpo como campo de batalla de las emociones y los deseos es un tema que la autora ha sabido abordar con maestría en varias de sus obras. En éstas, los cuerpos de las protagonistas no son entidades abstractas, meras entelequias intelectualizadas, sino jaulas de carne doliente que albergan emociones intensas y profundamente enraizadas en la experiencia existencial que se nos narra. Si ya en su primera novela, Vapor (2004), las miradas y los deseos de los personajes convergían en el cuerpo excesivo, suculento y procaz de la rolliza Gracia, en Cuando escuches el trueno es igualmente el cuerpo menguante de Ana —un cuerpo surcado de viejas heridas que aún no han sanado— el que recibirá el embate de estas emociones contradictorias que la protagonista siente bullir en ella como culebras furiosas, “lagartos agazapados” que no tienen nombre, emociones que la llevan del placer al desasosiego, y del desasosiego de vuelta al deseo.

Cuando escuches el trueno narra la historia de una mujer que, en el fondo y a pesar de todos los bienes y privilegios de los que dispone, vive inmersa en una soledad tan avasallante que, en contraste, la tempestad de pena que le ofrece su violento amante, le parece el más dulce y embriagador de los refugios.

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