La orfandad de un holgazán

Fadanelli
Mis mujeres muertas / Grijalbo, 2012

La muerte también es soledad. Y la soledad puede ser el alcohol que hace arder la garganta o las palabras que se intercambian con un desconocido.

¿Qué será mejor: morirse o dejar de sentirse una mierda andando por la ciudad?

La afirmación y la pregunta son las primeras palabras en mi mente tras leer Mis mujeres muertas de Guillermo Fadanelli.

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Las mujeres muertas son las mujeres de Domingo J. Mancini: su madre y su esposa. Las mujeres de un hombre borracho que se pregunta: “¿Por qué se tiene que trastornar la vida de un hombre bueno, ebrio e indefenso asignándole una misión?”

Esa misión es llevar una losa de mármol y colocarla en la tumba de su madre.

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Domingo es un hombre sencillo y holgazán. La misión que le asignaron sus hermanos Alfredo (abogado) y Huberto (médico), también lo es.

Sin embargo, lo sencillo (estructura narrativa y lenguaje) es el acceso a la idea de la soledad, la tragedia, el humor, los vicios y la idea del mundo de este ser anónimo en una ciudad sobrepoblada en la que se obvia a los otros; pero esos otros pueden mirarnos y preguntarse, como lo hace este hombre: “¿Y cómo es que soportan vivir las personas sin estar borrachas?”

La soledad, tragedia, humor, vicios e idea del mundo de Domingo son contrastadas con las calles de la ciudad de México, con lo jodido y esperanzador de los personajes con quienes él tiene contacto: el dueño de una tienda, sus vecinas: madre e hija, el escultor de lápidas, sus hermanos, los ecos de sus mujeres muertas y de escritores rusos.

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Pero ¿cómo son las mujeres de Domingo J. Mancini? Unas pistas: su suerte “no es tan buena” y pueden decir cosas como: “Quiero pedirte perdón por no ser tan bella como debiera. Parezco un obrero, una lesbiana de barrio.”

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La ausencia de esas mujeres lleva a Domingo a la orfandad. ¿Qué se hace ante la pérdida de lo que es todo para uno?

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Por eso Mis mujeres muertas (la autoficción de Fadanelli) también es un duelo. Uno con el que podemos identificarnos. O no. “El fin no es más que el principio”.
 

Lizbeth Hernández

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