Luis Buñuel

Buñuel estuvo fascinado desde muy joven por el cine, y finalmente consiguió grabar su primera película, Un perro andaluz (1929), con un guión escrito entre Dalí y él mismo. Acabó alejándose del surrealismo especulativo para acercarse al surrealismo comunista, haciéndose miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios. En 1982 publicó sus memorias, tituladas Mi último suspiro (Debolsillo, 2012).
En Mi último suspiro, Buñuel reflexiona sobre el paso del tiempo, las ciudades que fueron testigo de sus encuentros con personalidades de la época y nos muestra a un artista muy humano. Su mirada de cineasta se evidencia en el modo de narrar, en los detalles que ofrecen una perspectiva de quien tiene la capacidad de síntesis que requieren las historias que son contadas en la gran pantalla. Un trabajo de muchos años, al lado de Jean-Claude Carrière, uno de los guionistas más importantes del mundo, quien dice en una entrevista:

Trabajar con Buñuel quería decir vivir con Buñuel, solos los dos en un lugar aislado, el Monasterio del Paular de Madrid, el parador de Cazorla. Los dos estábamos sin esposas y sin amigos; los dos totalmente concentrados durante semanas y semanas, seis, siete, ocho semanas. Comiendo los dos, yo he calculado que he comido más de 2.000 veces con Buñuel, los dos solos, que es mucho más que muchas parejas, para llegar a un tipo de concentración único, de pensar únicamente en el guion del desayuno a la cena. Y después, el trabajo consistía en reunirnos tres horas por la mañana y tres horas por la tarde, en mi cuarto siempre: actuábamos, improvisábamos, escribíamos un poco. A veces partíamos de una novela, a veces de una idea ‘original’. Y después por la noche yo escribía la primera versión de las escenas sobre las cuales habíamos conversado durante el día.

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