Lugares donde nunca estuve

«No sabia a dónde ir, excepto a todas partes.»
On the road, Jack Kerouac
«No hay nada como viajar para ensanchar la cultura.
Pero también para afinar la sensibilidad.»
Los detectives salvajes, Roberto Bolaño

Uno de los artefactos indispensables durante un viaje son los mapas, ese pedazo de papel (ahora sustituido por el GPS del celular) que resulta necesario para moverse en un lugar al que acabamos de llegar y no conocemos; aun cuando seamos de los que no saben leerlos o los leen al revés (muchos no contamos con la fantástica ecolocalización de los delfines) y nos demos cuenta de que caminamos en sentido contrario a donde supuestamente queríamos ir, el resultado siempre es el asombro. No existe sensación más fascinante que descubrir aquel territorio al que no teníamos intención de llegar.

Un mapa, más allá de la mera cartografía, no sólo es una imagen o representación para identificar rutas y establecer destinos de un punto a otro. La palabra mapa significa pañuelo o servilleta en latín; y en estricto sentido se refiere a un trozo de tela donde se hace el trazado de aquello que deja testimonio de una expedición, es la descripción de una región especifica, visitada por primera vez y que encuentra su evidencia final en los detalles gráficos del recorrido original.

Berlín, Londres, Los Ángeles, Madrid o París tienen las más variadas representaciones cartográficas que sirven a simple vista para el turista de tour, y en segundo plano, lleno de publicidad, emerge una especie de subtexto que es muy útil para el viajero. Si llega a tus manos el burdo plano con dibujitos, impreso por Printemps o Galerías Lafayette en París, no lo desdeñes aunque sea un gráfico con una axiomática ruta de consumo: frente a estos imperios comerciales están marcados casi por obligación lugares como la Ópera Garnier o el Olympia, donde aún se escuchan ecos de las canciones de Georges Brassens. Tú decides hacia dónde dirigirte. El valor de uso y el valor de cambio residen en el resultado final.

Pero este texto no se trata sobre ser turista o ser viajero, ni si es mejor llevar la guía Lonely Planet del año o esperar a que el azar ponga un mapa patrocinado por una tienda departamental en nuestras manos. Lo anterior sólo sirve para tener un punto de partida respecto a los lugares que nos gustaría conocer o visitar, y qué hacer en caso de que estos sitios ni siquiera existan. Trazado, un atlas literario es la guía del viajero imaginario, de los lugares imposibles, cuyo acceso directo es la ficción. Este libro ilustrado despliega con naturalidad la configuración visual de sitios como la Isla de la Desesperanza de Robinson Crusoe, la biblioteca de Babel de Borges o la arriesgada representación no sólo del Pequod, sino también de la ballena blanca de Moby Dick.

Todos somos forasteros en los destinos literarios, por eso mantengo en mi cabeza la ilustración de la “sala de espera” de Esperando a Godot o la ambiciosa circunnavegación increíblemente creíble de Philes Fogg en La vuelta al mundo en 80 días. Estos trazados literarios representan el deseo de recorrer fuera de la obra los lugares donde sucedió la ficción. Más que una obsesión por recrear los espacios a donde nunca iremos, el anhelo de los autores de Trazado es darle bidimensionalidad a espacios que son reconocibles para el lector e imposibles para el viajero, en el sentido práctico de lo que la acción de recorrer representa. Nos encontramos ante los dibujos de la parte física del alma humana: no existe; pero sabemos que está ahí y que de alguna forma nos gustaría tocar o aliviar cuando duele.

Trazado, un atlas literario es un itinerario, un punto de partida para los que no han leído y un desafío para los que están leyendo. También es deseos, memorias y símbolos para aquellos que encuentran en la relectura las razones secretas para regresar, en otro tiempo, a un viejo libro.

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