Los rostros de Drácula

Desde la criatura creada por Polidori hasta aquellas que brillan en sagas adolescentes, el vampiro es sin duda uno de los monstruos más famosos de la literatura. Y ninguno ha alcanzado tal fama como el conde Drácula.

Publicada por primera vez en 1897, la famosa novela de Bram Stoker tuvo ventas aceptables pese a ciertas críticas que la calificaron de “deficiente”. No obstante, Stoker nunca imaginó el éxito que años después seguiría teniendo su obra.

1897 fue un buen año para los vampiros; además de la icónica novela de Stoker, otros autores se acercaron a la mítica criatura, como Rudyard Kipling con su poema El vampiro o Florence Marryat con su novela The Blood of the Vampire. También destacó la pintura de Philip Burne-Jones, famosa por el revuelo que causó en su época debido a la sexualidad que mostraba.

Drácula narra a través de cartas, notas de prensa y diarios la historia de Jonathan Harker, un joven abogado que acude a un castillo en Transilvania para cerrar el trato de la venta de una casa, ahí conoce a un enigmático conde. Harker permanece en el castillo como invitado de Drácula, sin embargo, la actitud de éste es extraña: no come, no se refleja en espejos y, además, tiene una activa vida nocturna.

La idea de la novela surgió a partir de una pesadilla de Stoker de la que el propio autor escribió al día siguiente: “joven sale, ve a unas chicas, una intenta besarle, no en los labios sino en la garganta. Viejo conde interfiere, cólera y furia diabólicas, este hombre me pertenece, lo quiero para mí”. Esta primera idea de un joven atacado por mujeres vampiras y reclamado por el conde permanecerá en el proceso de creación de la novela.

Curiosamente lo que no permaneció en la obra fue el título original: “El no muerto”; y el nombre del conde: Wampyr. Al final, ambos cambiaron por Drácula, el cual Stoker encontró en un libro sobre Valaquia y Moldavia en una biblioteca.

Otros cambios a lo largo de los años han sido las icónicas portadas del libro. La primera edición se publicó en una portada color amarillo y con el título en letras rojas; además de ésta, el autor vería una edición económica para su venta en quioscos. A éstas les siguieron la primera edición estadounidense (Doubleday, 1899), en la que aparece por primera vez el castillo en lo alto de una colina; las de 1901 y 1916 (Archivald Constable y Rider & Son), en las que se ve al conde bajar por los muros del castillo, tal como describe la novela; y una de 1932 (Modern Library), donde el conde se parece más a un mago que el monstruo descrito en las páginas de Stoker: moño rojo y sombrero de copa alta. Es hasta 1947 (Pocket Books) cuando se ve por primera vez la famosa imagen de Drácula acercándose a una mujer dormida, la cual será después usada en las múltiples adaptaciones al cine y teatro.

Así como las portadas de Drácula han cambiado a lo largo de los años, el modo en que imaginamos su físico también lo ha hecho. El conde es descrito con pelo blanco, barba y siempre con una capa que le hace parecer tener alas de murciélago, como bien apunta Christopher Frayling en el prefacio de esta edición (Penguin Clásicos) o como el propio Stoker lo describe: “No había nadie por allí, excepto un hombre alto y flaco, de nariz ganchuda y barba en punto y entrecana. Tenía una mirada dura y fría y unos ojos de color rojo.” Pero en diferentes productos culturales, sobre todo el cine, se ha pasado del monstruo al atractivo joven pálido. Ni siquiera las interpretaciones de Christopher Lee o Gary Oldman del personaje se parecen a la descripción original.

Pero ¿qué tiene Drácula que después de 120 años y pese a todos los cambios sigue siendo leída? Hay varios estudios que sugieren que con esta novela, cuya sinopsis en un inicio no es diferente a varias obras góticas, se toca un tema fundamental aún en nuestra época: “el retorno a lo reprimido”, tanto de la sexualidad como de la homosexualidad, ambas expresiones condenas en la época en que se publicó. Una de las primeras líneas que escribió Stoker y que a lo largo de más de siete años de creación del libro mantuvo, expresada por Drácula, fue “este hombre me pertenece, lo quiero para mí”. Tal vez Stoker no inventó al vampiro, pero sí lo hizo eterno.

Reseña de Drácula, Bram Stoker, Penguin Clásicos.

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