Los poemas que no se escriben

Quiero contar algo que no es un poema. Cuando tenía diecisiete años, pasé alrededor de seis meses en Oaxaca, donde les rentaba un cuarto a unos conocidos de mi familia, balbuceaba un español muy rígido y cortés, aprendía a emborracharme y veía de cerca —por lo que me parecía la primera vez y tal vez lo era— a buenas personas mentirse, con consecuencias tanto banales como terribles. Romperse, como dicen, el corazón. Fue algo extraordinario para mí. Todo dolía exquisitamente. El asombro afilaba los bordes de todo.

Una vez, hacia el final de ese semestre, me desperté con sobresalto en plena madrugada. No había ningún motivo que pudiera discernir. Ningún golpe, ningún ruido, nada. Sentí algo líquido sobre la cara. Me toqué el labio y me miré el dedo: oscuro. Me sangraba la nariz. Me paré y fui al baño, donde me vi en el espejo sin prender la luz. Tenía la cara pálida, asustada, con una mancha de sangre hasta la barbilla. Recuerdo que sentí una quietud muy peculiar, una soledad entre desolada y estimulante. Dentro de unos días me iría del país; me iría con todo lo que allí había sentido; no sabía cómo llegaría a operar todo eso en mí después; tenía miedo. Me miré y me reconocí y no. Me vi distinta, expectante, como si mis rasgos aún no hubieran decidido a quién pertenecer. Recuerdo haber pensado, desconcertándome a mí misma: ¿Así va a ser todo?

No es un poema. Pero tiene que ver con lo que es la poesía para mí.

Para ese entonces ya había empezado a escribir, aunque a mi manera adolescente, y al seguir haciéndolo, en los meses y años siguientes, me volvía una y otra vez la sensación que había tenido ante el espejo: la de ser un yo tan insistente como cambiante —cambiándose—, la de la inocencia palpando a tientas sus propias límites, intuyéndose en el umbral de algo sin saber qué, sin saber siquiera si en el fondo quería dar el paso.

No creo que un poema tenga que ser ni hacer nada en particular. No tiene necesariamente que ser bello. No tiene necesariamente que decir la verdad —lo que sea que eso signifique—. No tiene necesariamente que conmover —aunque la gran mayoría de los poemas que más amo, los que mejor recuerdo, a los que siempre regreso, me sacuden de alguna manera u otra—. Un poema puede dar risa, puede provocar, puede girar en torno al mero gozo intelectual. Pero creo que la mayor parte de la poesía da cuenta de alguna especie de transformación. Dicho de otra forma: la poesía es una herramienta para dar cuenta de las transformaciones, ya sean visibles o latentes, materiales o temporales, y tiene una capacidad especial para habitar y defender lo liminal, lo ni-esto-ni-aquello, lo ya-casi-pero-aún-no. En este sentido, la poesía siempre me ha dado confianza, no a pesar de su apertura hacia la ambivalencia, la ambigüedad, lo fragmentario, lo oblicuo o lo indefinido, sino justo por ello. Lo que sentí esa noche ante el espejo —lo que sentí en el poema que no he escrito— también tenía que ver con la amalgama entre el deseo de lamentar o temer algo y el deseo de celebrarlo. De agradecerlo, mejor dicho. Para mí, ese doble instinto es el verdadero territorio de la poesía, y sigue siendo lo que más me alienta y me consuela de ella.

El poeta estadounidense Robert Hass tiene un libro que se titula justamente Praise, y empieza con un epígrafe que dice así:

Le preguntamos al capitán cómo

quería proceder respecto

a un animal tan grande, aterrador

e imprevisible. Dudó

en contestar, y luego dijo, juiciosamente:

Creo que lo alabaré.

Eso es el reto y el regalo; eso es lo que casi nunca brinda conclusiones que no sean metáforas. Eso es un reflejo momentáneo en la oscuridad. De eso, creo, se trata.

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