Los inventores de la ficción

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Todo se desmorona / Debolsillo, 2014
 

Imagínense un círculo de hombres vestidos con pieles de animales, alrededor de una fogata, escuchando atentamente al más viejo de la tribu. El anciano cuenta una batalla que ocurrió hace mucho tiempo entre dos hombres; es una leyenda que le contó su padre quien, a su vez, también la oyó del suyo. El anciano y su séquito se encuentran en África, el lugar donde caminaron los primeros hombres, donde se encendió el primer fuego, el lugar donde empezaron todas las historias.

En ese continente están nuestros antepasados, los que inventaron mitos para explicarse el mundo. Y hay algo muy atractivo en los mitos antiguos, en las leyendas. Ese poder que conocía tan bien Sherezada, el poder de quien te cuenta algo y te posee por unos instantes.

Así nos atrapa Chinua Achebe, quien encontró inspiración en las culturas indígenas de su África natal, especialmente de los igbo. Proveniente de la tradición oral, su narrativa nos transporta de regreso a la época de esos primeros hombres y nos sienta frente al fuego para contarnos la historia de Okonkwo, un respetado miembro de la tribu de la aldea Umofia, quien se ve embestido por la tragedia y cae lentamente en desgracia.

Lo que comienza como una historia épica tradicional se convierte en la metáfora del choque entre dos culturas. La guerra entre Occidente y los valores africanos tradicionales, el antes y el después de la colonia. Aunque África nos parezca lejana, esta historia está muy cerca de casa, de nuestra Latinoamérica.

Todo se desmorona fue la novela que lanzó a la fama a Chinua Achebe. Traducida a más de 50 idiomas, es considerada la arquetípica novela africana. Nos recuerda una epopeya, pero aquí los dioses no son inmortales, son tan frágiles como el hombre, un cuerpo de arena ante la inmensidad del tiempo y la inevitabilidad del cambio. Todo se desmorona menos las historias, las leyendas que siguen contándose de boca en boca, al ritmo del gong gong del ogene y el lenguaje esotérico del ekwe, siempre propagándose hasta que el último hombre que la recuerde se calle.

Adriana Guillén

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