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Los dinosaurios llevan plumas
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“¿En realidad tú quieres
que piense en ti y suspire cuando en el parque
el follaje de un ficus se vea recortado como un
dinosaurio?”

Gas lacrímogeno, Ángel Ortuño

Huesos. Con cuernos, de dientes como dagas, con hileras de placas o juegos de espinas. Caderas de lagarto, clavículas de ave, vertebras puntiaguadas. Cráneos capaces de triturar coches, espinas dorsales cubiertas por armaduras como tanques panzer. Huesos emplumados, cubiertos de pelusa o de escamas. Huesos desordenados o hallados casi en perfecto estado. Huesos como grabados. Huesos como caracteres en ese gran libro que es la naturaleza.

Cada año se sabe más acerca de los dinosaurios; para ser más concretos, se descubre una especie nueva cada semana. Los avances de la paleontología van de la mano de la tecnología con sus modelos computarizados y nuevas técnicas de datación de fósiles, la estadística y el análisis de datos, la geología y la puesta a prueba de la teoría de la evolución —que, por cierto, no deja de confirmarse con cada nuevo hallazgo—.

Y, sin embargo, siempre se ha tratado de los huesos y lo que pueden decir. Ahí está la materia prima del paleontólogo:

“volver a los propios fósiles, sostenerlos entre las manos y pensar en ellos detenidamente, como animales vivos, que respiraban, y considerarlos como los mismos animales que tuvieron que habérselas primero con aquellas erupciones volcánicas y con los cambios de la temperatura y del nivel del mar (…) y que después vieron venírseles encima un asteroide del tamaño de una montaña”.

(p.326).

Así lo dice Steve Brusatte en Auge y caída de los dinosaurios, puesta al día de una ciencia feliz y en permanente cambio como lo es la paleontología y sus objetos de estudio más emblemáticos: los reptiles (y aves) gigantes que durante 160 millones de años prosperaron y conquistaron cada hábitat de Pangea, su planeta, ahora nuestra Tierra. Lo dinosaurios de este libro cobran vida, respiran, se organizan en manadas o cuidan sus nidos, aprenden a volar y a conquistar ecosistemas. Esta épica evolutiva se narra simultáneamente con la historia de los científicos que le han dado forma a este relato y, aunque en menor medida, con la biografía paleontológica del propio Brusatte, apasionado y contagioso en su amor por los dinosaurios.

Y es que para Brusatte, como para muchos de nosotros, los dinosaurios comportan una fascinación especial, difícil de comunicar sin adentrarse en el lenguaje especializado y en esa historia que va del triásico hasta el final de la era mesozoica. Con todos sus tecnicismos, no obstante, los dinosaurios no son una fascinación oculta o reservada únicamente para los iniciados, han invadido la imaginación colectiva desde hace dos siglos.

Esta historia, tanto de teorías y enigmas como de científicos en pugna, se presenta de una manera sucinta, y va desde el descubrimiento del primer Iguanodonte en 1822; el hallazgo del Archaeopterix que le sirvió a Darwin como eslabón perdido para su Origen de las especies; pasando por el debate sobre si estos seres eran reptiles sedentarios de sangre fría o más bien eran animales vivaces de metabolismo acelerado durante los años 70 del siglo pasado; hasta las representaciones populares de los dinosaurios en el arte como en Jurassic Park (1994).

Pero este libro está para actualizarnos sobre dinosaurios tan icónicos como T. Rex, a quien se le dedica un capítulo completo en este libro: cazador en manada, inteligente e intrépido (ninguno de los especímenes encontrados pasa, según los estudios, de los treinta años). El bestiario de este libro es numeroso y no se reduce a repetir lo que se ha dicho de otros dinosaurios conocidos como Triceratops, Stegosaurus, Brachiosaurus o Velociraptor. La diversidad se refleja hasta en los nombres que ya no terminan monótonamente en “-saurio”: también está el Yi Qi y sus alas con membranas como dragón en miniatura; el acorazado Mymoorapelta; gigantes de cuello largo como Giraffatitan, Dreadnoughtus o Austroposeidon; terópodos de cráneo afilado como Eocharcharia o Kileskus; o el Balaur Bandoc de plumas iridiscentes; por sólo dar una muestra nominal de la internacionalización de esta disciplina y la amplitud de sus descubrimientos. 

Escena del T. Rex en Jurassic Park

Brusatte también hace mucho por cambiar la reputación de sus colegas y su imagen de científicos parcos y excavadores. Aquí hay una galería de retratos como el de Edward Dwinker Cope y Othniel Charles Marsh, protagonistas de la llamada Guerra de los huesos en la que compitieron por los mejores fósiles sin escatimar en mercenarios o en sobornos; la saga del rumano Franz Nopcsa von Felsö-Szilvás, espía que perdió un castillo para hallar a los extraños dinosaurios centroeuropeos; hippies y estrellas de rock como Mark Norelll o Paul Sereno; John Ostrom y Robert Bakker, responsables de provocar el ‘Renacimiento de los Dinosaurios’; Jingmai O’Connor y Darla Zelenytsky, paleontólogas cuyas investigaciones han sido cruciales para entender por qué los terópodos desarrollaron su plumas.

Esto último es uno de los aspectos cruciales del libro, que deja en claro el momento definitivo en el que se encuentra la paleontología hoy en día: la de asunción de que las aves son descendientes directos de los dinosaurios y lo que esto dice sobre la evolución. Los herederos de Yanornis, Sinorrnithosaurus o Zhenyuanlong siguen entre nosotros pero en forma de avestruces, palomas, gaviotas y otras aves que mantienen encendida la llama de una era gloriosa.

Una era que, cuando se lee este libro, parece una sinfonía inconclusa. Pues los dinosaurios (o, al menos, los no aviares) se extinguieron −hipótesis más, hipótesis menos− por causa del deus ex machina más grande de todos los tiempos: el asteroide que dejó un cráter en Chixculub, Yucatán, y destruyó millones de años de éxito evolutivo en cosa de unas horas de infierno. En este capítulo, Steve Brussatte logra una narración vívida de la destrucción inmediata que provocó el choque de una masa del tamaño del Everest y sus consecuencias globales.

Este cataclismo, es muy claro para Brusatte, fue la gran casualidad que allanó el camino para los mamíferos y, por lo tanto, la especie humana. ¿Qué nos dice esto sobre la supremacía de una especie sobre las otras? El año es 2019, o algún momento del Holoceno (o Antropoceno, según quién se lo tome tan serio). Quizá no lo veamos así pues estamos inmersos en un ciclo que se mide en millones de años y resulta inconcebible no sólo desde el punto de vista individual sino también a escala civilizatoria. Sería mucha coincidencia que los primeros dinosaurios se hayan descubierto en los albores de la era moderna y la industrialización, cuando el ser humano comenzó a cambiar el planeta y dio inicio otro gran evento de extinción masiva. Brusatte infunde vida a los dinosaurios y éstos, quizá de ahí la fascinación, nos dicen mucho sobre el presente y el futuro. Su mensaje, o su advertencia, están ante nuestros ojos, escritos en los huesos.  

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