Los cachorros y Los jefes, literatura para «hacerse hombre»

En 1959 Mario Vargas Llosa publicó un libro de relatos, Los jefes, en donde a partir de distintas anécdotas exploraba algunos de los temas que serán fundamentales en La ciudad y los perros. El libro consta de seis relatos (Los jefes, El desafío, El hermano menor, Día domingo, Un visitante y El abuelo) situados en un contexto citadino y serreño. A partir de una huelga estudiantil, una pelea por honor viril, una competencia por amor, una venganza movida por un chisme, un trato a cambio de salvar la vida y una broma cruel, Vargas Llosa confronta a los lectores con preguntas como: ¿qué significa ser hombre en la sociedad?, ¿qué características se le han impuesto al ideal masculino?

Posteriormente, en 1963, el mercado editorial lanzó una novela que pronto recibiría el aplauso unánime de los lectores y la crítica especializada: La ciudad y los perros. En ella, Vargas Llosa narra las vidas de los cadetes en el colegio Leoncio Prado (donde él mismo pasó algunos años de su juventud) y, por supuesto, las complejas estructuras jerárquicas tanto militares como grupales. Una lectura cómoda podría afirmar que el texto es una crónica ficcionada del colegio que marcó profundamente la vida del escritor peruano, sin embargo La ciudad y los perros es una novela de belleza áspera, que retrata la crueldad y la sordidez del ser humano.

Los personajes masculinos que aparecen en Los jefes encarnan el ideal de hombría que prevalece en las sociedades contemporáneas: un hombre que le planta la cara a las injusticias a partir de la traición de sus amigos; que muestra su identidad por la fuerza bruta; que se legitima ante los otros con alcohol y el pavoneo de retos absurdos; que tiene la obligación de cuidar el honor de la mujer; que traiciona y es traicionado por su propia soberbia e ingenuidad; que si no cumple con lo que la sociedad considera “normal” es marginado de la familia, de la sociedad. Si en esta época el ideal femenino impuesto por la sociedad patriarcal está siendo cuestionado fuertemente, una lectura de género apuntaría a que Los jefes y La ciudad y los perros proponen que esta misma sociedad cuestione el ideal masculino también, pues las conductas que se señalan como inherentes a los hombres sólo fomentan la violencia y la impostura, la humillación, la soberbia, el machismo, la injusticia y la superioridad.

Al escribir Los cachorros (1967), Mario Vargas Llosa continuó con su interés por estos temas, sin embargo lo lleva más allá al presentar tanto de manera literal como de forma simbólica la castración del protagonista. La novela está estructurada en seis pequeños capítulos que corresponden a las distintas edades del protagonista y sus amigos: los dos primeros recogen la niñez; el tercero y el cuarto, la adolescencia; y los últimos dos, la vida adulta. Cuéllar ingresa al colegio Champagnat para cursar sus estudios básicos, pero la curiosidad y la bravuconería infantil lo llevan a tener un incidente con Judas, el perro del colegio, que lo deja castrado. Todo cambia a partir de ahí, incluso la actitud de sus padres, de los profesores, de su círculo de amigos cercano, y de las chicas del colegio; todos lo tratan distinto. La novela muestra cómo Cuéllar enfrenta la vida personal, familiar, amistosa, social y amorosa con una genitalidad capada.

La novela echa mano de una voz plural, un narrador que, caprichosamente y sin previo aviso, pasa de un personaje a otro, de una realidad objetiva a otra subjetiva. Este discurso fusiona al narrador con los personajes, y demuestra claramente el cambio de la niñez a la edad madura de Cuéllar y su grupo de amigos. El uso de esta voz colectiva, confusa en algunos momentos, sirve, además, para demostrar el desconcierto personal y comunitario ante la pérdida de un órgano relacionado con la virilidad.

El círculo cercano al protagonista no sabe cómo reaccionar ante esta situación, pasa de una total indulgencia a una marginación tajante, y es ahí donde el narrador señala la tragedia del hombre, pues al no poseer un órgano que legitime su hombría, su virilidad, recurre a conductas ya tratadas en La ciudad y los perros y Los jefes: violencia, excesos, maltrato, superioridad física, moral o económica que lo autentifique; por una presión personal, sí, pero también social.

Vargas Llosa señala que en nuestra sociedad el ser humano vale en la medida en que cumpla con el ideal y con las conductas asociadas a éste. Pone en tela de juicio en Los Jefes, La ciudad y los perros y Los cachorros este ideal masculino que ha sometido, asfixiado y castrado (emocional y físicamente) a los hombres. La lectura de sus textos, los de esta primera etapa, es necesaria en estos tiempos en que la inequidad, los ideales patriarcales o la normalización de conductas violentas y marginales nos están cobrando factura.

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