Los buenos tienen que sobrevivir

cormacmccarthy
La carretera / Debolsillo, 2011

Tengo un gusto especial por las historias del fin del mundo, quizá porque me place el drama, quizá por querer saber o imaginar cómo serían esos escenarios, quizá por pensar en si yo tengo lo que se necesita para sobrevivir en ellos.

La carretera es la historia de supervivencia de un padre y su hijo después del fin del mundo como lo conocemos. El autor, hasta hace poco discreto y de muy bajo perfil (Cormac McCarthy ahora se ha convertido en un éxito, con varios libros llevados al cine), en una de las dos entrevistas que ha dado dice precisamente eso: es sólo una historia; es decir, en este libro no intenta descifrar a la humanidad ni mucho menos (porque vaya que tiene novelas mucho más ambiciosas), sin embargo no por eso La carretera es mala; es, al contrario y por mucho, una excelente historia apocalíptica.

A McCarthy le gusta escribir sobre la frontera entre la vida y la muerte: qué mejor que una historia de este tipo para apreciarlas. En un mundo de días grises y cenizos, un padre y un hijo siguen el camino, sobreviviendo, sin poder llegar a un lugar estable porque eso ya no existe en el fin del mundo.

Ésta no es una historia de Apocalipsis como otras: el personaje principal no se convierte en héroe, sólo está sobreviviendo; realmente es un hombre cualquiera cuya única razón es su hijo: “cada cual el mundo entero para el otro”.

Por supuesto podemos ver las dos caras de la moneda del comportamiento humano en circunstancias donde ya no existe nada, ni nada vale; cuando de verdad se conoce la desesperación, el abandono, y la desesperanza: vemos lo mejor y lo peor, los buenos y los malos; la inocencia, encarnada en el niño, enfrentándose al mundo podrido. El padre, desesperado, peleando —de esa manera en la que sabes que ya ha perdido— contra Dios.

Esta historia te mantiene al filo del asiento, asustado, excitado, atento al peligro, a punto de desertar junto al padre y al hijo. Pero hay que sobrevivir, los buenos tienen que sobrevivir.

Eloísa Carmona

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