Los arcángeles se equivocan y los demonios saben llorar

«Informo al orgulloso pueblo musulmán del mundo que el autor del libro Los versos satánicos, el cual está en contra del Islam, del Profeta y del Corán, y todos los involucrados en su publicación que estaban conscientes del contenido están sentenciados a muerte. Les pido a todos los musulmanes ejecutarlos dondequiera que los encuentren.»

A partir de esta sentencia (dicha el 14 de febrero de 1989) la vida de Salman Rushdie cambió por completo. El ayatolá iraní Ruhollah Jomeini lanzó la fatua en contra de él, y así todo el mundo posó sus ojos sobre la obra que quiso ver destruida. Pero lo único que logró fue alejar al autor de las apariciones públicas y lo obligó a salir a la calle siempre acompañado de un par de guardespaldas. El ayatolá hizo que sus seguidores atacaran las tiendas donde el libro se distribuía, logró que asesinaran a puñaladas al traductor de la novela al japonés, Hitoshi Igarashi, y que sus seguidores prendieran fuego a un hotel donde el traductor turco de la novela, Aziz Nesin, estaba en una reunión.

Pero como sucede con todo lo prohibido, Los versos satánicos salieron de la ínsula británica a todo el mundo y las ofensas al islam viajaron con más fuerza a las tierras del sintoísmo, al puritanismo de los Estados Unidos, al catolicismo de México, a mi ateísmo.

La primera vez que intenté leer la novela fue en su idioma original, indudablemente motivado por la fatua. Me preguntaba qué clase de blasfemias cometió el autor para causar semejante ira. No logré avanzar mucho: la lectura me pareció inaccesible por mi rústico inglés. Intenté comprender algunos capítulos pero al final desistí. Pasaron tres años más o menos hasta que volví a hojear sus páginas; cada vez que veía el libro en mi librero volvía a mí la misma idea: “¿qué dice, qué clase de historia es?”. Mi necesidad era todavía más imperiosa, pues en los últimos años me parecía que cierta noción del islam estaba cada vez más presente sobre todo en las noticias: ISIS, Afganistán, Irak, Siria, Charlie Hebdo, los ataques de Niza, los de Bruselas… Fueran o no musulmanes, la sobresimplificación de los hechos parecía meter todo lo que conocemos como “musulmán” al mismo saco.

Entonces decidí tomar el libro nuevamente (para mi suerte, con un inglés más pulido). Por supuesto me sirvió conocer la lengua de Rushdie, pero no fue suficiente para entender en su totalidad la novela: gran parte de ella está escrita con referencias, además del Islam, a la cultura de la India, la vida en Inglaterra y el mundo árabe. ¿Qué podría entender un lector que no ha salido del país, que no conoce las grandes ciudades cosmopolitas, que no es un gran consumidor de noticias internacionales, que no sabe prácticamente nada de literatura inglesa?

Pese a ello el libro me pareció interesante. Lo primero que me enganchó fue la similitud narrativa con Cien años de soledad (seguramente se debe a que leía la novela de García Márquez de manera simultánea y por segunda vez). Aquí me puedo meter en problemas con los especialistas, pero hay algo de realismo mágico en Los versos satánicos: transmutaciones, supersticiones, fantasmas, tradiciones, mitos…  Estos recursos me hicieron pensar que es injusta la forma en que es leído Rushdie. Lo entiendo cuando dice: “No quiero seguir siendo el escritor de la fatua”, pues su obra sólo ha sido leída a través de ese prisma.

Los versos satánicos son mucho más.

Justo como en Cien años de soledad, es difícil distinguir la línea entre el humor y el drama. ¿Por qué García Márquez nos hace reír cuando habla del incesto, o cómo logra hacer un poema de este tabú? Del mismo modo, Rushdie plantea las pesadillas religiosas como algo risible; nos reímos de la desgracia y del fanatismo, cuando fuera de la literatura no es motivo de sorna. Y en ese mismo tono, el autor recorre todos los temas: racismo, política, religión, identidad cultural, gastronomía, literatura, música, cine, teatro… Son inmensos y diversos los pasillos por los que Rushdie va guiando al lector.

El hilo conductor de la novela lo llevan dos personajes; cada uno de ellos representa el bien y el mal: un actor de cine convertido en un ángel y un emigrante indio transformado en un macho cabrío. Al paso de las páginas las historias de estos dos personajes teológicos van mostrando los matices que tienen aquello que representan. No hay pureza ni vileza absolutas, y ahí es cuando el discurso religioso parece ridículo, porque Rushdie va revelando las contradicciones del humano (¿y de las criaturas y de la religión también?). Porque parece que los arcángeles se equivocan y los demonios también lloran.

También es injusto considerar que el libro es ofensivo contra el islam. Por el contrario: los pasajes más hermosos son los que emulan la escritura sagrada, llena de metáforas, alegorías y otros mensajes encriptados en poesía. Su blasfemia en realidad consiste en hacer terrenales a los personajes y sus comportamientos sagrados (la religión es el combustible con el que se alimenta gran parte de los capítulos que conforman el libro).

Una ¿pregunta? que extiende Salman sobre la moralidad: ¿Qué es más despreciable? ¿Aquel migrante que quiere dejar atrás su cultura y busca identificarse con la potencia colonizadora, con aquella que nunca reconoce la grandeza e influencia de la otra? ¿O acaso es más aborrecible un egocéntrico que cree que todo lo merece mientras pasa por encima de una y otra persona, incluso de la que dice amar?

La religión es un mero pretexto para hablar sobre nuestras nociones del bien y el mal. Los versos satánicos es una novela que recupera lo que hoy entendemos por occidente y oriente, esas aparentes diferencias irreconciliables marcadas por la religión que en realidad no son tan grandes. Ambos cortes arbitrarios de la humanidad son semejantes en el fondo; a pesar de que se ponga mucho énfasis en la forma, en cualquier latitud son comunes la discriminación, la frivolidad, el odio y el amor.

Si uno pretende hacer una mejor lectura de esta novela más vale (pero no necesariamente) realizarla sin mirar tanto a la religión, ni pensar en la fatua. La historia y los personajes de Rushdie no están en la India, en el desierto o en la isla, están también en el trópico, en Asia, en México o en Suiza.

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