Significaciones últimas

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Examinada con rigor, la obra de Octavio Paz no entrega significaciones últimas. Es inútil que sigamos sus palabras apasionadas y tensas, sus vueltas insólitas, los desfiladeros de una inteligencia que se abre a espacios imponentes, la frescura de su imaginación, su cultura toda reinventada, mostrada en ese nivel en que ya no es trofeo ni acumulación sino ocurrencia viva. Pasada la embriaguez, nos preguntamos: ¿qué dice, finalmente, El arco y la lira? (O Libertad bajo palabra, con las salvedades que hay que hacer en poesía.)

Algo se echa de menos. ¿La sustancia? Es más bien la obra de cierta gente “muy sólida” la que nos parece insustancial. ¿La positividad? Sin seguir un programa ni proponerlo, su obra nos parece un acto de salud, un día extendiéndose, positivo y edificante, aunque barra con muchas cosas que no resisten esa claridad. ¿El mensaje? Paz no tendría el mal gusto, o la inocencia, de creerse en posesión de las claves de la vida para la juventud. Pero este mito, que los viejos de la tribu pueden hacer hermoso con su humildad, tiene quizás una pista válida. Lo que no hay en Paz es ese hermoso, inocente o pedante “estar de vuelta”.

Un sentimiento cíclico de la vida supone un horizonte culminante, al cual se llega en un peregrinaje místico y del cual se vuelve porque no hay más qué ver, sino volver al seno de la comunidad y compartir la visión. Éste es el trasfondo de la caricatura del viejo burócrata que predica la santidad para implicar que ha visto mucho y ha llegado muy lejos. O de esos poetas audacísimos que están de vuelta de “haberlo hecho todo” (como presumen ciertos viejos parranderos) y que dan ejemplo de humildad pidiendo los últimos auxilios de un soneto.

Paz nunca está de vuelta. Los descubrimientos y revelaciones de su obra apuntan más allá; llevan a desear más, ver más, hacer más. No nos traen esta o aquella novedad: nos mueven hacia allá, hacia más allá. Nos atraen, nos fascinan, nos ponen en marcha. Paz nos ha hecho interesarnos en cosas cuyo interés nunca habíamos visto. Y lo ha hecho, no sacándole brillo de expositor a esto o aquello, sino alertando nuestra sensibilidad. Zonas desconocidas de la inteligencia, de la sensibilidad, son de pronto necesarias para el lector de Paz. De ahí gran parte de la fascinación de su lenguaje: nos aviva todas las facultades, nos hace poner todo lo que somos en la cuestión, nos pone totalmente en cuestión. Para Paz el lenguaje es total ejercicio del ser. Y esto no es una prédica, es un hecho vivo y comunicado a través de su obra, es la única manera posible de leerla. Leer a Paz es ejercer con toda la inteligencia, con toda la imaginación, con toda la sensibilidad. A partir de ahí se puede disentir, negar o seguir por otro rumbo, pero sería inocente no ver en esa lectura el origen de esos movimientos. Paz hace desear el lenguaje, lo comunica. En Paz no está claro, está vivo que el lenguaje es el lugar donde se alcanza la totalidad del ser.

Y cuando se llega a ese lugar no hay regreso posible. Es el lugar mismo de la marcha. No hay significaciones últimas que dar. No se tienen. Es el lugar de las últimas instancias que se suceden vertiginosamente: Amor, Totalidad, Revolución, Futuro, Cielo, Eternidad, Instante, Ser, Verdad, Absoluto.

Examinada con rigor, la obra de Octavio Paz no entrega significaciones últimas. No es una obra derivada de últimas instancias, sino surgida en el lugar de origen de las últimas instancias. La última significación de la obra de Paz no es una significación, es un acto vivo: moverse y movernos al lugar de las últimas significaciones.

Fragmento tomado del libro Leer poesía de Gabriel Zaid.

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