Las niñas ricas no se casan con jóvenes pobres…

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Al menos eso le responde Mia Farrow –en su papel de Daisy Buchanan–, a Robert Redford –encarnado en Jay Gatsby–, cuando éste le recrimina haberse casado con otro. Recordemos que antes de convertirse en el Gran Gatsby, Jay era un don nadie que luego de ir a la guerra y dejarlo todo, incluyendo al amor de su vida, regresa como encumbrado hombre de negocios para recuperar a Daisy. Esta adaptación de la obra más importante de Francis Scott Key Fitzgerald fue filmada en 1974 y se basa en un guión escrito por Francis Ford Coppola. Luego vendría una versión de 2013 protagonizada por Leonardo Di Caprio, años después del éxito que representó El curioso caso de Benjamin Button (2008), con Brad Pitt como protagonista y 13 nominaciones al Oscar.

Estas adaptaciones al cine vienen al caso cuando se habla de F. Scott Fitzgerald, pues en los años treinta se ganó la vida escribiendo guiones para la Metro-Goldwyn-Mayer y publicando relatos en las mejores revistas ilustradas de la época. De esta forma se volvió experto en narrar una época basada en la apariencia que da el lujo y los excesos; una época que nos queda a casi un siglo de distancia, pero de la que no somos tan ajenos. Y es que quién no querría un vecino que cada dos semanas ofrece una fiesta desenfrenada en el jardín de su casa y a la que están invitados todos, incluyéndote. Viéndolo bien, creo que después de algunos meses, cualquiera con un vecino así se mudaría de casa o de menos le pediría un poco de consideración, ¡pero estamos hablando de los locos años veinte!

El asunto es que nuestro autor mucho sabía de esos excesos, pero también lo que estaba detrás de ellos, porque él mismo vivió de esa forma. Quizá no sabía tanto de esos nuevos ricos de los que habla en estos relatos, pero sí conocía o intuía los impulsos secretos de una sociedad llena de encanto, pero vacía. Y uno de esos impulsos era el amor, pues Fitzgerald nos habla de amores imposibles debido a la falta de estatus y liquidez económica para enamorar a una niña rica, esas que no se casan con hombres pobres; esas, a las que había que conquistar con la billetera y luego con el corazón.

Este compendio de cuentos revela el universo de los años veinte y termina siendo un catálogo de los arquetipos y prejuicios de una época de la que nosotros somos sus hijos pródigos. Como si fueran retratos de la forma en que se vivía a principios de siglo, y que también representan el trabajo y el porvenir de los nuevos hombres de negocios que fueron construyendo la sociedad norteamericana que hoy vemos todos los días, y que quizá por ello ahora cobran de nuevo relevancia y obligan a revisarlos. Incluso, aunque parezcan repeticiones de una misma historia, la de Jay Gatsby, todos estos relatos valen la pena porque en los detalles de cada hombre están las sutilezas de sus acciones.

La historia que da título, y con la que se abre esta recopilación de cuentos del escritor norteamericano, fue publicada primero en Collier’s y luego se incluyó en una recopilación cuidada por el autor y que lleva el título Cuentos de la era del jazz. Dentro de lo que el propio escritor llama Fantasías, en el sumario de esos cuentos editados en 1920, aparece otra de sus mejores obras, Un diamante tan grande como el Ritz. En dicho sumario, el autor dirá que el personaje de Benjamin Button fue inspirado en un comentario de Mark Twain en donde afirmaba que era una lástima que lo mejor de la vida ocurriera al principio y lo peor al final. Por eso decide cambiar al menos el destino de Benjamin y trastocar la temporalidad. Sin embargo, esa idea se desdibuja en la adaptación al cine, pues imaginen volverse un niño justo cuando Cate Blanchett está en la mejor edad y lo que más necesita es un hombre.

Teri Yakimoto

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