Las máscaras de don Juan y sus antecedentes

Todo libro admite ser abordado desde diversos ángulos; lo que diferencia a un clásico, como El burlador de Sevilla y convidado de piedra es que además lo merece, pues cada perspectiva se revela inusitadamente fecunda y propicia a la reflexión. No por azar filósofos de la talla de Hegel y de Kierkegaard han hecho del mito de don Juan el objeto de su pensamiento: el primero lo considera junto con Fausto, en laFenomenología del espíritu, el ejemplo icónico de la pasión por la vida inmediata, la conciencia que desea atrapar el momento creyendo que el placer agota la sustancia vital, sin saber que de ese modo “tomaba la vida, pero asía más bien con ello la muerte”; el segundo recrea al personaje en el Diario de un seductor, novela de tesis donde un don Juan descreído y lúcido, más maquiavélico que lúbrico, sustituye los valores morales por una estética decadente.

En el terreno de la ópera, Il dissoluto punito, ossia il Don Giovanni -escrita por Lorenzo da Ponte y musicalizada por Mozart- representa uno de los más altos puntos del arte lírico. El libreto, basado con seguridad en la versión de Tirso de Molina -aunque acaso su autor también haya consultado las de Zamora, Molière, Goldoni y la ópera Don Giovanni, ossia il Convitato di Pietra, de Giovanni Bertati (letra) y Giuseppe Gazzaniga (música)- sigue casi puntualmente el argumento de El burlador, pero la bellísima música que lo completa y matiza le da al personaje de don Juan una grandeza que su autor nunca concibió en la obra original, cuya intención moralizante retrata a un hombre infame y vil, sin mayores méritos.

En cualquier caso, no han sido la filosofía ni la ópera las áreas en las cuales la pieza del fraile de la orden de la Meced, Gabriel Téllez (cuyo seudónimo era Tirso de Molina), ha tenido mayor repercusión; el mundo de las letras -incluidos tradición oral, poesía, narrativa, teatro y cine- fue el suelo propicio donde germinó la leyenda del Tenorio: un prepotente noble cuya afición por las mujeres lo lleva tanto a hacer burla de ellas y de sus padres o consortes, como a retar a la muerte pasando sobre las leyes divinas y humanas. En este contexto, El burlador de Sevilla y convidado de piedra juega un papel muy peculiar: respecto del pasado, representa la síntesis que glosa y recoge las leyendas, romances populares, consejas y narraciones tradicionales que lo antecedieron, sean referentes al carácter mujeriego del personaje o a su relación con el muerto a quien invita a cenar y a través del cual recibe justo escarmiento. Ambos aspectos son sintetizados por Tirso de Molina con enorme fortuna, de modo que le confieren al mito una contextura tan poderosa, coherente y seductora que acabaría siendo la definitiva.

En cuanto al futuro, la tragicomedia escrita por el fraile mercedario se considera la piedra fundante de una casi incalculable cantidad de secuelas, todas las cuales abrevan -directa o indirectamente- ya no de las fuentes medievales y renacentistas, sino de la estructura y los caracteres fijados en El burlador de Sevilla. En lo que sigue, referiré algunas obras precursoras, toda vez que la edición que comento contiene noticia suficiente de sus vastas ramificaciones. Francisco Florit Durán apunta al respecto en la introducción: “existen al menos 500 versiones literarias, 70 musicales, 25 obras de arte plástica y ocho películas basadas en el personaje de don Juan y su leyenda”. Deben ser más: no creo que el catedrático de la Universidad de Murcia haya incluido en el recuento a hijos bastardos como las variantes pornográficas o el inefable Tenorio cómico que parodia en México a la versión de José Zorrilla, para un público que seguramente no ha leído el original (ni le interesa). Entre la amplia lista de sucesores se encuentran -por mencionar sólo algunos- Pushkin, Byron, Dumas, Azorín, Baudelaire, Valle Inclán, E. T. A. Hoffman, Benavente, Shaw, Madariaga, Espronceda y, por supuesto, José Zorrilla.

Desde los inicios del siglo xvi, pero sobre todo al promediar la centuria, aparecieron en España recopilaciones de la poesía tradicional de una región o provincia; se trataba de romances comunicados oralmente de una generación a otra, por lo cual su origen, perdido en el tiempo, debe suponerse muy anterior. En uno de ellos -recogido en elRomancero viejo y tradicional– encontramos la historia de un caballero que patea una calavera con la cual topa en el camino y, en son de burla, la invita a cenar. Para su gran sorpresa, ésta asiste a la cita, convidándolo para que, en reciprocidad, acuda a media noche a la iglesia:

 

Ya llegaron al portal,                         ya estaba la puerta abierta

y en el medio de la iglesia                 había un mesa puesta,

con una vela encendida                    y una sepultura abierta.

¾“Arrima aquí caballero,                tomarás de la mi cena”.

¾“No me quiero enterrar vivo        de Dios no traigo licencia”.

 

Finalmente, el caballero logra evadir el compromiso y aprende a respetar a los muertos. Sobre este esquema hay variantes que, con ligeros cambios, enfrentan respectivamente con la calavera (que en algunas versiones es la de un juez borracho y corrupto) a un incrédulo, un estudiante, un borracho y un soldado. En todos los casos, al igual que en El burlador, el temerario protagonista reta el orden divino y recibe una macabra lección que, en la obra de Tirso, lo lleva al infierno. No es casual, pues a diferencia de los demás imprudentes don Juan es el asesino del muerto que se le aparece en la figura pétrea del comendador. Este acierto del fraile Téllez le permite reunir ambas anécdotas -la del libertino y la del convidado de piedra- en una sola historia, absolutamente consistente e impecable desde el punto de vista dramático.

Y es que la carrera del mujeriego también se había desarrollado en la tradición de manera independiente. Así, encontramos en los romances la figura del hombre disoluto; como en este, recopilado por Menéndez Pidal: “Pa misa diba un galán / caminito de la Iglesia, no diba para oir misa ni pa estar atento a ella, que diba por ver las damas, las que van guapas y frescas”. A partir de estos rasgos se fue desarrollando la imagen de un don Juan frívolo, pendenciero, blasfemo y profanador, tanto de mujeres como de la religión. Su desarrollo, hasta encontrar plena madurez en El burlador de Sevilla y convidado de piedra, lo podemos hallar en El infamador, de Lope de Rueda (1584), El rufián dichoso, de Cervantes (1600) y El esclavo del demonio de Amescua (1612); aunque también tiene -según asegura Antonio Rodríguez en Don Juan a la luz del folclore– “antecedentes italianos, como La pasquinata romana de 1556 […] donde ya se alude a un tal Don Giovanni, sobrino del papa Paulo iv, de perfil claramente donjuanesco”.

 

 

Tirso de Molina. El burlador de Sevilla, (edición, introducción, notas y actividades de Francisco Florit Durán). México: Penguin Clásicos, 2015, 223 pp.

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