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Las librerías de viejo y yo
Jennifer Olvera comment 0 Comentarios

He de admitir que las librerías de viejo no son uno de mis lugares favoritos. Tal vez sea un error asumir que a cualquier amante de la literatura le gustan; que pasa sus días buscando primeras ediciones, o que se emociona al encontrar un Martín Fierro empastado en piel de vaca. Debo decirlo: tengo TOC. La mayoría de mis libros parecen recién comprados. No permito que las esquinas se doblen, nada del mundo escribo en ellos , lavo mis manos antes de tocarlos, y los guardo en bolsas. En una ocasión, mi mamá tiró accidentalmente café sobre mi escritorio. Preferí regalar uno de los libros bautizados con la bebida y comprarlo de nuevo. No le hablé en días.

Por mucho tiempo me negué a entrar en aquellos lugares que parecen detenidos en el tiempo. Pero el encuentro, tarde o temprano, debía ocurrir. Vivo cerca de la Ciudad de México, así que fui a la calle Donceles, en el Centro Histórico. Pasé toda la tarde recorriendo los libreros. No tenía prisa porque no buscaba nada en particular. Para mi sorpresa, lo disfruté mucho.

Las librerías de viejo lograron embelesarme con sus posibilidades que, en ese momento, parecían infinitas. Fue como perderme en las calles de una ciudad desconocida, laberíntica. Sentí una extraña angustia al darme cuenta de todo lo que jamás voy a leer y conocer. Podría decir que me dieron una lección de humildad, y me reconocí como eterna aprendiz.

Me gustó ver todos los trebejos en los que sucede la magia de quienes preservan los volúmenes en buen estado, y a los guardianes gatunos; pero no sólo importan, como Nietzsche las llamaba, las partes privilegiadas por la jerarquía de los sentidos. También presté atención al olor peculiar que desprenden el papel antiguo y el polvo; en los sonidos como el timbre que suena al entrar o el apilamiento de libros. Además, sentir el papel maltratado por el agua o los hongos bibliómanos que lo devoran y que se mueven por el aire sensibiliza el tacto.

Empezó a oscurecer, pero no tenía ninguna prisa por iniciar la travesía a mi casa. Vi un libro, de Laura Restrepo. Quise sostenerlo porque su portada me encanta. Tengo un ejemplar en casa. El “mío” (entre comillas, porque pertenezco al grupo de pecadores que no han devuelto libros prestados) también está maltratado por el uso y el tiempo: las hojas están quemadas por el sol; la cubierta, deshecha. Es uno de los pocos que tengo en ese estado. Comencé a hojear el de la librería y encontré una dedicatoria. En realidad, no es nada extraordinario; tampoco lo fue que iba dirigida a alguien con la inicial de mi nombre.

Pensé en los escenarios posibles que pudieron haber llevado al libro ahí. Y es que las librerías de viejo te invitan a la reflexión cuando encuentras cartas, dedicatorias, nombres, listas del súper, flores secas, fotografías. Me dio risa cuando leí en la dedicatoria lo siguiente: “No me salió bien y espero no te enojes”, luego señalaba con una flecha una carita dibujada. Me dio risa porque parecía que la dedicatoria era para mí: además de ser un libro que forma parte de mis gustos y de estar dedicado a alguien con mi inicial, da la impresión de que a quien le perteneció también le molestaba que rayaran sus libros.

Aún tengo los que me han regalado, con dedicatorias que anticipan una disculpa por haber escrito sobre ellos. Me pregunté en qué momento o bajo qué circunstancias podrían dejar de ser míos para pertenecer al estante de alguna librería de la ciudad. Recordé una frase de Juan Villoro: “Lo más importante de los libros son las manos que los entregan”. Sentí nostalgia, pero por un momento que no viví y que ni siquiera conocía. Así es visitar una librería de viejo: aventurarte a emociones ajenas que vuelves propias.  

Cuando salí de la última librería que visité aquel día, me picaba todo el cuerpo por el polvo y me dio alergia. Sigo cuidando en exageración mis libros, pero las librerías de viejo y yo ya somos amigas, y nuestra amistad va al alza.

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