La trabajadora

Elisa es una chica que trabaja para una gran casa editorial en Madrid como correctora. Sin embargo, la crisis económica ha llegado a España y sus pagos cada vez son más espaciados, obligándola a buscar un departamento más barato, así como un inquilino para compartir gastos. Es entonces que conoce a Susana.

Susana es un personaje muy singular: se muestra poco a lo largo de la novela y no sabemos bien si lo que descubrimos de ella es verdad o la propia Elisa la usa de espejo para desnudarse. Susana, nos cuenta, sufre de un brote sicótico que la lleva a estar unos meses encerrada en un psiquiátrico y luego a vivir ingiriendo una serie de pastillas que la mantengan lejos de la locura.

Pero la línea es muy delgada.

Y ahora comienza la caída de Elisa. Una mañana va en el autobús hacia la editorial, cuando comienza a tener un ataque de pánico. Siente que la persiguen y que quieren acabar con ella. Poco a poco los muros de la ciudad, los caminos y la cotidianeidad se van desdibujando hasta intercalarse los papeles, de alguna manera, con la propia Susana.

Elisa, antes, se había pensado como escritora. Hacía tiempo una novela suya había sido publicada, al igual que un cuento. En un intento de conciliación, Susana se los trae de vuelta a la memoria y es posible que la ficción sea el único móvil que pueda mantenerla a flote.

Pero la certeza que nos queda al terminar la novela es la siguiente: es tan fina esa franja que nos separa de la locura que, al final, ninguno de nosotros estamos exentos de caer de ese lado del espejo.

 

Fernanda Álvarez

La trabajadora/ Elvira Navarro, Literatura RandomHouse, 2014.

Foto: VozPópuli


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