La tía Julia y el escribidor

Me había enseñado que cogerse de

las manos se decía en Bolivia

«hacer empanaditas».

En uno de sus libros que parecieran no sonar mucho dentro de su amplia herencia literaria, Mario Vargas Llosa presenta en La tía Julia y el escribidor, publicada por primera vez en 1977, la oportunidad de jugar con el punto medular de una novela: la retórica entre la realidad y la ficción. Es el caso de su obra que bien podría pasar por autobiográfica o no.

Por una parte, presenta a su personaje principal, Mario o “Marito”, cuyo apellido, por si uno pudiera dudar de éste, es Vargas o “Varguitas”. Es un joven estudiante de derecho con apenas 18 años que ha encontrado su vocación en la escritura. Al mismo tiempo que asiste a la universidad en Lima, Perú, trabaja en Radio Central y Panamericana como encargado de la redacción de boletines nacionales e internacionales. Tiene a su cargo a Pascual, un entusiasta joven que está dispuesto a ayudar en todo. Ahí mismo trabaja su mejor amigo y cómplice, Javier, quien es el primero en enterarse de sus acciones. Mario dedica su tiempo libre a escribir cuentos y busca espacios para publicarlos. Se inspira en su día a día e incluso desea que ciertas cosas le sucedan para poderlas escribir.

Por otra parte, “Marito” comienza un juego de conquista con su tía política Julia. Al principio de la trama está dedicado a convencer(se) de que no es su pariente, sino simplemente la hermana de Olga, esposa de su tío Lucho. Julia, por su lado, es una mujer divorciada que ronda los 30 años y que está cansada de no recibir un trato romántico por parte de sus pretendientes, pues al estar separada, éstos asumen que necesita desesperadamente una pareja y renuncian a un enamoramiento laborioso. Mario es el único que le envía flores, le manda cartas, trabaja extra para invitarla al cine y a cenar, le habla por teléfono, le confiesa sus miedos y temores, y se derrite por ella, dejando el deseo físico en un plano muy alejado. Julia no sólo permite muchos de estos detalles, sino que los incita. Pide ser llevada al cine por “Varguitas” y busca su compañía, su plática y su esencia.

“Marito” quiere, a costa de todo, ser un gran escritor del tamaño de Faulkner, Proust o Joyce. Sin embargo, desde su pequeña Lima no encuentra ningún ejemplo tangible por seguir. Conoce a Pedro Camacho, un boliviano traído por sus jefes, los Genaros, quien se dedica de tiempo completo a escribir radionovelas. Éste, xenófobo, en particular hacia los argentinos, escribe mañana, tarde y noche; lo peculiar es que jamás lee. Dice que si lo hiciera, sus ideas estarían influenciadas por otros. Es prácticamente un analfabeto. Es entonces cuando “Marito” comienza a cuestionar la labor de un escritor. Ve por primera vez a un desenfrenado apasionado por construir historias con una Remington que antes era de su propiedad, con una fama relativamente nula y una actividad que poco le deja para relacionarse en sociedad.

Por tanto, Mario puede que sea Mario. El escritor puede que sea el escribidor. El conquistador puede que sea el casi transgresor de la familia. Por eso es tan atractivo descifrar lo que puede ser biográfico y lo que no. El mismo Mario Vargas —el de carne y hueso— reconoce haber construido este personaje con una influencia vivencial. La novela plantea un recurso aún más verídico frente a la invención, al ser escrita en primera persona. Uno nunca está seguro de saber qué voz está leyendo.

La seducción del lector no sólo consiste en este enigma anecdótico, pues también hay un uso pedagógico de las páginas: los capítulos nones están dedicados a la novela, pueden leerse de manera continua, si se desea, mientras que los capítulos pares contienen historias muy particulares e intrigantes con conflictos morales donde una persona debe decidir, por ejemplo, la vida o muerte de un vagabundo que cometió un delito sin intención; el castigo a un presunto parricida que niega su culpa pero todos los hechos señalan lo contrario o continuar o terminar un embarazo cuya madre es descubierta en su boda y cuyo novio no es el padre del futuro hijo o hija; entre otras situaciones.

En estas breves reseñas, Vargas Llosa entrega a su lector historias ya descompuestas, con el peor de los escenarios, para que sean arregladas por su público, dejándolo que concluya con las mismas y sea cómplice de una decisión que, como sea, no terminará con un final feliz. Sin embargo, estas pequeñas interrupciones tienen que ver con la novela principal, cuyo desarrollo irá hilando esta relación bidimensional, entrando y saliendo de estos universos literarios para, finalmente, dar unidad al libro.

El eje central está en el contexto donde se inscribe la novela. Es el Perú de los años cincuenta. Una obra que, pese a los libros de su época, no presenta a un Perú pobre, devastado, trágico ni decadente. Tampoco a una sociedad cerrada, conservadora y chismosa. Lo que hace Vargas Llosa es describir a un Perú funcional, cuyas formas de trabajo y luchas por una mejor calidad son las normales de cualquier sociedad. Afronta una temática real, sin exageraciones y muy apegada a lo que cualquiera pudiera pasar.

Un país que, según el autor, tiene cierto celo de que todos los productos culturales (particularmente el cine y los radioteatros) sean importados principalmente de México y Argentina. Es un llamado de atención hacia la conformación de la identidad peruana, misma que no necesita ser institucionalizada ni nacionalista, sino que en la cotidianidad de sus acciones sus ciudadanos van definiendo lo que es ser peruano frente a lo extranjero. En contraste con esta problemática cultural, preocupado por el tema, Vargas Llosa es quien exporta al mundo un enfoque de su identidad a través de sus libros. Éste es el caso.

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