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La poesía en la práctica
Alejandro Salvador Ponce Aguilar comment 0 Comentarios

Gabriel Zaid escribió los ensayos reunidos en La poesía en la práctica entre 1963 y 1967. La obra está dividida en dos cuadernos. Entre otros temas, en la primera parte, Zaid trata las distintas voces que confluyen en la obra poética, el papel del poeta ante el público y su labor de profeta haragánico en una ciudad que profesa valores económicos, de ahí que este cuaderno se titule: “La ciudad y los poetas”.

En la segunda parte, “La máquina de cantar”, Zaid entremezcla los temas relativos a la creación literaria; de un soneto, por ejemplo, con los del desarrollo de la informática y el cálculo matemático de todas las sílabas factibles en español, y de allí salta a la “astrolingüística”, donde concluye que en la Vía Láctea no hay espacio suficiente para almacenar todos los sonetos posibles.

Sorprende que un libro que reúne ensayos sobre poesía cite estadísticas socioeconómicas y demográficas; extraña que cuando habla de las bondades de un público independiente lo haga refiriéndose al crédito que los lectores conceden a los creadores y a la cotización de los autores en la bolsa de valores. Zaid aborda los temas por caminos que no nos hubiéramos imaginado, y lo hace sin asustarse y sin perder la sobriedad. Por esa razón, Enrique Serna juzga que “quizá la mayor virtud de Zaid como ensayista sea su talento para hacer extrapolaciones insólitas entre disciplinas remotas”.

Ya en otro artículo, “El entusiasmo de Gabriel Zaid”, adelantábamos el interés del regiomontano por “ver la poesía en la práctica” y atisbar la necesidad práctica de toda tentativa poética. La tesis común de estos ensayos es que la poesía y la práctica se corresponden mutuamente y quedan a deberse siempre. Zaid propone una visión entusiasta del ejercicio de la lectura como actividad creadora y defiende las implicaciones éticas que conlleva leer y escribir con integridad. Ahora bien, el momento decisivo del lector tiene lugar cuando él mismo pasa a interpretar el papel de autor.

En esta nueva travesía, el autor debe asumirse como el primer lector de su obra, crítico y juez incorruptible, y encarar esta empresa con todo rigor. Para evitar perderse en algún túnel y ver oro donde hay pirita, para vislumbrar el faro que le indique que no anda tan desencaminado, el autor requiere de algunas nociones que lo mantengan orientado y le permitan sopesar el valor de sus hallazgos. Por eso, en La poesía en la práctica Zaid no deja de preguntarse por los fundamentos de la actividad creadora y los componentes de la originalidad. ¿Cómo saber que no estamos errando en los motivos de nuestra inspiración y que en lugar de crear estamos destruyendo o recurriendo a medios yermos para hacerlo?

En la primera parte, Zaid lleva el teatro al mundo de lo económico, de las finanzas, de los negocios, pero lejos de verter una verdad en principio de orden sociológico, nos regala hallazgos literarios, arquetipos de hombres y bifurcaciones narrativas. ¿Qué distingue a un hombre de negocios de un científico y un poeta? Las motivaciones del primero no siempre son económicas, como las del segundo tampoco son epistemológicas o las del tercero estéticas. Hay otro espectro de deseos que gobiernan los quehaceres humanos. A su modo, cada uno desea estar a la vera de la creación y la inspiración.

Cada quien tiene sus propias musas y, llegado el caso, cada uno se extravía a su manera. La empresaria, como la poeta, busca inspiración para emprender un negocio y se motiva pensando que lo hace por móviles extraeconómicos (el amor, la filantropía); la poeta, como la empresaria, se aventura en una labor que parece desinteresada (la literatura, el arte), pero en realidad puede estar motivada por la obtención de fama y fortuna, es decir, ya no es la constructora de una obra, sino de su nombre. 

Examinemos ahora los vericuetos del poeta frente a los del gobernante. Tanto para el estadista como para el poeta se abre un camino de posibilidades creadoras, pero los resultados siempre son inciertos porque la imaginación tiene callejones sin salida. Si el poeta falla y pierde el favor de su mecenas, se verá orillado a cambiar de oficio y acaso la existencia se le amargue; si el estadista fracasa, habrá dado al traste con las arcas nacionales y quizás hasta derrame la propia sangre y la de sus conciudadanos. Frente al fracaso del estadista, el desliz del poeta parece una nimiedad, pero, guardando las proporciones del poder político y el poder de la lengua, nadie desea que el extravío de uno signifique el declive de todos.

Por ese motivo, para no dejar la creatividad política o artística en manos de unos pocos, las mejores mentes de la Ilustración propusieron la división de poderes y alentaron la creación de academias. La pasión creadora es susceptible de enredarse en senderos equívocos y, en la medida en que no todas las obras tentativas están dotadas de plena inteligencia creadora, transitar esos caminos es disponerse a lo incierto. En su intento por ser creativas, algunas empresas se tornan estériles y otras desembocan en la destrucción: aparece la democracia que erige un nuevo déspota o es el gobierno de nadie; y la academia que le prescribe reglas al arte o prescinde de toda preceptiva.

El estadista puede volverse sordo y perseguir y matar a sus opositores, el empresario acaso juegue a que produce riqueza cuando en realidad la destruye y algún poeta quizás actúe de protagonista debiendo ser comparsa; así que, ya que la sola visión de nuestras motivaciones no siempre funciona para alimentar las fuentes de la creación, ¿habrá un medio automático o mecánico que nos ayude a crear? En la segunda parte del libro, “La máquina de cantar”, Zaid discurre acerca de si las máquinas, el azar y los experimentos lingüísticos pueden sustituir el papel de la imaginación en la creación literaria.

Apelando a un sutil y sofisticado sentido del humor, uno que acude a números de más de diez dígitos para sugerir una ironía, Zaid concluye —y todavía podemos más o menos emitir el mismo juicio— que las computadoras u otros medios mecánicos no pueden producir realidades lingüísticas creativas y originales, no porque estén impedidas para aglomerar y procesar grandes volúmenes de información (lo hacen, y mejor que nosotros), sino en virtud de que las máquinas (ahora diríamos apps, smartphones, robots, softwares) aún no están dotadas de vida propia, no tienen cuerpo y no sienten, no son movidas por inquietudes intrínsecas ni experimentan predicamentos morales; es decir, no tienen una vida práctica que les pertenezca y por la cual sean responsables, y en suma, no saben leer.

Leer no equivale a decodificar información, leer es más bien interpretar símbolos, deshilvanar realidades, y para ello se requiere vida y voluntad propias, poner los símbolos de una obra en el mar de símbolos de la vida y tener un ferviente deseo por hacerlo, una necesidad impetuosa, que como siempre es nuestra primera mentora.

A la máquina no se le va la vida en el acto de decodificar datos porque la máquina no vive, procesa. Puede que Darío no estuviera seguro de si usar la palabra rubí y hacerla rimar con rawí y hurí o con faquí y saetí, pero el poeta sabe interpretar la necesidad interna de su obra, intuye el sentido de su creación, pone en marcha un conjunto neuronal de asociaciones semánticas vitales, y así descubre una palabra y no otra como revelación poética y existencial.

Quizás su solución no sea la mejor ni la más efectiva, pero responde a una fuerza expresiva concreta: el poema vive en el mejor de los mundos posibles dictado por su creador, no en un conglomerado de datos donde todos los mundos son posibles pero ninguno es real, porque ninguno es significativo. Zaid no niega que las máquinas puedan ser una herramienta para la creación (literaria o de cualquier tipo); en nuestros días, vemos cómo la inteligencia artificial en ciernes se usa lo mismo para construir mejores prótesis médicas que para completar una sinfonía inconclusa, pero no hay que atribuirle poderes que no ostenta, no mientras sea incapaz de vida práctica.

Ahora bien, si ni recurriendo a nuestras propias motivaciones ni echando mano de ciertos procedimientos mecánicos podemos encontrar las claves para crear original y positivamente, ¿entonces dónde y cómo se resguardan los misterios de la creación y la inspiración? Acaso uno de los secretos consista en iniciarse en el arte de descubrir lo extraordinario en lo que parece común y atender la inclinación de todo cuanto nos rodea a desdoblarse creativamente. “Hay una imaginación creadora de las cosas mismas, una vis exploratoria en expansión de lo físico”, arguye Zaid, y el humano puede traducir ese ímpetu creador en sus obras. Una pirámide maya reproduce en un plano arquitectónico una serie de indagaciones astronómicas, y de esta manera, gracias a esta montaña humana en perpetuo diálogo con el universo y sus constantes, una clase gobernante y sus sacerdotes someten a un pueblo a sus designios y le entregan un destino. Así una observación persistente se vuelve cosmovisión.

La actividad creadora de la humanidad es una extensión de la actividad creadora de la naturaleza, “la música de las esferas” ya sonaba antes de que el ser humano existiera o siquiera fuera “plan” remoto de la tierra, pero el sujeto hace brotar su propensión a la creación de la actividad y la belleza que su intelecto intuye en las cosas que surgen de la naturaleza.

Podemos elegir si este impulso imitativo nos alienta a proferir más creaciones o a destruirlas, porque nuestra huella en el mundo también es una fuerza ecológica que puede aumentar o disminuir la felicidad, en el seno de la naturaleza y en el de la cultura. Si fallamos a la hora de crear, destruimos lo que nos rodea y socavamos los lazos que nos unen con nuestros semejantes.

Para Zaid, todos los encuentros felices se desvelan físicamente y cobran todo su significado cuando adquieren una dimensión existencial. Donde antes veíamos el designio de un dios implacable, acaso furioso y hambriento de sacrificios, ahora apreciamos una ley universal. Un día la manzana es motivo de discordia y al otro, encuentro fortuito con la gravedad.

Cada quien examina las señales del mundo de acuerdo con sus facultades y no podemos leer lo que no estamos en condiciones de interpretar. Sólo somos capaces de descubrir aquello que echamos en falta y cuya ausencia, sin que nosotros lo sepamos, nos inquieta y nos hace sentir incompletos, hay algo pidiéndonos que lo descubramos. Psicológicamente, encontrarse con la inspiración implica eludir rutinas estériles y alejarse de la neurosis que no propicia sino visiones estereotipadas.

Ésas son algunas de las lecciones de La poesía en la práctica. Y lo maravilloso de Zaid es que cuando explora los fundamentos de la actividad creadora lo hace tratando de ejercer él mismo esa propensión al descubrimiento feliz del que habla: es un fiel discípulo de la originalidad. Zaid es congruente con lo que recomienda para leer y escribir mejor: animar el diálogo, intentar el entusiasmo y comprometerse con él, no aceptar puntos de vista fáciles sin someterlos a prueba y buscar atajos en los temas donde parece que otros los han agotado.

Tal vez un día un androide lea estas líneas y se burle de su autor como hoy nosotros nos burlamos, y hasta nos exasperamos, al leer las supersticiones que a lo largo de la historia han contribuido a malograr el destino de muchos hombres. Quizás las verá como una nota a pie de página en los anales de la evolución, una curiosidad pasajera, sonreirá un momento y continuará preguntándose qué es la inspiración y cómo lograrla.

Gabriel Zaid Libros Zaid

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