La memoria del vacío

Reseña de Contigo en la distancia de Carla Guelfenbein. Alfaguara, 2015.

Cuando nos hayamos ido, cuando el tiempo se nos termine, ¿qué quedará de nosotros? Probablemente, dejando de lado la acumulación material, habremos dejado algunas cartas en un cajón, un par de fotos enmarcadas sobre una repisa; quizás una mascota desamparada, una familia disminuida. Para quienes nos hayan conocido, estos serán los signos de que existimos, la prueba de que en verdad estuvimos aquí.

Al tratar de reconstruirnos, cuando la memoria les mueva a la búsqueda de aquello que se designaba bajo nuestro nombre, irremediablemente algo se escapará al rompecabezas: mutismos, secretos y malentendidos se interpondrán a la tarea de contarnos, haciendo imposible cualquier esfuerzo póstumo por explicar lo que fuimos. Sin embargo, cuando nuestra propia muerte es una mancha borrosa, cuando ella misma es inexplicable y oscura, la sospecha y la intriga, pero sobre todo el amor incondicional, pueden mover a cualquiera a rebuscar en esos signos para obtener la verdad.

El día en que Daniel, un arquitecto desmotivado ansioso por cambiar de vida, acude a casa de la célebre poeta Vera Sigall (su vecina más próxima y su amiga más íntima) sólo para encontrarla derrumbada al pie de las escaleras con una grave contusión, no imagina las consecuencias que su amor por ella y la obsesión por explicar el suceso, que no termina de parecer un accidente, tendrán para él. Al mismo tiempo, en otro punto de la ciudad la joven Emilia, marcada por un dolor indescifrable, vive con absurda timidez el más grande de sus sueños: ha llegado a Santiago, Chile, para estudiar el archivo personal que la poeta donó a una biblioteca, y hace días tuvo el placer de conocer de cerca a la mujer cuya vida y obra cambiaron, también, el curso de su vida.

Juntos guardarán el luto por la muerte de Vera de muy distintas maneras, pero saber que hay alguien capaz de amar tan intensamente aquello que cada uno amó por su lado y a su modo, los aproximará sutil pero poderosamente. Unidos perseguirán hasta el último indicio que pueda explicarles quién fue Vera, de dónde extraía esa atmósfera tan distante y, finalmente, cuál es el secreto que se esconde tras su misteriosa muerte.

Al tiempo que acudimos al desarrollo de esta amistad, una voz del pasado cruza la novela en contratiempo: la historia de Vera, junto con algunos de sus secretos, nos es descubierta poco a poco por Horacio Infante, denodado poeta y ex amante de Vera. Sus palabras serán imprescindibles para llenar los espacios en blanco que la mujer decidió dejar en su historia personal, pero también entrañan una verdad tan dolorosa que será necesario un segundo luto para asimilarla. Cuando ambos relatos se encuentren, ninguno podrá volver a ser el mismo. Ni siquiera la imagen que hasta entonces conservaban de Vera.

Con un ritmo pausado pero constante, animada por la fuerza inagotable del amor, Carla Guelfenbein construye una novela pletórica y compleja alrededor de un vacío: la ausencia de Vera, quien aún en vida parecía estar hecha de una sustancia etérea, inasible. Pero al igual que el fondo del pozo es al tiempo la oscuridad más absoluta y la fuente más abundante, ese impulso le sirve a la autora para descubrirnos un mundo lleno de sentido y posibilidades, aunque para llegar a él tengamos que atravesar los pantanos de la mentira, la humillación y el fracaso.

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