La isla de su mano

Eliseo Alberto de Diego y García Marruz abría la mano izquierda como una flor de cinco pétalos y con la punta del índice de la mano opuesta narraba la íntima cartografía de La Habana que llevaba en el alma. Llevaba en las yemas la arquitectura entrañable de las casas viejas, salitre de colores pastel y el tumbao que tienen los negros al caminar. Llevaba encima el paisaje entero de una isla con todas sus heridas y cicatrices, la zafra histórica donde lo fotografiaron más guapo que una palmera inmensa y las colinas heroicas de un pasado en blanco y negro. Lichi tenía en la saliva la piedad y misericordia con las que siempre clamó por reconciliaciones y el milagro constante de la reunión, incluso con los fantasmas que supuestamente ya se habían ido.

Lichi era un escritor incluso cuando no escribía. Tenía endecasílabos y sonetos perfectos en la comisura de los labios, que si bien no quiso fardar por respeto y alabanza de la inmensa poesía de Papá Eliseo, de Tía Fina y de Cintio, bastarían para signarle su grandeza. Tenía guiones cinematográficos en la breve narración con la que contaba lo que acaba de ver pasar por la calle de enfrente o lo que escuchaba en las azoteas cuando se ponía a cocinar entre párrafos. Pero sobre todo, Lichi era novela, todas las novelas que nos dejó y las que quedó a deber: historias hiladas con amor no sólo a las palabras sino también a cada uno de los personajes que se volvían palpables, abrazables con su prosa de colores. Hay días en que elijo una al azar y digo que es la mejor, para releer otra al día siguiente y sentir que ya cambió mi predilección, porque Lichi es novelista que se supera incluso ahora cuando se supone que esos libros duermen la paz de los estantes.

Tengo para mí que se siguen moviendo, desalineados, bailando una rumba como los integrantes de un circo fantástico, caminando el Malecón dos amigos infalibles, cantando arias de ópera un mulato en la ponchera y el vendaval acalorado de todas las parejas que se aman en sus páginas, que se besan sin cansancios y se entregan con el alma en el habla, en la piel… en el espejo de un hombre bueno, feliz y grande en todos los sentidos. Me basta abrir la mano y sentir que allí está la isla de Lichi, abierta con dedos como lápices gruesos de colores acuareleables, siempre al filo de todo abismo, siempre salvavidas. Me basta dormir a cualquier hora para que se me aparezca en sueños y se vuelva a escuchar su voz como murmullo de mar, la saliva con espuma de olas y la mirada vidriosa de quien era capaz de llorar dolores ajenos y alegrías que contagiaba. No pasa un solo día sin que lo piense y a veces lo dibujo en hojas improvisadas, en cuadernos al azar o en papeles que dejo en las mesas, así como regalo sus libros para que alguien, algunos, otros o uno solo descubran hoy mismo la inmensa literatura, la tremenda verdad con la que escribía este hermano grande, gigante que llevaba tantas historias encima que no para de extender cheques abiertos, como salvoconductos, para un mundo mucho mejor que éste.

Jorge F. Hernández

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