La infancia de Jesús, J.M. Coetzee

Quizás lo que hace que La infancia de Jesús resulte una lectura imprescindible en la biblioteca del lector de Coetzee sea su provocación deliberada, la desconcertante decisión del autor de ofrecernos en estas páginas algo completamente distinto de aquello a lo que estábamos acostumbrados y por lo que nos enamoramos de la prosa del Nobel sudafricano.

Es cierto que la premisa es interesante y que los referentes bíblicos nos hacen pensar que en las páginas de esta novela acabaremos por descubrir un secreto inconfesable: Simón y David, un hombre y un niño, llegan a una tierra con reglas y prohibiciones incuestionables (todo esto recuerda un poco el 1984 orwelliano): aprender español es la primera y más importante consigna: después, hacer lo que vieres en este mundo que se muestra tan enigmático pero que al final, tristemente, no tiene nada que revelarnos.

La crítica ha sido muy dura con éste, el último libro que publicara el autor que nos ha legado obras tan conmovedoras y extraordinarias como El maestro de Petersburgo, Foe o Elizabeth Costello. Coetzee siempre ha sabido delinear personajes muy complejos que sufren, viajan al pasado y reescriben el presente. Las páginas de Coetzee exigen mucho del lector: un tremendo ejercicio de reflexión y empatía. Coetzee nos ha demostrado, una y otra vez, por qué se erige como uno de los Nobel más elogiados y queridos entre el público: sin duda, desde los rusos pocos escritores han sido capaces de trazar una radiografía emocional de sus personajes con tanta sutileza y profundidad como lo ha hecho el autor que aquí nos ocupa. De hecho, me atrevo a decir que Coetzee no tuvo detractores sino hasta que publicó La infancia de Jesús.

¿Y qué es lo que pasa en este libro? He de resignarme a decir que es eso precisamente lo que no puedo responder. Los personajes van desdibujándose y parecen levitar en este universo paralelo que llega, incluso, a confundirse con la ciencia ficción de antaño. Los porqués nunca aparecen y ese gran misterio que se adivina detrás de las vicisitudes de los dos personajes principales nunca termina por confirmarse.

Más allá de las respuestas, del cierre de ciclo, hay que decir que la prosa de Coetzee nos sorprende en este libro por ser una prosa lineal, sin subibajas, sin intención. Es como si los diálogos y la historia cedieran el paso al universo que Coetzee creó para estos fines: un mundo abstracto, incomprensible y en gran medida superficial.

A pesar de todo, la lectura de La infancia de Jesús no fue estéril. Quizás lo más entrañable de este libro, para mí, fue darme cuenta de la falibilidad de uno de los autores a quienes más admiro y respeto. Hubiera jurado cien veces que no habría jamás lectura de Coetzee que pudiera decepcionarme o aburrirme. A partir de ahora no sólo seguiré leyéndolo con el mismo fervor de siempre: para mí, seguir a Coetzee es materia obligada. Es la posibilidad de que una de las mentes más prodigiosas de la literatura se reinvente ante mis ojos una y otra vez, para mi algarabía y regocijo.

Wendolín Perla

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