La historia de todas las mujeres desaparecidas

Cuando veo aparecer en mis redes una fotografía de una ciudad, siempre debo pensar dos o tres veces antes de saber si es o no el Distrito Federal. A menos que sean muy obvias, a menudo me hacen recordar que hay lugares que se parecen mucho entre sí. Me resultan un tanto ridículos aquellos que aseguran que las grandes obras de la antigüedad fueron hechas por extraterrestres sólo por parecerse entre sí. Si los humanos tenemos los mismos recursos biológicos para interpretar y modificar la naturaleza, no debería parecernos raro que más de una cultura haya descubierto la manera de edificar grandes estructuras. Y esto mismo pasa en las formas: en muchas culturas hay santos y pecadores, gente de ley y estafadores. Sucede que no sólo las cosas técnicas y las bellezas pueden repetirse de cultura en cultura. Más de una vez me he reconocido con un extraño por un comentario con mucha mala leche: a alguien despreciamos juntos, nos molestan las mismas convenciones sociales, o simplemente odiamos cantar y que nos canten las mañanitas. No me sorprende, entonces, que los mismos crímenes se repitan de país en país, de cultura en cultura, ni que los crímenes de Racimo me sean tan familiares.

Buscando una manera de reconstruir su vida, Torres Leiva, fotógrafo, viaja a un pueblo. En el camino se encuentra a una muchacha haciendo dedo, y la levanta. Y ella desaparece, como un fantasma, para luego aparecer inconsciente, como otra, más adelante: una de tantas que han desaparecido en los últimos años y cuyos casos han caído en el olvido de las autoridades. La nueva niña que han encontrado remueve esas preguntas incómodas que los detectives han evitado durante años: ¿a dónde fueron?, ¿quién se las llevó?, ¿qué fue de ellas? Por otro lado, la simpatía de Torres Leiva hace sentir incómodos a los carabineros. Atrás del misterio de la desaparición metódica de niñas sólo hay conjeturas. Nadie sabe y nadie parece querer resolver. Los detectives y los políticos se dedican a hacer búsquedas inútiles y a buscar sospechosos cuyos casos no cuadran. Las búsquedas intensivas a países vecinos parecen más espectáculo que investigación. Torres Leiva, enredado en todo ello, no sabe qué pensar.

Y entonces es cuando pienso que esto bien podría ser una historia del norte de México, de esas que gustan tanto; pienso que está bien que le falten los narcos que tanto venden y que sólo estorbarían a la historia que no sucede aquí, pero que sí lo hace, fuera del libro. Alto Hospicio bien podría ser Ciudad Juárez o el Estado de México o cualquier otra entidad federativa donde las mujeres desaparecen y lo único que tenemos son conjeturas sobre qué sucede con ellas. Desde la muerte hasta que estén ya en otro país; desde las violaciones a la esclavitud. Atrás, un gobierno que prefiere armar un espectáculo alrededor y fingir que se está trabajando, mientras que la policía se encarga de limpiar las escenas del crimen para que, cuando lleguen los medios extranjeros, esté limpia de sangre y puedan sentarse los funcionarios a comer el banquete que han preparado; se palmean por su buen trabajo en las conferencias de prensa, donde decretan qué se debe hacer, pero sin decir cuándo ni quién lo hará; mientras, las víctimas no aparecen, y los familiares ya están cansados de hablar con reporteros curiosos que recaudan las mil y una teorías sobre qué ha sucedido con los casos.

La novela de Diego Zúñiga retrata a Chile, pero también retrata a México y a cualquier lugar donde haya feminicidios, donde el gobierno no meta las manos y donde haya carabineros que no protegen. Racimo es la historia de todas las mujeres desaparecidas y explotadas, de quienes no vuelve a saberse nada. Torres Leiva somos todos, que documentamos lo que tenemos enfrente o a quienes se nos despiertan nuevas simpatías con las recurrentes víctimas. “La culpa es de ellas por hacer dedo”, diría cualquier policía, y nosotros nos encontramos impotentes, pues, aunque tengamos en nuestras manos toda la evidencia posible de que no es así, el discurso oficial siempre será otro, el que no le convenga a las muertas. Todos nos encontramos enredados en una realidad hostil, donde a la vuelta podemos encontrarnos con una víctima o en la que un muerto puede aparecer a pocas cuadras de donde vivimos.

Después de leerla, no puedo sino sentirme inseguro y en la certidumbre de que jamás sabré, a ciencia cierta, lo que les sucede a aquellas víctimas anónimas que sólo dejan su retrato. Racimo me hace pensar que lo perverso se encuentra a la vuelta de la casa, y que todos estamos a un malpaso de la suerte para desaparecer y convertirnos en un pasquín más sin resolver.

Racimo, Diego Zúñiga, Literatura Random House, 2015.

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