LA CONJURA SEPTIEMBRE

Las aventuras, desventuras y sueños de Adonis García, el vampiro de la colonia Roma.
Luis Zapata: 35 aniversario

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El jueves 4 de septiembre de 2014, con motivo del 35 aniversario del Premio Juan Grijalbo otorgado en 1979 a El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata, el Museo del Estanquillo organizó un acto.

En esta entrega especial de La Langosta Literaria se reproducen los textos que fueron leídos en dicho evento, que contó con la discreta participación del propio autor. PRH dedica este número de su publicación como homenaje al autor y su novela legendaria, que no se ha dejado de publicar desde aquel entonces bajo el sello Grijalbo (ahora en su presentación en Debolsillo).

Estoy aquí invitado por los organizadores en mi calidad de representante del grupo Penguin Random House y como editor del sello Grijalbo, donde se editó por primera vez y se sigue editando este libro clásico de nuestro fondo, cuyo título original según consta en la página legal de la primera edición, es el siguiente, todo en altas: LAS AVENTURAS, DESVENTURAS Y SUEÑOS DE ADONIS GARCÍA, EL VAMPIRO DE LA COLONIA ROMA. Cualquier parecido con los elocuentes y largos títulos de las obras literarias y populares de los siglos de oro de la literatura española obviamente fue un hecho completamente deliberado por parte del autor. En la edición de bolsillo fechada el mes de mayo de 2013, el título que consigna la página legal es simplemente El vampiro de la colonia Roma, con un subtítulo que corresponde a la larga enunciación del título original.

He empezado destacando un detalle trivial, pues como editor no tengo mucho que decir más que este tipo de cosas; por ejemplo, al ponerme a buscar entre mis libros encontré dos ejemplares de la segunda edición, con los detalles siguientes: la leyenda “Ganador Premio ‘Juan Grijalbo’” y un cintillo que especifica “2ª. edición 10 000 ejemplares vendidos”. Y este dato, siempre como editor, me resulta relevante, ya que en el colofón se especifica, como se hacía en esa época, no sólo la fecha en que se terminó de imprimir, 30 de agosto de 1979, sino que se establece un tiraje de 15 000 ejemplares. Buscando en los registros de Derechos de Autor, me encuentro con que la primera edición, la del Premio Juan Grijalbo, se hizo en el mes de julio de ese mismo año, con lo que sumando tenemos 25 000 ejemplares tirados en dos meses. Todo un récord, para esa época y para el día de hoy. Así que de calle podemos decir que fue desde el principio un bestseller literario. Cuando yo me incorporé a Grijalbo, en 1988, nueve años después de la primera edición, El vampiro de la colonia Roma ya se había convertido en lo que los editores llamamos un longseller, con un promedio anual de ventas que oscilaba entre los cinco y los siete mil ejemplares. Hacia 2004, cuando publicamos la primera edición Debolsillo, el libro vendía alrededor de tres mil ejemplares al año. No conseguí cifras de muchos otros años; me dicen que como hemos cambiado tanto de administraciones y sistemas no es posible contar más que con las que hay. Pero lo que sí puedo hacer es un cálculo aproximado de que el Vampiro ha vendido por encima de los 300 000 ejemplares.

Otro dato que averigüé ahora y que también puede parecer trivial, aunque no a mí como editor siempre interesado en el tema de las portadas, es que el director editorial de Grijalbo en 1979 era Gustavo Sáinz, quien llegó a comentar: “Luis es tan guapo que deberíamos haberlo puesto en la portada”. No fue así, pero apareció en la cuarta de forros una foto suya a rebase realizada por el fotógrafo retratista de moda en ese momento, Rogelio Cuéllar.

Como quiera que sea estamos hablando de uno de los libros más conocidos en las últimas décadas y para nosotros, en Grijalbo, ahora PRH, es un título emblemático con el cual nos identificamos plenamente. Por mi parte, personalmente, me da muchísimo gusto la permanencia y vigencia literaria de esta gran obra de mi amigo Luis Zapata, de quien también fui editor en Editorial Posada, donde publicamos la primera edición de En jirones, y del cual vendimos cerca de 25 000 ejemplares. Ahora planeamos hacer una nueva edición de esta novela, que para muchos es la mejor de Luis, en formato de bolsillo. Por mi parte, no tengo más que decir; pero resulta que me di a la tarea de recoger tres testimonios sobre la vigencia de esta obra de Luis Zapata que hoy nos convoca. El primero de ellos es de uno de los narradores que pertenecen a su misma generación, Agustín Ramos; los otros son de dos brillantes intelectuales que nacieron en la misma década en que el Vampiro fue publicado por primera vez, Daniel González Marín y Jenaro Villamil.

Empiezo con el testimonio de Agustín Ramos, el autor de Al cielo por asalto y Mi nombre es Pedro, por mencionar dos de sus novelas más conocidas.

Ariel Rosales

Maus, Art Spiegelman

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Maus fue la primera novela gráfica en la historia en ganar un Pulitzer. Es quizás éste el dato que más persista en la memoria de aquellos que han tenido contacto con el libro. Otro de los aspectos que más se recuerdan, me parece a mí, es la técnica “posmodernista” —no me gusta usar estos terminajos, pero a veces no queda de otra— de representar a las distintas razas humanas como animales: judíos como ratones, alemanes como gatos y polacos no judíos como cerdos.

Ok.

En el abigarrado mundo de la literatura de la segunda posguerra es difícil, al menos para mí, toparme con un libro que refresque el discurso de siempre, que siembre en mí las ganas de llegar hasta el final. Maus, como muchos de ustedes saben, es la historia de Vladek y Anja Spiegelman, padres de Art, judíos polacos sobrevivientes del Holocausto. La propuesta gráfica es cuando menos interesantísima para un lector tradicional —como yo, por ejemplo—, y esta secuencia en imágenes justifica sobradamente la calidad y la originalidad del libro.

De acuerdo.

Sin embargo, lo que yo conservo de mi lectura de Maus es algo que a pocos he escuchado mentar. La historia de Vladek y Anja, desde que se conocieron y se enamoraron hasta que muchos años después, luego de sufrir lo indecible a manos de los nazis, llegaron en calidad de refugiados a Estados Unidos, está construida a partir de las muchas conversaciones que Art sostuviera con su padre en los setenta, varias décadas después de concluida la guerra. Y varias décadas después, también, del doloroso suicidio de su madre.

Art tuvo siempre muchas preguntas, pero no fue sino hasta casi cumplidos los treinta años que se atrevió a formularlas. Vladek, su padre, aún vivía, y Art decidió entregarse de lleno a la tarea de reconstruir el viacrucis que condujo a sus padres primero a Estocolmo, donde él mismo nació —casi de milagro—, para finalmente asentarse en Nueva York.

Vladek nunca aprendió bien inglés. Llegó a Estados Unidos tarde, cansado. Se puede comunicar y lo entiende todo perfectamente bien, pero su inglés es mocho, y Art decidió retratar a su padre tan fidedignamente como le fue posible. Este inglés mocho se conserva desde luego en la traducción al español, lo que conforma, para mí, gran parte del encanto de este libro. Porque no es lo mismo “Y entonces, bajamos a gran velocidad las escaleras” que “Así bajamos velocidad fuerte las escaleras”. Por ejemplo.

La parte más decididamente entrañable de este libro, me parece a mí, obedece a la cotidianidad que atisba desde las comisuras de la difícil relación padre–hijo durante estas conversaciones. Tenemos, por un lado, a un Vladek exhausto, enfermo, testarudo y gruñón, eternamente enamorado de la Anja ausente —quien los traicionó abandonándolos a la sordidez y frivolidad de este mundo—; un Vladek para quien los años no han hecho sino amargar su vida de superviviente, que deja poco espacio para la paz y la alegría. Por otro lado, tenemos a nuestro protagonista en las sombras: Art Spiegelman, el exitoso historietista que se confronta con su pasado y el de sus padres, agudo, soberbio y extraordinariamente inteligente, quien llega incluso a cuestionarse si se merece la vida que tiene cuando ésta ha sido posible sólo a costa del sufrimiento de sus padres, del suicidio de su madre cuando él era apenas un niño. Un Art que deja entrever su contrariedad a medida que reconstruye una historia cuyas heridas no han cicatrizado. Un Art Spiegelman destinado a coronarse como el ganador del Pulitzer, que ama y odia a su padre a medida que va armando el rompecabezas de esta historia, Maus, que no en pocas ocasiones estuvo a punto de abandonar.

Qué bueno que no lo hizo.

Wendolín Perla

Qué es Roja & Negra

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Roja & Negra es una colección de novelas rojas y de novelas negras que abarca todas las posibles texturas del género —investigando tanto las pistas más novedosas como los rastros más veteranos— y cuyo objetivo es atraer a los más dedicados y especializados amantes del género y a los lectores interesados en leer una novela de calidad, donde la sangre no se derrama en vano.

Entre los primeros casos seleccionados se encuentran, ya disponibles, una apasionante saga de narcotraficantes mexicanos enfrentados a un obsesivo oficial de la Agencia Antidrogas estadounidense, una obra que recorre varias décadas, a medio camino entre El padrino y las maniobras non-fiction de James Ellroy; la primera entrega de la formidable trilogía que cuenta la definitiva y secreta historia que se esconde tras el fenómeno de los asesinos en serie en Estados Unidos; las idas y venidas de un gángster con pretensiones artísticas en el Londres de los Swinging Sixties; las sesiones practicadas por una médium, miembro del jurado en un tribunal, especializada en la invocación fantasmal de víctimas de asesinato; el desengaño de un experto forense que quiere dejar de serlo para ocuparse como médico solo de los vivos hasta que otro cadáver se cruza en su camino; un detective sensible, clásico indiscutible, que recorre las calles de Los Ángeles desenterrando oscuros secretos familiares y el rocambolesco secuestro del metro en el Nueva York de los años setenta a manos de cuatro pistoleros.

Seleccionados y presentados por Rodrigo Fresán, los títulos que compondrán la colección Roja & Negra demuestran que, aunque el llamado «simple arte de matar» nada tiene de simple, sin duda, es todo un arte.

Rodrigo Fresán