La Conjura Mayo

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El lado oscuro de la luna

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Las palabras crean frases, las frases párrafos, y
a veces los párrafos se aceleran y cobran respiración propia.
Mientras escribo, Stephen King.

Oímos hablar de Gillian Flynn por primera vez el año pasado, al leer su novela Perdida. Una novela que arrastra al lector en un universo donde prima la psicología de los personajes: una pareja llena de intrigas, de misterios, de odios. El amor se va deshilachando en cada página y se siembra la duda del culpable con una maestría que la autora controla. Conforme leemos, vamos señalando con el dedo al agresor. Lo vamos sondeando, juzgando. Formamos parte de esa voz que nos incita a no tener piedad y a detestar al otro al pasar las páginas. Despertamos nuestra parte oculta al desear el castigo y no admitimos el perdón de ninguna manera. El espejo de la distorsión de la pareja nos puede tomar por sorpresa al mirar a nuestro amante y pensar en posibilidades de las que no nos creíamos capaces.

Eso es Perdida: una caída a paso lento. Pero Heridas abiertas, su primera novela, no nos decepciona en lo más mínimo. Una novela oscura. Un pequeño infierno. Nuestros ojos se mueven en la penumbra, una vez más, de las relaciones familiares. Semillas de desagrado, de desprecio, se cosechan lentamente en cada capítulo: un pueblo, adolescentes, una madre y una reportera. Éste es el hilo que Flynn va tejiendo, o deshaciendo, como ella sabe hacerlo, para que nos sorprenda nuevamente cuánta maldad puede embargar un ser humano. Y nosotros no estamos exentos.

En esta novela nadie está a salvo. Nadie tiene un espacio de cordura o solidez. Mucho menos nosotros que de pronto estamos tratando de descifrar no sólo los asesinatos, los culpables, sino las causas. Por qué. Y ojalá pudiéramos pensar de pronto que todo es ciencia ficción y que la humanidad se halla lejos de mostrar su lado más negro. Y sin embargo, asomamos la cara al mundo y tristemente constatamos que the dark side of the moon es. Existe. Entonces regresamos a las páginas para tratar de encontrar un atisbo de esperanza que se cumpla, que nos redima.

Finalmente es un microcosmos conseguido: el amor que mata y da vida. Y como dice King en el epígrafe: los párrafos tienen su propia respiración. Y no es artificial.

Fernanda Álvarez

La infancia de Jesús, J.M. Coetzee

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Quizás lo que hace que La infancia de Jesús resulte una lectura imprescindible en la biblioteca del lector de Coetzee sea su provocación deliberada, la desconcertante decisión del autor de ofrecernos en estas páginas algo completamente distinto de aquello a lo que estábamos acostumbrados y por lo que nos enamoramos de la prosa del Nobel sudafricano.

Es cierto que la premisa es interesante y que los referentes bíblicos nos hacen pensar que en las páginas de esta novela acabaremos por descubrir un secreto inconfesable: Simón y David, un hombre y un niño, llegan a una tierra con reglas y prohibiciones incuestionables (todo esto recuerda un poco el 1984 orwelliano): aprender español es la primera y más importante consigna: después, hacer lo que vieres en este mundo que se muestra tan enigmático pero que al final, tristemente, no tiene nada que revelarnos.

La crítica ha sido muy dura con éste, el último libro que publicara el autor que nos ha legado obras tan conmovedoras y extraordinarias como El maestro de Petersburgo, Foe o Elizabeth Costello. Coetzee siempre ha sabido delinear personajes muy complejos que sufren, viajan al pasado y reescriben el presente. Las páginas de Coetzee exigen mucho del lector: un tremendo ejercicio de reflexión y empatía. Coetzee nos ha demostrado, una y otra vez, por qué se erige como uno de los Nobel más elogiados y queridos entre el público: sin duda, desde los rusos pocos escritores han sido capaces de trazar una radiografía emocional de sus personajes con tanta sutileza y profundidad como lo ha hecho el autor que aquí nos ocupa. De hecho, me atrevo a decir que Coetzee no tuvo detractores sino hasta que publicó La infancia de Jesús.

¿Y qué es lo que pasa en este libro? He de resignarme a decir que es eso precisamente lo que no puedo responder. Los personajes van desdibujándose y parecen levitar en este universo paralelo que llega, incluso, a confundirse con la ciencia ficción de antaño. Los porqués nunca aparecen y ese gran misterio que se adivina detrás de las vicisitudes de los dos personajes principales nunca termina por confirmarse.

Más allá de las respuestas, del cierre de ciclo, hay que decir que la prosa de Coetzee nos sorprende en este libro por ser una prosa lineal, sin subibajas, sin intención. Es como si los diálogos y la historia cedieran el paso al universo que Coetzee creó para estos fines: un mundo abstracto, incomprensible y en gran medida superficial.
A pesar de todo, la lectura de La infancia de Jesús no fue estéril. Quizás lo más entrañable de este libro, para mí, fue darme cuenta de la falibilidad de uno de los autores a quienes más admiro y respeto. Hubiera jurado cien veces que no habría jamás lectura de Coetzee que pudiera decepcionarme o aburrirme. A partir de ahora no sólo seguiré leyéndolo con el mismo fervor de siempre: para mí, seguir a Coetzee es materia obligada. Es la posibilidad de que una de las mentes más prodigiosas de la literatura se reinvente ante mis ojos una y otra vez, para mi algarabía y regocijo.

Wendolín Perla

La poética de Pamuk o cómo cavar un pozo con una aguja

ISTANBUL, TURKEY - DECEMBER 2004: (FILE PHOTO) Author Orhan Pamuk poses in his office on December 2004 in Istanbul, Turkey.  Pamuk was born in Istanbul on June 7, 1952. He spent all his life in Istanbul, except three years in New York.  After attending the architecture program in Istanbul Technical University for three years, he finished the Institute of Journalism at the Istanbul University.  He started writing regularly in 1974.  Pamuk, who faces trial next month for the "public denigration of Turkish identity," has been awarded the prestigious French foreign literature prize the Prix Medicis.  (Photo by Eric Bouvet/Getty Images) *** Local Caption *** Orhan Pamuk 51917491ER006_pamuk

«… Ese mundo de mentiras, formalidades, rituales, no va conmigo.»
ORHAN PAMUK, entrevista para El País

 

Con motivo de la publicación de Cevdet Bey e hijos en Literatura Random House, tal vez sea oportuno evocar ciertas nociones que conforman la «poética de Orhan Pamuk», si algo así existe. De modo que en estas líneas intentaré trazar algunas claves que rodean la narrativa del escritor nativo de Estambul, a partir de ideas que él mismo ha planteado en disertaciones y conferencias, tal como se ve en «La maleta de mi padre», su célebre discurso de aceptación del Nobel, o en El novelista ingenuo y el sentimental, volumen donde se incluyen sus lecciones de literatura en el seminario Charles Eliot, de Harvard.

Ya desde Cevdet Bey e hijos, la primera novela de Pamuk, inédito hasta ahora en español, se puede advertir la voluntad omniabarcante que atraviesa su ficción, la intención de usurpar el tamaño del cosmos, como decía Borges. Sin duda, esta obra constituye una declaración de principios respecto a su concepción del espacio literario, ese sitio donde acontece «la experiencia más valiosa que el ser humano ha creado para comprenderse a sí mismo».

De acuerdo con Pamuk, la novela es quizás el producto artístico más sofisticado que la vieja Europa ha legado al mundo, por medio del cual se exploran y describen las preocupaciones básicas de las personas: el miedo, la vergüenza, el orgullo, la opresión, la ira. Más allá de lo anterior, una novela representa para Pamuk una «forma superior de conocimiento», pues le ofrece a una comunidad la posibilidad de explicarse a sí misma y al mismo tiempo representa la capacidad de ponerse en el lugar del otro. No hay medias tintas, el autor de Nieve está convencido de que «las sociedades, tribus y naciones se hacen más inteligentes, ricas y desarrolladas en la medida en que dan importancia a la literatura y prestan atención a sus escritores».

Lo anterior resulta fundamental para un novelista como Pamuk a la luz de su condición cultural y geográfica: Turquía, un enclave donde históricamente se han sintetizado las añejas —y muchas veces esquemáticas— tensiones entre Occidente y Oriente, modernidad y tradición, centralidad y marginalidad. El gran logro de Pamuk, como lo señaló en su momento la propia Academia sueca, ha sido el descubrimiento de símbolos para caracterizar el conflicto e indicar el posible entrelazamiento entre las culturas. El telón de fondo ineludible de ese hallazgo lo conforma cierta «confianza que te hace sentir que todos los seres humanos se parecen, que los demás tienen heridas parecidas y que por eso te comprenderán».

Para Pamuk, ser escritor significa «detenerse en las heridas ocultas que llevamos en nuestro interior, de cuya existencia, como mucho, tenemos una ligera idea». Desde luego, no se trata de una práctica antojadiza y espontánea. Para encontrar las heridas se necesita paciencia, disciplina y, lo más importante, estar a solas en el rincón de una habitación, refugiado del alboroto y el estruendo del mundo exterior. Se trata, en efecto, de «cavar un pozo con una aguja», como dice el viejo dicho turco que le gusta recordar a Pamuk.

Así, la escritura constituye un proceso gradual que se alimenta con obstinación. Por medio de un lento movimiento, el novelista busca un centro, una luz de origen indeterminado que «ilumine todo el bosque, todos los árboles, todos los senderos, los claros que hemos dejado atrás y a los que nos dirigimos». Cuando se cuenta una historia, en última instancia, esa luz sirve para mantener la vívida ilusión —tanto en el escritor como en el lector— de que sí podemos hacer frente a aquellas heridas con cierto grado de éxito.

A fin de cuentas, en esta perspectiva lo que también se pone en juego es una compleja y sutil relación con el lenguaje. Pamuk lo explica de una manera inmejorable con una bella imagen metafórica que parafraseo a continuación: el escritor encerrado, mientras sale de viaje ante todo hacia su propio interior, durante años va colocando las palabras, las manosea, siente las relaciones que hay entre ellas, a veces las mira de lejos, a veces las toca con los dedos y con la punta de su pluma, acariciándolas y sopesándolas para crear mundos nuevos o para «sintetizar lo heterogéneo», como dirían algunos con gran sofisticación…

Y vaya que el joven Pamuk logró sopesar las palabras. Tanto que su padre terminó de leer el primer borrador de Cevdet Bey e hijos y exclamó: ¡Algún día te darán el premio Nobel por tu obra!

Enrique Calderón