LA CONJURA MARZO

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Cuando Quino me mentó la madre

Quino
Nos conocimos con Quino en Cuba, en los años setenta con motivo de la Bienal de Humorismo de San Antonio de los Baños (que un caricaturista alemán rebautizó como S. Antonio de los Coños). Era un nutrido grupo de “moneros” de una docena de países: chilenos, soviéticos, alemanes, argentinos, mexicanos, palestinos, checos y cubanos desde luego. Pero el que menos hablaba era Quino, que se la pasaba observando a todos. Fue la única vez en que lo he visto sin corbata (instrumento de tortura prohibido entre caricaturistas), pero que a él lo identificaba entre todos los colegas: Quino es el que usa corbata. Si se lo encuentra uno en la calle, puede pensar que Joaquín Lavado es un formal banquero o un serio agente de pompas fúnebres (y por favor no me pidan aclarar cuáles vienen siendo las pompas fúnebres…) Después de esa ocasión, nos volvimos a encontrar en Chile, Monterrey, Guadalajara, y compartimos en Bolivia la primera exposición de caricatura que se hacía en ese país. Tres caricaturistas: Quino, Fontanarrosa y su servidor, a quienes la prensa calificó como “los tres genios del humor latinoamericano”, con la acostumbrada exageración de los medios.

Me gustaría presumir que Quino y yo somos grandes amigos, pero es más justo calificarnos como “viejos conocidos”. No tanto por lo de “viejos”, que no podemos negar aunque quisiéramos, sino en función de que, cuando nos vemos, lo más que llega a ocurrir es que comamos juntos y en bola con otros colegas, o que nos tomemos unas copas cuando logramos escapar de las inevitables firmas de libros y fotos con las hoy enormes turbas de paparazzis que atosigan en todas las ferias de libro del mundo entero. No hay tiempo para más. Ni para confesiones de nuestras mutuos sufrires con los editores, ni de los devenires conyugales. A lo más que hemos llegado es a intercambiar quejas sobre alguna dolencia o malestar. En una de esas pláticas de sobremesa me enteré que la sopa que odia Mafalda, es nuestra sopa aguada de fideos u otra pasta similar, pero que en Argentina no cocinan friéndola antes, como hacemos en México. Hagan de cuenta que se están comiendo una sopa aguada con espaguettis blancos y sin chiste, para justificar el horror de Mafalda cuando le sirven esa clase de sopa. Y sin salsa de ninguna clase que disfrace lo soso de la sopa caldosa.

Bueno. Pero lo que yo quería es contarles del desafortunado día en que Quino me llamó “hijo de puta”. Hacía yo en ese tiempo la historieta Los Agachados, y no recuerdo por qué, tuve que dejar unos números en manos de un equipo que elaboraba la historieta con fotos y recortes de números que yo había dibujado, tratando de adaptarlos a textos que el equipo había escrito. El resultado era medianamente horroroso, pero ni modo. Creo que me había enfermado o andaba de viaje. El caso es que el equipo decidió hacer un número dedicado a Argentina, del cual yo hice únicamente la portada. No supe lo que se decía en ese número de Argentina, ni del gobierno militar, ni nada. Y un buen día recibo una carta de Quino donde lo más suavecito que hacía era llamarme “hijo de puta”, por haberlo expuesto —por los cartones suyos y de otros colegas argentinos que se reprodujeron en la historieta— a las iras coléricas de los generalotes que gobernaban entonces. Quino me reclamaba, y con toda razón, que lo hubiera expuesto a ser encarcelado, torturado o detenido, como era usual en la dictadura castrense, sin haber considerado esas pequeñeces al publicar cartones suyos sin pedirle permiso, pareciendo que Quino estaba de acuerdo con las críticas que en la revista se lanzaban contra los nada comprensivos milicos.

Naturalmente tuve que pedirle perdón por la idiotez cometida por el equipo y hacerle ver mi “inocencia” respecto a ese desafortunado número de la historieta. Creo que lo entendió y me perdonó generosamente, y por fortuna, cuando nos volvemos a ver ya no me califica de “hijo de puta”. Espero que ni siquiera lo piense.

 

Rius

 

Texto que aparecerá publicado en el libro Mis confusiones, de próxima aparición en Grijalbo (mayo, 2014).

Versos de vida y muerte, Amos Oz

Amos Oz

Escribí este texto hace casi cinco años. Y todavía hoy, cuando todo en torno mío obedece a leyes distintas, cuando mi vida se ha configurado de forma completamente diferente, cuando ya no me recuesto en la cama de mi hermana ni tengo a Porthos en mi vida, retumban las líneas de Amos Oz en mi cabeza…

Regresé de pasear a Porthos (he de confesar que aún no queda muy claro quién pasea a quién) y me senté al pie de la cama de mi hermana. Medianoche. Balbuceamos un par de palabras, esbozábamos nuestro viernes. Ella se depilaba las cejas. Yo liberaba del plástico mi más reciente adquisición: Versos de vida y muerte. Lo compré el lunes, no me pude resistir. Me animé porque hace un par de semanas costaba casi $400. El lunes lo vi en $300.

“Al fin Amos Oz”. En esto pensaba. Jeannine hablaba de lo infructuosa que está resultando la búsqueda del local para el negocio familiar que, según mis hermanos, me sacará de asalariada. (Creo que no se han dado cuenta de que me gusta ser asalariada.) Y abrí el libro. Y me atrapó. La voz de Jean pasó a ser sólo un pájaro revoloteando mi cabeza. La escuchaba pero mi mente estaba muy lejos de ahí: en Tel Aviv, para ser precisos.

Jean se quedó dormida. Dormidísima. Antes de abrir el libro no paraba de bostezar. Sabía que mi viernes comenzaría a las 6am si de verdad pensaba pasear a Porthos dos veces al día (no lo he logrado… soy vespertina). Sabía que la lista de pendientes que dejé en vilo el jueves se medía no en cuartillas sino en tomos enciclopédicos. Y no me importó. Las cortinas corridas: no vi cómo se desplazaban la luna y las estrellas. Pero me tuvo sin cuidado porque vean lo que encontré…

[…] no estés triste, te lo pido de verdad, no estés triste para nada, y para nada te disculpes conmigo, porque tu miembro flácido me penetra ahora, justo ahora, me penetra y me llega muy dentro, me llega a los lugares más profundos, a lugares a los que ningún miembro erecto ha llegado jamás en mi vida y ningún miembro erecto podría entrar tan profundamente en mí. —El amor—

[…] ¿Te acuerdas? Hace unos quince años. ¿Te acuerdas? La de Charlie. ¿Te acuerdas? Aunque creo que ya por entonces te quería mucho más a ti que a él. ¿Que empecé a salir con él sólo para oler en él tu olor? No, Lusi, un momento, no cuelgues, por favor, no es lo que crees, te aseguro que soy la persona más normal del mundo, escucha, dame sólo dos minutos… —La revelación—

De lo que se deduce que la vida y la muerte no descendieron sobre el mundo unidas, sino el sexo y la muerte […] De lo que se extrae que existe una posibilidad razonable de una vida que continúe eternamente. Sólo debemos encontrar la forma de acabar con el sexo, y así erradicar también del mundo nuestro sufrimiento y la obligatoriedad de nuestra muerte… —La inmortalidad—

Terminé a las 2:45am. Quería venir corriendo a escribir. —La atascada— No pude: en cuanto cerré el libro, un sueño abominable se apoderó de mí. Sólo me dio tiempo de correr a mi cama. (Sí, sería más romántico decirles que amanecí ahí, junto a mi hermana, con el libro sobre el pecho… pero no, no miento ni para hacer esto más rim-bom-ban-te.) Mi día comenzó a las 7 de la mañana y no he dejado de pensar en lo que leí anoche.

Wendolín Perla

El hacedor de sí mismo

Borges

“A veces pienso que es idiota tener esta ambición de ser un hacedor más o menos mediocre de frases. Pero ése es mi destino”. Estas palabras escritas por Jorge Luis Borges a los veinte años forman parte de Cartas del fervor, epistolario que recoge su correspondencia con Maurice Abramowizc y Jacobo Sureda entre 1919 y 1928. Más de cincuenta años después de tal declaración de principios a su amigo ginebrino Maurice Abramowicz, Borges escribiría un texto autobiográfico en inglés, An Autobiographical essay (1970), en donde remontaría a su infancia la convicción de que su destino estaría para siempre unido a la literatura: “Desde la época en que yo era niño, cuando le llegó la ceguera, quedó tácitamente entendido que yo debía cumplir el destino literario que las circunstancias le habían negado a mi padre. Esto fue algo que se dio por descontado (y tales cosas son mucho más importantes que las meramente dichas). Se esperaba que yo fuera escritor”.

En la apasionante correspondencia con Maurice Abramowicz y Jacobo Sureda aparece de manera patente, carta a carta, el proceso de formación del escritor argentino que hoy nadie duda en equiparar con los grandes escritores de este siglo como Kafka, Joyce o Pessoa. La larga estancia en Europa de la familia Borges fue el caldo de cultivo inmejorable para dotar al futuro creador de Ficciones de las lecturas, en lengua original, de incontables autores que, desde entonces, formarán parte de su bagaje literario, y para curtirlo, ya en España, en la camaradería y la combatividad de un movimiento de vanguardia como el ultraísmo, del que formaría parte y que más tarde lideraría en Argentina.

Será en Sevilla, en enero de 1920, cuando el joven aprendiz de escritor se encuentre con otros jóvenes de su edad que le confirmarán su destino de escritor y le invitarán a publicar en sus revistas y a colaborar en sus proclamas. Poco después la familia se traslada a Madrid, donde Borges conocerá a Cansinos Asséns, que lideraba una de las tertulias en donde reunía a sus “discípulos” ultraístas y a quien Borges seguiría considerando toda su vida como uno de sus “maestros”.

La imagen que tenemos de Borges a través de esta correspondencia varía según dirija la carta a Abramowicz o a Sureda. Como cualquier corresponsal, el reflejo que nos dejan sus confesiones, noticias y reflexiones depende del interlocutor a quien vayan dirigidas. En su correspondencia con Maurice Abramowicz encontramos a un Borges más íntimo que asume una adolescencia compartida. También resalta la visión de España que Borges transmite a un extranjero, y que posiblemente no se atrevería a confesar a un español como Sureda, su fascinación con el país que encuentra tras cuatro años en el corazón de Europa: “Toda esa España que voy descubriendo tan áspera, tan fuerte, tan triste, tan silenciosa y tan diferente de lo que se imaginan en esta honesta Suiza tan fea y tan bonachona, me gustaría encontrar la manera de mandártela con sus organillos, sus casas claustrales, sus hombres lúgubres, sus mujeres tan hermosas y la inmensa ruina de sus paisajes desnudos frente a los atardeceres bárbaros y espléndidos…” La perspectiva del regreso a Buenos Aires tras siete años en Europa coloca a Borges en el dilema crucial sobre su identidad cultural por el que han pasado tantos hispanoamericanos: “¿No seré yo, después de todo, ‘un buen europeo’, como quería Nietzsche?”

Pero la correspondencia con su amigo mallorquín toma el relevo y, desde su llegada a Buenos Aires, proseguirá la relación epistolar con Jacobo Sureda, poeta y camarada ultraísta, vástago de una conocida familia de mecenas instalados en Valldemosa. Si estas cartas son menos íntimas que las dirigidas a Abramowicz, también son, sin duda, más metódicas a la hora de exponer un pensamiento y una poética que encontraremos años más tarde en algunos de sus cuentos más memorables como “Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius”: “Un teorema de Euclides no es menos real que una canilla. Podemos incluso afirmar que las cosas reales, las cosas por las que los hombres están dispuestos a matarse entre sí, son cosas espiritualmente reales: el honor, la patria, etc… Las cosas no existen: sólo existe nuestra idea de las cosas”. El intercambio epistolar con Sureda prosigue tras su regreso a Argentina y, a medida que va languideciendo, podemos observar cómo Borges, tras su paso por la vanguardia internacional, emprende una reivindicación de lo autóctono y una recuperación de ese mundo que abandonó a los trece años apostando por la argentinidad, que se verá reflejada en su primer libro de poemas Fervor de Buenos Aires: “Estoy volviendo a una llaneza criolla en el decir y a un vocabulario sin lujos…”

Este es el Borges que desvelan estas cartas: un joven apasionado, entusiasta en la amistad, el amor y, sobre todo, en su entrega a ese asumido destino literario de “hacedor” de frases que irían labrando “ese paciente laberinto de líneas que traza la imagen de su cara”.

Cristóbal Pera