LA CONJURA JUNIO

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La novela de acción (en prosa) del nuevo académico

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El jueves 8 de mayo de 2014 Hugo Hiriart ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua. Inició su disertación planteando: “No hay muchas maneras de deshacernos de un cadáver”. Decía esto con relación a La Iliada, cuya personal lectura propuso a los distinguidos concurrentes al acto, el cual sin dejar de ser solemne se tornó gozable gracias a la agudeza y lucidez del nuevo académico.

Para Hiriart el texto homérico está hecho de “detalles fascinantes y explorables”, y esa noche iluminó algunos de ellos vinculados con la muerte y los ritos funerarios. Quienes lo escuchamos con la boca abierta no pensábamos leer La Iliada como leemos cualquier libro de moda. Oyendo comentarios tan venturosos como “el difunto hace mutis del gran teatro del mundo, sale de escena pero deja su cuerpo inanimado”; o bien “Homero es muy visual y sus cuadros muy detallados” (al punto de comparar su “nítida transparencia y luminosidad” con las de un pintor prerrafaelita); o su descripción de la psique como “esa cosita ingrávida” (y nosotros recordamos aquel canto de “Ay cosita linda, mamá”); escuchando, pues, ese discurso tan radiante e irreverente, sentimos la necesidad de salir corriendo a comprar el poema homérico –o a pedirlo prestado como hacemos con cualquier best seller–, para devorarlo cuanto antes (como si nunca lo hubiésemos leído, ya que la lectura escolar, por obligación, no cuenta).

Y si esa notable reacción nuestra llama la atención, o parece exagerada, en realidad sólo nos sirve de pretexto para invitar a los lectores a que conozcan el primer libro que Hugo Hiriart publica con Penguin Random House, en su colección literaria (que de hecho con este título inaugura sus ediciones en México): El águila y el Gusano. Esta denominación de claras reverberaciones literarias nacionales, ostenta una acotación que algunos no dudarán en calificar de culterana: Acción en prosa. Hiriart la usa bendecido por Lope de Vega, quien subtituló así a La Dorotea, su novela dialogada; justamente esto es El Águila y el Gusano: una novela que desarrolla su trama a través de un sistema de diálogo, con más de 20 personajes que participan activamente en la desquiciada trama. Otro antecedente clásico es, obviamente, La Celestina, sin olvidar El abuelo, de Pérez Galdós. Y a propósito de esto habría que recuperar una descripción muy precisa de nuestro escritor, emitida por otro académico, Diego Valadés, esa misma noche del 8 de mayo pasado, quien en su respuesta al discurso del nuevo académico, sentencio: “Hugo Hiriart no hace literatura, es literatura”.

Este genial enredo novelesco se propone como una especie de desahogo sarcástico frente a la realidad política y social que padecemos, conseguido sobre todo a través de la recreación del lenguaje hablado en el México contemporáneo: una re-creación satírica de cómo se habla y se sufre la posmodernidad aquí donde todos vivimos. Y casi sin proponérselo encuentra su verdadera dimensión en las voces e influencias que recoge, desde Ibargüengoitia y Monsiváis hasta la Familia Burrón y Rius, pasando por el mejor Cantinflas y el óptimo Tin-Tán. Hasta ahora nadie se había atrevido a tanto, con el resultado de que su lectura entraña regocijo y reflexión. Nunca antes la tragedia había provocado tanta risa.

Ariel Rosales

Entre Pulitzers te veas

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“La verdad existe sólo como la lucha
entre alumbramiento y ocultación,
en la interacción de mundo y tierra.”
El origen de la obra de arte, Martin Heidegger

Algunas grandes escritoras ganadoras del Pulitzer en ficción son Edith Wharton, la maravillosa Harper Lee, Toni Morrison y Jhumpa Lahiri. Ahora el turno fue de Donna Tartt. Con El jilguero, Tartt demuestra que la escritura es un proceso de pensamiento, de construcción pausada. Tras once años de haber publicado su última novela, Juego de niños, la autora regresa con esta gran obra de lenguaje accesible y de personajes complejos, como nosotros.

“Me encontraba aún en Ámsterdam cuando soñé con mi madre por primera vez en mucho tiempo.” Así inicia la novela de más de mil páginas cuya lectura uno no podrá obviar ni soltar hasta llegar al final: Theo, un niño de 13 años, se encuentra con su madre en el Metropolitan Museum of Art cuando un ataque terrorista acaba con la vida de ella. Él se encuentra al lado de un anciano que le otorga un anillo que debe devolver a Hobie, un anticuario, y le pide de manera solícita que salve el cuadro de Fabritius: El jilguero. Y es a raíz de este acto, inconsciente, que la vida de Theo toma un giro que lo llevará al inicio: a Ámsterdam.

Y en ese juego de luz y sombra Donna Tartt es un personaje extraño en sí: con mirada enigmática, con una presencia sólida por lo que puede apreciarse en las pocas fotografías que hay de ella, con una pluma que alumbra y oculta con destreza los caminos que el lector debe seguir. Pero Tartt nunca podría ser Theo. Él se deja llevar por la vida, un poco como Ryder, el personaje de Los inconsolables de Ishiguro. Permitiendo que la vida lo mueva por vericuetos insondables donde él no participa activamente. Un personaje pasivo en ese sentido. Un personaje donde el motor de vida es la vida misma. Y la memoria, el duelo, la pérdida. Por el contrario, la escritora se aleja de la participación: “Aprendí pronto que yo no estaba hecha para el público literario, demasiado ruido, demasiado chismorreo”, dice en una entrevista, porque para ella “la ficción nos enseña más acerca de la vida que un tratado de filosofía moral, una pintura, una composición musical o cualquier otra forma artística.” Ahí radica su magia.

El jilguero se ha calificado como obra magistral, LA obra del siglo XXI. Sin embargo, no todas las críticas han sido tan elogiosas. A pesar de los miles de ejemplares que ya ha vendido, James Wood, por ejemplo, la califica de una novela infantil. Pero… como siempre, la única manera de estar a favor o en contra de la obra es leyéndola.

Yo, por mi parte, estoy a favor.

Fernanda Álvarez

El rostro y el alma, Francisco González Crussí

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La primera vez que leí un texto del doctor González Crussí fue en el prólogo al Breve diccionario clínico del alma, del también doctor Jesús Ramírez-Bermúdez. Me sorprendió gratísimamente su prosa impecable, elegante, erudita, emotiva. Me conquistó definitivamente luego de explicar que «más que simple enfermedad, el trastorno mental es un desgarro del ser por donde se filtra una luz que nos descubre dobles, obsesionados o extasiados; es una puerta que se abre al misterio de nuestra naturaleza, y al abrirse despierta los fantasmas internos y libera lo que bulle en lo profundo de todos los seres humanos: imágenes, visiones, sueños, quimeras y fantasías». Para rematar ese prólogo de colección, el doctor Crussí nos convence: «la enfermedad mental no es negación ni denigración de lo humano; no es animalidad; es la otra cara, la vertiente umbría de nuestra inalienable humanidad».

Un texto tan bello me arrastró, naturalmente, a seguirle la pista a un escritor de esta envergadura. Fue así como llegué, entre otros, a sus hermosos textos en Letras Libres. De esta pesquisa recuerdo, entre muchos, un bello ensayo titulado «El origen del deseo», donde el autor nos dice que «el deseo es fuerza centrífuga», porque va siempre dirigido al Otro. «El onanista no se desea a sí mismo: suple, con acrobacia imaginativa, la realidad del ausente. El onanista puede, si quiere, sacar de su cerebro todo un serrallo: la imaginación le permite ser sultán.» Todo esto nos lleva, finalmente, a la conclusión de que una de las cualidades específicamente humanas es, ni más ni menos, «poder hacer el amor con fantasmas».

El día que recibí, a través de un autor muy querido, el correo del doctor González Crussí de modo que pudiera, ¡por fin!, aproximarme a él para proponerle que publicara un libro en la editorial donde trabajo, me temblaban las manos, retumbaba mi corazón. Mi reacción no se hizo esperar luego de que, a vuelta de correo, apareciera en mi buzón el nombre de Francisco González Crussí. Su escritura impoluta y su trato siempre amable, pleno de humildad, me develaron al hombre detrás del texto: como rarísima excepción, se yergue el doctor González Crussí como uno de los mejores ensayistas de nuestros tiempos; uno de los intelectuales más eruditos pero exento de toda jactancia; un escritor tremendamente entretenido, irónico y colmado de sabiduría.

«El rostro con que venimos al mundo es una de tantas prendas que nos tocan en el despiadado juego de azar que es el destino»: he aquí la primera frase que el doctor Crussí nos regala en El rostro y el alma: una antología de siete ensayos fisiognómicos como nunca ha habido otra. En este libro de propiedades hipnóticas, el lector se sumerge en el fascinante mundo del rostro y el alma y emprende un recorrido alucinante donde descubre, por ejemplo, el corazón hirsuto de Aristómenes, un héroe griego que, de tan valiente, tenía cabellos en el corazón. O el prejuicio extendido —¡aún en nuestros días!— de que el tamaño de la nariz se correlaciona directamente con las dimensiones del órgano copulatorio masculino: no por nada, nos cuenta el autor, «el disoluto emperador Heliogábalo, dado a orgías con marcado componente homosexual, tenía cuidado de escoger como invitados a jóvenes cuyas dimensiones nasales eran considerables».

No me corresponde a mí calificar este libro, en absoluto. Como lectora, como editora, no me resta sino decir que admiro profundamente al doctor González Crussí: por su sabiduría, por su inenarrable sentido del humor, por su amor por la palabra y su forma de ejercerla; y hay que decir, también, que le estaré eternamente agradecida por haber permitido, en su modestia infinita, que fuera yo quien trabajara con él en esta ocasión, desde la penumbra, para dar a luz un libro tan extraordinario como El rostro y el alma.

Wendolín Perla