LA CONJURA JULIO

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El (simple) arte de Raymond Chandler

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AUDEN VS CHANDLER

La crítica literaria en ocasiones parece resolver el problema de los géneros con la intervención de una celebridad que escribe sobre el tema. En el caso de la novela policiaca, W.H. Auden, el prestigioso poeta británico, escribió un ensayo en donde confesó la fascinación que ejercían sobre él las novelas del género: El vicariato culpable. Notas sobre la novela policiaca por un adicto. En ese ensayo, además de diseccionar su adicción (se declaraba culpable de no cumplir con sus deberes con tal de terminar un relato de detectives), dejaba muy en claro que este tipo de narrativa nada tenía que ver con el arte. Su análisis crítico de los elementos esenciales del género incluía el medio ambiente en el que se desarrollan los relatos policiacos y, justamente, al abordar este tema se detenía especialmente en un escritor norteamericano: Raymond Chandler.

Auden utilizaba la metáfora de la vicaría (el lugar donde se comete un crimen) con relación al detective story, el relato policiaco clásico, básicamente británico, cultivado destacadamente por Agatha Christie, Freeman Wills Crofts y Dorothy L. Sayers. Por su parte, Raymond Chandler abominaba este tipo de relato, como bien dejó asentado con lucidez y causticidad en El simple arte de matar, su espléndido artículo que contiene la nueva propuesta para el género que él concretaría a partir de El sueño eterno. En ese texto, a diferencia de Auden, sí vislumbraba una confluencia de la novela policiaca con el arte.

He aquí lo que escribe Auden sobre el novelista norteamericano:

“El señor Raymond Chandler ha escrito que intenta sacar el cadáver del jardín de la vicaría, para devolver el asesinato a quienes lo hacen bien. Si su propósito es escribir novela policiaca, es decir, historias en las que el interés principal del lector es saber quién lo hizo, no podría estar más equivocado, pues en una sociedad de criminales profesionales, los únicos motivos posibles para desear la identificación del asesino son el chantaje o la venganza, los cuales se aplican a individuos y no al grupo como un todo, y que igual de bien pueden inspirar un asesinato. De hecho, no importa lo que diga, pienso que el señor Chandler no está interesado en escribir novela policiaca, sino estudios serios del medio criminal, sobre el Lugar Grande e Inicuo, y no han de leerse y juzgarse sus poderosos aunque sumamente deprimentes libros como literatura escapista y sí como obras de arte”.

El ensayo del poeta Auden fue publicado en Harper´s Magazine, el mes de mayo de 1948. La reacción de Chandler fue inmediata, pero privada. Está contenida en su carta a Frederick Lewis Allen, y se conoció hasta 1962, en el libro Raymond Chandler Speaking. Este es un fragmento de dicha misiva:

“El trabajo de Auden sobre la novela policial es brillante de una manera fría típicamente clásica. ¿Pero por qué envolverme a mí? Yo no soy más que un tipo que agarró unas novelitas, les dio forma de libro y les encajo unas solapas. ¿Qué cuernos me va a importar a mí la novela de detectives como forma? Todo lo que yo ando buscando es una excusa para hacer ciertos experimentos en el diálogo dramático.

“Heme aquí desarrollando una novela con Philip Marlowe y divirtiéndome un poco (hasta que me quedé varado) y se aparece este fulano Auden a hacerme saber que a mí interesa escribir estudios serios de un ambiente criminal. De modo que ahora observo cada cosa que escribo y me digo a mí mismo: A no olvidarse, viejito, éste tiene que ser un estudio serio de un ambiente criminal. ¿Se me está tomando el pelo? No. ¿Es éste un ambiente criminal? No, sólo vida corrupta, vulgar y silvestre con un énfasis muy fuerte en el costado melodramático, no porque a mí me enloquezca el melodrama por sí mismo sino porque soy lo suficientemente realista para conocer las reglas del juego”.

¿ARTISTA?

¿Hizo o no arte el novelista norteamericano? ¿Tiene sentido hoy, 2014, hacerse esta pregunta? Resulta útil para este fin recurrir a la conclusión a la que llega Frank MacShane, un biógrafo relevante de Raymond Chandler, quien escribe:

“Chandler era un escritor naturalmente dotado y fluido, pero durante casi 50 años no pudo encontrar el medio apropiado para él. (Escribió El sueño eterno precisamente cuando tenía medio siglo de edad). Sufrió continuos desengaños y frustraciones y, siendo de carácter sensible, se volvió huraño e introvertido. Cuando por fin empezó a escribir relatos para las revistas de pulp y publicó sus propias novelas, armonizó los aspectos opuestos de su naturaleza y creó algo extraordinariamente vital y original… Su visión de Norteamérica es cada vez más acertada, aunque poca gente hubiera adivinado hace 25 años (el libro de MacShane se publicó en 1976) la importancia de su obra en la actualidad. Fue un profeta de la Norteamérica moderna; empleando la tradición literaria europea escribió sobre un mundo que le deleitaba y repelía al mismo tiempo. No generalizó ni teorizó. Se limitó a fiarse de sus impulsos, y como Chaucer o Dickens escribió sobre la gente, los lugares y las cosas que veía con sarcasmo, pero también con amor. Esto ha hecho de él uno de los escritores más importantes de su época, así como uno de los más amenos”.

SOBRE BEST-SELLERS

Chandler emitía sus opiniones críticas sin concesión alguna y dedicó mucho tiempo a escribir sobre el negocio de los libros. En El simple arte de matar encontramos esta ilustrativa definición de los best-sellers:

“Trabajos de promoción basados en una especie de explotación indirecta del esnobismo, cuidadosamente escoltados por la focas adiestradas de la fraternidad crítica, y cuidados y regados con amor por ciertos grupos de presión demasiado poderosos, cuyo negocio consiste en vender libros, aunque prefieren que uno crea que están estimulando la cultura”.

NI EINSTEIN PODRÍA…

Al comentar la escandalosa avalancha de títulos publicados del género detectivesco, Chandler escribe, también en El simple arte de matar:

“Ni siquiera Einstein podría ir muy lejos si todos los años se publicasen 300 tratados de física superior y varios millares de otros que, en una u otra forma, rondaran por ahí en excelentes condiciones, y además se los leyera”.

MEDIOCRIDAD DE LAS OBRAS POLICIALES

En una carta al también escritor policiaco Hillary Waugh, Chandler explica:

“No discuto que un gran número de obras policiales son mediocres, pero gran número de libros de cualquier género son mediocres, si el patrón se pone alto. Pero no admitamos el punto de vista de que las obras de misterio las escriben mercenarios. El peor de nosotros derrama su sangre en cada capítulo. El mejor empieza de cero con cada nuevo libro. Los mercenarios son gentes que hacen con facilidad algo que ellos saben no vale la pena hacer, pero que lo hacen por plata. A ningún escritor de obras policiales que yo haya conocido se le cruzó jamás por la cabeza que lo que hacía no valía la pena hacerlo; lo único que deseaba era poder hacerlo mejor. Yo tuve la suerte de ser uno de los afortunados y, créame, hace falta suerte…”

ACERCA DE EL SUEÑO ETERNO

Chandler mantuvo una estrecha relación con sus editores, los esposos Knopf. El siguiente es un fragmento de su correspondencia dirigida a Alfred A. Knopf, en torno a su primera novela:

“He visto sólo cuatro reseñas, pero a dos de ellas parecía preocuparles más lo depravado y desagradable que cualquier otra cosa… No es mi intención escribir libros depravados. Tenía conciencia de que esta historieta incluía a algunos ciudadanos un tanto desagradables, pero la ficción que yo escribo fue aprendida en una ruda escuela y probablemente no me llamaron mucho la atención. Me intrigaba más una situación en la que el misterio se develara por medio de la exposición y la comprensión de un único personaje, siempre puesto en evidencia, más que por la lenta y, a menudo, pesada concatenación de circunstancias. Ése es un aspecto que puede no interesar cuando se hace la reseña de una primera novela, pero a mí me interesa enormemente.

El sueño eterno está escrita de manera muy desigual. Hay escenas que están bien, pero hay otras que aún huelen a revista barata. Lo que me gustaría es desarrollar, en la medida de mis posibilidades, el método objetivo –pero lentamente— al punto de ser capaz de transportar al lector a una novela genuinamente dramática, escrita en un estilo vivo y mordaz, pero sin llegar a lo vulgar o excesivamente local. No se me escapa que esto hay que hacerlo con cautela y gradualmente, pero creo que puede hacerse. Adquirir finura sin perder fuerza, ése es el problema”.

EL ESCRITOR EXCELENTE

Escribir su primera novela le llevó a Chandler tres meses, utilizando para ello dos relatos que ya había publicado: “Asesino bajo la lluvia” (1939) y “El Telón” (1936). Estos cuentos “canibalizados” en El sueño eterno forman parte de la nueva edición de esta novela publicada en DeBolsillo Contemporánea. La novela se publicó originalmente en 1939 y tuvo muy buena acogida por parte del público y la crítica (de la primera edición se vendieron 10,000 ejemplares). Los ecos de ese éxito siguen reverberando hasta nuestros días. Así, Julian Symons, crítico y escritor del género, emite el juicio siguiente en su Historia del relato policial:

“Chandler tenía una especial sensibilidad para el sonido y el valor de las palabras, a lo que añadía un ojo muy certero para los lugares, las cosas, la gente y los chascarrillos (esa palabra pasada de moda parece la más adecuada en su caso), que tanto en el tono como en la oportunidad son casi siempre perfectos. ‘¿Le he hecho mucho daño en la cabeza?’, pregunta Philip Marlowe a una rubia en El sueño eterno, después de darle un culatazo. Y ella contesta: ‘Usted y todos los hombres que he conocido’. Es imposible transmitir en una sola cita el instinto casi perfecto de Chandler para el diálogo, que destaca en casi todos sus libros posteriores… Chandler sigue siendo un escritor excelente, un buen crítico de la obra que le gustaba, y un hombre sensible e inteligente. En una de esas cartas suyas que brillan por su ingenio, escribió su epitafio como escritor, con modestia excesiva pero con gran exactitud: ‘Aceptar una forma mediocre y convertirla en algo parecido a la literatura es en sí un éxito… Todo escritor decente que a veces pueda considerarse un artista debería quedar sumido en el olvido para que otro mejor que él pudiera ser recordado’. Lo mejor de la obra de Chandler no corre ningún riesgo de quedar sumido en el olvido”.

SOBRE ADIÓS, MUÑECA

Las vicisitudes de esta segunda novela de Raymond Chandler fueron extremas: la rehízo varias veces, además de que para escribirla “canibalizó” tres relatos publicados con anterioridad: “El hombre que amaba a los perros” (1936), “Busquen a la chica” (1937) y “El jade de mandarín (1937). Estos relatos también se publican ahora en la edición de DeBolsillo Contemporánea, con lo que es posible rastrear el complejo método de recreación que practicaba el novelista. Pero, además, le costó mucho encontrar el título exacto y luego tuvo dificultades para convencer a sus editores de que era el idóneo. “Un buen título tiene magia –sostenía Chandler—, y magia es a mi juicio el ingrediente más valioso de la literatura y el más raro”. Así, la segunda novela del autor, que empezaba a volverse famoso, fue publicada como Farewell, My Lovely (Adiós, muñeca) en agosto de 1940.

La reseña que más le gustó a Chandler fue publicada por el crítico Morton Thompson en el Hollywood Citizen-News. Frank MacShane reproduce en su libro una parte esencial de esa reseña:

“Estoy perfectamente dispuesto a arriesgar la reputación de crítico que puedo tener hoy y pueda tener mañana en el futuro literario de este autor. Chandler escribe con una asombrosa concentración en las tareas del artista. Trata de no perderse jamás un truco. Sus frases, todas ellas, muestran un esfuerzo intenso, un constante mejorar y pulir, una incesante actividad creadora. Su construcción es una paradoja de suavidad y brusquedad de técnica. Tiene buen gusto en el relato, en el drama y en la comedia. Emplea este sentido constantemente y relata su historia lo mejor que puede. Su libro, y él mismo, hacen honor a su profesión. Señor, hace mucho bien ver nuevamente honestidad, esfuerzo y buenos impulsos. No se veían desde hace meses”.

Bibliografía.

El vicariato culpable, W.H. Auden. Incluido en El carácter inglés. Ensayo formal en Inglaterra. Selección, traducción y prólogo de Federico Patán. UNAM. México, 2006.
El simple arte de matar, Raymond Chandler (http: //www librodot.com).
Cartas y escritos inéditos, Raymond Chandler. (Publicado originalmente en inglés como Raymond Chandler Speaking). Prólogo de Dorothy Gardner. Ediciones de la Flor. Buenos Aires, 1976.
La vida de Raymond Chandler, Frank MacShane. Editorial Bruguera. Barcelona, 1977.
Historia del relato policial, Julian Symons. Editorial Brugera. Barcelona, 1982.

Ariel Rosales

Postdata

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Veinticinco años después, la favorable fortuna permite una nueva edición de nuestra Antología de la literatura fantástica de 1940, enriquecida de textos de Agutagawa, de Blanco, de Léon Bloy, de Cortázar, de Elena Garro, de Murena, de Carlos Peralta, de Barry Perowne, de Wilcock. Aun relatos de Silvina Ocampo y de Bioy se nos deslizaron, pues entendimos que su inclusión ya no pecaba de impaciente. El editor se opone a la supresión del prólogo de la edición original y me pide que escriba otro. Dejaré que me persuada, redactaré siquiera una postdata, porque en aquel prólogo hay afirmaciones de las que siempre me he arrepentido. Para consolarme argumenté alguna vez que si un escritor vive bastante descubrirá en su obra una variada gama de yerros y que no resignarse a tal destino entrañaría soberbia intelectual. Trataré, sin embargo, de no desperdiciar la oportunidad de enmienda.

En el prólogo, para describir los relatos de Borges, encuentro una fórmula admirablemente adecuada a los más rápidos lugares comunes de la crítica. Sospecho que no faltan pruebas de su eficacia para estimular la deformación de la verdad. Lo deploro. En otro párrafo, llevado por el afán de análisis o por la voluntad de las frases, detenidamente señalo un presunto error en el relato de Kipling. Tal reparo, ni una palabra sobre méritos, configuran una opinión que no es la mía. Probablemente el párrafo en cuestión estaba maldito. No sólo ataco en él un cuento predilecto; también hallo el modo, a despecho del ritmo natural del lenguaje, que no tolera paréntesis tan largos, de agregar una referencia a Proust, no menos arbitraria que despreciativa. Me avengo a que mucho quede sin decir; no a decir lo que no pienso. Ocasionales irreverencias resultan saludables, pero ¿por qué dirigirlas entre lo que más admiramos? (Ahora creo recordar que hubo un momento en la juventud en que el sacrificio incomprensible me llenaba de orgullo.)

Lo que tan reiteradamente me arrojaba en el error acaso fuera un bien intencionado ardor sectario. Los compiladores de esta antología creíamos entonces que la novela, en nuestro país y en nuestra época, adolecía de una grave debilidad en la trama, porque los autores habían olvidado lo que podríamos llamar el propósito primordial de la profesión: contar cuentos. De este olvido surgían monstruos, novelas cuyo plan secreto consistía en un prolijo registro de tipos, leyendas, objetos representativos de cualquier folklore, o simplemente en el saqueo del diccionario de sinónimos, cuando no del Rebusco de voces castizas del P. Mir. Porque requeríamos contrincantes menos ridículos, acometimos contra las novelas psicológicas, a las que imputábamos deficiencia de rigor en la construcción: en ellas, alegábamos, el argumento se limita a una suma de episodios, equiparables a adjetivos o láminas, que sirven para definir a los personajes; la invención de tales episodios no reconoce otra norma que el antojo del novelista, ya que psicológicamente todo es posible y aun verosímil. Véase Yet each man kills the thing he loves, porque te quiero te aporreo, etcétera. Como panacea recomendábamos el cuento fantástico.

Desde luego, la novela psicológica no peligró por nuestros embustes: tiene la perduración asegurada, pues como un inagotable espejo refleja rostros diversos en los que el lector siempre se reconoce. Aun en los relatos fantásticos encontramos personajes en cuya realidad irresistiblemente creemos; nos atrae en ellos, como en la gente de carne y hueso, una sutil amalgama de elementos conocidos y de misterioso destino. ¿Quién no tropezó alguna tarde, en la Sociedad de Escritores o en el PEN Club, con el pobre Soames del inolvidable cuento de Max Beerbohm? Entre las mismas piezas que incluye la presente antología hay una, el curioso apólogo de Kafka, donde la descripción de caracteres, el delicado examen idiosincrásico de la heroína y de su pueblo, importa más que la circunstancia fantástica de que los personajes sean ratones. Con todo, porque son ratones—el autor nunca lo olvida— el admirable retrato resulta menos individual que genérico.

Tampoco peligra el cuento fantástico, por el desdén de quienes reclaman una literatura más grave, que traiga alguna respuesta a las perplejidades del hombre —no se detenga aquí mi pluma, estampe la prestigiosa palabra—: moderno. Difícilmente la respuesta significará una solución, que está fuera de alcance de novelistas y de cuentistas; insistirá más bien en comentarios, consideraciones, divagaciones, tal vez comparables al acto de rumiar, sobre el tema de actualidad: política y economía hoy, ayer o mañana la obsesión que corresponda. A un anhelo del hombre, menos obsesivo, más permanente a lo largo de la vida y de la historia, corresponde el cuento fantástico: al inmarcesible anhelo de oír cuentos; lo satisface mejor que ninguno, porque es el cuento de cuentos, el de las colecciones orientales y antiguas y, como decía Palmerín de Inglaterra, el fruto de oro de la imaginación.

Perdone el amable lector las efusiones personales. Estuvo siempre este libro —el primero en su género en que colaboramos con Borges— muy mezclado a nuestra vida. En la última parte de la frase hablo por fin en nombre de los tres antologistas.

Adolfo Bioy Casares
Fragmento del libro Antología de la literatura fantástica

MIS CONFUSIONES. Memorias desmemoriadas. Eduardo del Río, Rius.

RIUS

27 de mayo de 2014. Presentación en el Museo de la Ciudad de México.

He estado a la sombra de Rius durante 40 años, prácticamente la mitad de ese número de años que acaba de cumplir. Y “a la sombra” quiere decir que he sido su editor, primero en Editorial Posada y después en Grijalbo. Esta expresión de “a la sombra” nunca fue más cierta que en el presente caso, porque ser editor de los libros de Rius equivale a recibir unos originales perfectamente terminados, leerlos, divertirse, aprender y extasiarse con ellos, para luego pasar a la siguiente etapa que consiste, literalmente, en la publicación.

Pero, ¿acaso no interviene el editor en la elección del título a publicar? Por supuesto que sí. Se le hace la sugerencia del tema político del momento, o de un contenido de divulgación que pueda ser del interés de sus incontables lectores… y justamente cuando se le comunica con toda seriedad, el insigne autor pondrá cara de what y, si de plano no le dice a uno que no, simplemente alegará cualquier cosa para salir del paso. Pero unos días después mandará el nuevo libro en cuestión, que nada tendrá que ver con el título que, inocentemente, el editor pensó que Rius podría hacer.

Por eso digo que sus editores –porque hay varios que están tras sus huesos y a veces lo consiguen– nos limitamos a hacer “rounds de sombra” frente a su impávida mirada. Aun así me ostento como su editor más viejo, con un catálogo cercano a la ¡centena de títulos! Y en posesión de unas cifras estremecedoras: sólo La panza es primero habrá vendido 750 mil ejemplares. Y Filosofía para principiantes, otro de sus bestsellers, va en medio millón de ejemplares, bajita la mano.

Pero estoy aquí para hablar no de las cifras que puede proporcionar un editor, siempre confusas según los autores, sino para hablar de otro tipo de confusiones, las de Rius.

En primer lugar hay que decir que Mis confusiones. Memorias desmemoriadas es uno de los contadísimos libros del autor en que no dibuja ni hace collage o “recortaje”, sino sólo escribe. Entre ellos tengo presente un librito de viajes que publicamos en la legendaria Colección Duda Semanal de Editorial Posada: Qué tal la URSS, donde armado sólo con la máquina de escribir narraba sus peripecias como invitado especial a la extinta Unión Soviética. Creo que fue en estas páginas donde logré darle el golpe a su humor, sin necesidad de dibujos. Recuerdo que al bajar del avión, ya en Moscú, por la escalerilla que ponían para descender directamente a la pista, muriéndose del tremendo frío y casi sin ver por lo cerrado y oscuro del cielo, Rius reflexionaba con lucidez: “¡Uf qué tiempo…! ¡Ha de haber Norte en Veracruz!”.

Sin apoyo gráfico el humor de Rius no sólo hace reír, sino que desarma y conmueve. Y justamente esto es lo que encontramos a lo largo de estas desmemoriadas memorias, que se leen de corridito porque están escritas con ese estilo raudo y desembarazado que desarrolló y afinó en sus historietas ya clásicas y en la infinidad de libros que ha publicado.

Un estilo al servicio de un lenguaje llano y directo que se nutre del habla coloquial del México contemporáneo. Así, Rius empieza su autobiografía diciendo: “Como que se me hace difícil hablar (de mi padre)”. O bien define el humor como algo “que nos llega de las ondas etéreas, que sepa la chingada por dónde quedan…”. O al describir sus lecturas religiosas y edificantes nos dice: “Simplemente leer el Cantar de los Cantares lo pone a uno inquieto y cachondo”. O para aludir a la forma de ser y lucir de uno de sus tíos, escribe: “Medio machín mi tío y eso que era bastante feo el pobre”. Y por ahí encontraremos un auto escarnio en el más puro modo mexicano: “Fíjensen (…) qué clase de cucaracha soy”.

En fin, la lista de grandes aciertos idiomáticos de Rius el escritor podría ser interminable, por lo que esta breve enumeración sólo tiene la intención de invitar a conocerlos, aquí, acá y acullá dentro de esa prosa tan gozosa que ha sabido poner en movimiento a través del ingenio, la desmemoria y el relajo.

Acabo de decir “Rius el escritor”, denominación que desde el principio él niega vigorosamente. Pero allá por la página 369, en el capítulo que ha titulado “Más confusiones”, pretende convencernos de que su atrevido dicho es verdad, pero lo hace apoyado en un diálogo con su alter-ego y más bien le sale el tiro por la culata.

Antes de transcribir el diálogo argumentativo contra su identidad literaria, sólo quiero aclarar que el recurso del alter-ego –un personaje ideal que es él mismo–, Rius ya lo había utilizado en otro de sus libros, a mi modo de ver en el mejor de su serie sobre Jesús y el cristianismo, que inició hace muchísimos años.

El libro en cuestión tiene por título ¿Sería católico Jesucristo?, publicado en 2010, hace sólo cuatro años. Ahí trata de demostrar que la iglesia católica prácticamente no tiene nada que ver con el Jesucristo real; pero más allá de la argumentación, que por cierto resulta contundente por bien articulada y sólidamente documentada, lo que nos importa aquí recordar es la forma en que está concebido el libro. En su presentación aclaratoria, el maestro escribe:

“Diálogo intemporal y algo sarcástico entre el señor Jesús de Nazaré, también denominado como El Mesías, Jesucristo o El Señor y el autor que se identifica con su credencial de lector como Eduardo del Río…o Rius”.

Citado este antecedente sobre el Rius-personaje de sus propios libros, procedo a transcribir otro pasaje, pero ahora de Mis confusiones:

“(….) en honor a la verdad, si he escrito libros, pero en mi fuero interno –que no sé dónde se ubica– yo sigo considerándome más humorista gráfico que escritor.

“—Caraxo don Rius (habla el alter ego): si ha escrito como cinco libros, a fuerza tenemos que considerarlo escritor, aunque lo niegue… no hay de otra…

“—Bueno (replica el verdadero Rius), me declaro incompetente para llevar a cabo un juicio de ese tamaño: soy escritor, pero malo y punto”.

Pero al siguiente párrafo parece arrepentirse de tan imperativo “y punto”, porque, dubitativo, nos relata la siguiente anécdota:

“Quizás en este aspecto Abel Quezada tenía razón. Un día que estábamos platicando sabrosamente en su casa de Cuernavaca, me dijo algo que (yo) no había considerado. Va la transcripción más o menos fiel de sus palabras: ‘…mira, tu empezaste haciendo humor mudo, humor sin palabras en el Ja-Já, ¿no? Pasaste luego al cartón editorial, donde ya ponías algo de texto. Luego le entraste a la tira cómica, donde hacías diálogos con personajes, y en seguidita brincaste a la historieta, donde se requieren ya más textos y diálogos. Y de ahí diste un gran salto a los libros, que llevan mucho más texto que dibujos. ¡A este paso te apuesto que vas acabar escribiendo novelas!’”.

Al comentar el pasaje anterior, el autobiografista anota que Quezada se moriría de risa si supiera que “ya casi no dibujo y estoy haciendo más letras que monos”. Pero también aventura otra hipótesis:

“…dicen que el que lee mucho, tarde o temprano acaba escribiendo… (Que es lo que me está pasando ahora)”.

Así pues, como decía al empezar estas citas, al maestro Rius se le revierte el argumento de que él no es escritor, pues a pesar suyo sí que lo es… y de qué manera. Como se trata de un lector consumado (ya verán las largas listas que se avienta de sus libros y escritores favoritos), posee gran sentido del ritmo narrativo y, como ya vimos, al mismo tiempo ha sabido decantar un original estilo y un lenguaje oportuno, afincados ambos en la realidad mexicana.

Pero Mis confusiones es muchísimo más que eso. Como lo describe el propio Rius es “un libro más bien viendo para adentro que para afuera”, al grado que leemos varios capítulos acerca de lo que él llama “mi vida sentimental y coqueta”. E igualmente aquí tenemos concentrados los temas más apreciados por el caricaturista, descreído, izquierdista, lector, melómano, cinéfilo, vegetariano, etcétera, etcétera, temas que en el caso de estas desmemorias giran en torno a un solo gran personaje: él mismo.

Sin embargo, para mí el gran tema de este libro es el México que ve Rius, este mismo México que le ha tocado padecer y gozar hasta dónde ha podido, este país que él ha intentado modificar con las armas más inofensivas y probablemente más ineficaces que existen para cambiar conciencias: su trabajo creativo, su inconmensurable labor en cientos de miles y miles de páginas dibujadas, recortadas y pegadas, escritas y transcritas. Por supuesto que hizo que muchos de sus lectores pensaran distinto que las grandes masas que sólo ven televisión; y la prueba más fehaciente de que en cierta medida logró influir en muchos son todos los asistentes a este homenaje que hacemos por la aparición de sus memorias y por su cumpleaños número 80.

Seguramente todos lo que estamos aquí declararemos, con orgullo, que “somos minoría”. Y sí, es cierto. Pero entonces resulta que estamos más que conectados con el maestro, lo cual podremos reconfirmar, absortos, a través de las 464 páginas de este libro riquísimo y enriquecedor.

Rius escribe al respecto: “(…) sin darme cuenta cabal del asunto, toda mi vida he formado parte de las minorías”.

No sólo es caricaturista, minoría, sino también ateo y descreído, minoría; vota por la izquierda, minoría, es filatelista, minoría, y a la cual no tiene empacho en calificar de “ridícula”. Es lector, minoría. Y para acabarla de amolar, nos dice: “Formo parte de esa minoría de mexicanos que no tienen teléfono celular (lo que me garantiza por lo menos que no me va a entrar cáncer por las orejas)” Y tampoco toma refrescos, es vegetariano y naturista, minorías.

Así que podemos identificarnos con nuestro autor ampliamente, cuando declara:

“(…) desde que tengo uso de razón (como a los 17 años), he militado en el minoritario Club de los Salmones que nadan contra la corriente (y en sentido contrario), y sin rezarle además a la Corte Celestial ni a las vírgenes… Vivir en las minorías que, como decía el buen Monsi, han nacido para perder todos los partidos… Nacimos para perder, pero no el tiempo. Y eso es ganancia…”

De los mil y un temas de toda su vida que ustedes podrán leer y releer desde distintos puntos de vista, y que no voy a enlistar para no cansarlos más, me quedo con “El México Particular” de Rius, título del último capítulo de Mis confusiones y también de un libro que Rius ha querido hacer, “desde hace un chingo de años” como él mismo confiesa, y que lo más probable es que nunca dibuje.

En ese libro, explica, “presentaría una historia supergráfica de México, nada más a base de cartones. Sin textos explicativos, excepto con las fechas más significativas de nuestra historia. Por ejemplo, ‘El grito de la Independencia’ y un cartón alusivo; ‘La Decena Trágica’ y su cartón; ‘El Abrazo de Acatempan’ y su cartón. Y así por el estilo, partiendo de la caída de la gran Tenochtitlán hasta la compra de la presidencia por Televisa y su empleado Peña Nieto (…) Serían 100 cartones, que a estas alturas del partido me cuestan más trabajo que cuando tenía 30 años. O 60, cuando todavía me daba risa hacerlos”.

Hasta aquí Rius, pero ahora vuelve aparecer su impertinente alter ego, quien le pregunta:

“—¡Y qué piensa de México al llegar a los 80 años, don Rius?
“—Usted siempre me las pone muy difíciles, mi buen (contesta el escritor). Pero le voy a decir para que no se quede con la duda, que, para no estar sufriendo innecesarias depresiones, he acabado por llegar a la conclusión de que ESTE POBRE PAÍS YA NO TIENE REMEDIO.”

Y a continuación enumera toda la problemática, los pendientes de este país que sólo tienen 500 años –Nuestra tragedia persistente, de la que habla Lorenzo Meyer–, con el tema de la dominación de los pueblos indígenas en primerísimo lugar… y todo lo demás que ya sabemos, pero que Rius nos lo vuelve a recordar con rabia y amargura.

Y en medio de nosotros –termina su letanía sobre los males de la nación–, la corrupción como un Dios.

Hay en sus palabras desesperanza, sí, ante tal caudal de problemas: “¿Por dónde empezamos a tratar de cambiar a este país, díganme ustedes?”, nos pregunta. Y sólo vislumbra una solución: “Necesitamos otra clase de gobernantes. Otro sistema de gobierno, otro tipo de sociedad. Nada más (y nada menos)”.

Y al final parece que alberga cierto vislumbre de que la situación podría remediarse; pero entonces viene lo mejor, su certera confesión:

“Porque, y no es por presumir, pero yo ya hice toda la lucha que me tocaba para tratar de que las cosas mejoren en esta especie de país llamado México. No voy a parar de hacerlo, marxista-masoquista que soy y he sido, y no tiro la toalla. Mejor la agarro y me limpio las manos como Herodes (¿o Pilatos?, ya estoy confundido), y me concreto a despedirme deseándoles lo mejor para sus apreciables y distinguidas familias, madrecitas incluidas.

“Ahí les encargo mi México Particular esperando se mejore con la ayuda de todos ustedes. Atentamente: Eduardo del Río García)”.

Como que ya no hay más que agregar, sino sólo desearle feliz cumpleaños, cantarle las mañanitas y, sólo yo como su editor devoto y ustedes como sus incondicionales, esperar que los aires de Oaxaca sí que lo conviertan en el novelista que profetizaba Abel Quezada y que, le aseguramos, todos nosotros leeríamos con entusiasmo.

Muchas gracias, Rius.

Ariel Rosales