LA CONJURA FEBRERO

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De ese instante que precede al ataque

dostoievski 1
Publicado originalmente en Puras Letras.

La verdad es que sólo de pensar en escribir aquí nuevamente me tiemblan las manos. La escritura, como todas las artes, va pudriéndose si no se le alimenta. Más aún: es tan difícil, tan compleja, tan indomable, que en muy pocos casos puede decirse que uno sabe escribir. Luego entonces, interrumpir el flujo de la escritura implica un haraquiri en este proceso de aprendizaje. Aunque me avergüenza profundamente descuidar este rincón, también he de reconocer que a lo que verdaderamente aspiro es a saber leer… con mucho más ahínco de lo que me interesa dominar el imposible arte de la escritura.
Habiendo dicho esto, a lo que nos truje…

Existe un género en la literatura que a mí me trastorna de lo muchísimo que me gusta, que me atrapa, que me intriga. Este género, cuyo nombre desconozco (si es que existe), es aquel donde se intersecan medicina y literatura. Hace algunos meses, el suplemento Cafeína del Reforma estuvo dedicado justo a esas mentes brillantes que se han dedicado a cultivar “La medicina y la literatura”. No lo tengo a la mano, así que no recuerdo todos los nombres que desfilaban por esas páginas. Los nombres que retuve, porque tengo el honor de conocerlos (personalmente a los dos primeros, a través de su literatura al tercero y al cuarto), son el de Jesús Ramírez-Bermúdez, el de Arnoldo Kraus, el de Cristóbal Pera y el del gran maestro de maestros, aquel que se ha coronado como el rey del género en cuestión: Oliver Sacks. Sacks es un neurólogo inglés radicado en Nueva York, que ejerce como profesor, escritor y médico, y que es gran cultivador de las “anécdotas clínicas”. En Anagrama podemos encontrar bellas ediciones de su obra fundamental: Los ojos de la mente, Musicofilia, Despertares, Veo una voz, El tío Tungsteno, La isla de los ciegos al color, Con una sola pierna, Migraña, Un antropólogo en Marte y, finalmente, el libro que aquí nos ocupa: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Las anécdotas clínicas, como nos imaginamos, no hacen sino retratar el lado humano de aquellos a quienes aqueja una enfermedad (en este caso, neurológica). Oliver Sacks, con profundo respeto y amor por sus pacientes, nos adentra en la crudeza del mundo de aquel que ha sido privado de las facultades más elementales y que a su vez compensa el déficit (involuntariamente, claro está) a través de dones fuera de este mundo. Uno de los hilos conductores detrás de todos los casos que nos ofrece el autor es precisamente la incapacidad de la ciencia para explicar los prodigios detrás de una mente que, a la vez que atrofiada, es capaz de los portentos más impresionantes. El lenguaje del autor es asequible para todo público; las referencias clínicas son sólo las indispensables: en ningún momento queda el lector neófito fuera de la jugada.

Como mucho se ha escrito ya sobre Oliver Sacks, quiero sólo concentrarme en una anécdota que me ha impactado profundamente: el instante de felicidad que precede los ataques epilépticos. Cuando leí los casos de aquellos que padecen epilepsia, quienes suelen ahondar en este fugaz frenesí, quedé profundamente impactada. El caso, además, cobra especial notoriedad cuando resulta ser que el gran Fiódor Dostoievski le atribuía su (escasa) felicidad (y su genialidad, valga decirlo) a estos instantes que preceden el ataque:

“Todos ustedes, los individuos sanos, no pueden imaginar la felicidad que sentimos los epilépticos durante el segundo que precede al ataque… No sé si esta felicidad dura segundos, horas o meses, pero créanme, no lo cambiaría por todos los gozos que pueda aportar la vida.”

Dostoievski se refiere a este “arrebato extático” como un clímax a cambio del cual merece la pena dar la vida:

“Hay momentos, y es sólo cuestión de cinco o seis segundos, en que sientes la presencia de la armonía eterna. Es una cosa terrible la claridad aterradora con que se manifiesta y el arrebato extático que te invade. Si este estado durase más de cinco segundos, el alma no podría soportarlo y tendría que desaparecer. Durante esos cinco segundos yo vivo una existencia humana completa y por eso podría dar mi vida entera sin pensar que estuviese pagando demasiado…”

No hay palabras para describir las palabras de Dostoievski. Me sabe mal, incluso, que líneas del gran maestro ruso se combinen con las mías (¡cómo me atrevo!), pero no hay forma de trasladarles el mensaje sino citándolo textualmente.

¿Qué nos depara a todos aquellos que nos deleitamos con la lectura de un buen libro, con la cercanía de los seres amados o con el mejor de los orgasmos, si somos incapaces de experimentar esta “armonía eterna” de la que habla Dostoievski y gracias a la cual, en gran medida, pudo componer sus monumentos literarios, sus radiografías del alma humana? ¿Será, acaso, que las mentes atormentadas son las únicas que tienen acceso al paraíso auténtico (aquel tangible en vida, que puede sentirse sin necesidad de cruzar el umbral que nos separa de la muerte? ¿Será que este paréntesis de luz es la compensación para una vida siempre expuesta a los asaltos de una enfermedad tan severa como la epilepsia?

Yo tengo mucho que agradecerle a grandes como Oliver Sacks, como Jesús Ramírez-Bermúdez, como Dostoievsky. A través de estas anécdotas clínicas trato de entender la mente atormentada de un padre amoroso, lleno, brillante, que dijo adiós antes de tiempo. No sé si papá era consciente de que no era enteramente dueño de sus decisiones, de sus miedos, de sus deseos. Yo sí lo sé y a muchos años de extrañarlo sigo pensando que para mí, el sosiego está en la literatura. En la literatura de este tipo: tan sentida, tan humana, tan implacable, tan llena de pistas. Yo no puedo sino agradecerles a estos médicos que amen la literatura quizás tanto como aman su profesión, y que aterricen su día a día en páginas que para mí son como agua de mayo. Tengo mucho, también, que agradecerle a Dostoievski. No sólo por la obviedad de su legado literario y sus frescos sobre la naturaleza del alma humana. A raíz de la lectura de Oliver Sacks y a este par de citas que hasta acá han llegado, he podido ir más allá en la existencia de un genio que se debía, enormemente, a estos instantes que se antojan irresistibles. Fuera de este mundo.
 

Wendolín Perla

Linaje de malditos: una invitación

mariocampana
Aunque se trata de un tópico “vendedor”, permítanme empezar así: Linaje de malditos es una obra apasionante. De verdad, hagan como si esta última palabra aún pudiera usarse con sentido. El elenco que presenta Mario Campaña en este libro no me dejará mentir: el Marqués de Sade, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, el conde de Lautréamont, Arthur Rimbaud, Antonin Artaud, William Burroughs, Charles Bukowski, Jim Morrison y Leopoldo María Panero.

La hipótesis inicial demarca los límites de la legendaria tierra de los malditos: “Ni el sufrimiento, ni la locura, ni el libertinaje, ni el alcohol, ni las drogas, ni la transgresión, ni la intransigencia social, ni la automarginación, ni la tortura definen a un artista maldito. Pueden convertirlos, como a cualquier persona, en un mártir, un disoluto, un enfermo o un revolucionario, pero no en un maldito. Es el reconocimiento de la realidad del mal, y el hecho de tomar dicho reconocimiento como eje de su obra, lo que hace de él un maldito”.

A partir de ese criterio —la cara noción del mal—, Mario Campaña narra las historias y explora las obras de todos esos genios creadores que transformaron el exceso de la vida en una obra inmortal. Así, con una prosa desenfada y decenas de anécdotas excepcionales, el autor nos guía a través de un escarpado camino por el que se pretende escapar a “los asfixiantes límites impuestos por la razón”.

Debe destacarse el ensayo dedicado al delirante Leopoldo María Panero, tal vez el menos estudiado de esta nómina maldita y el único perteneciente al mundo hispanoamericano. Resultado de una elección caprichosa, o no, Mario Campaña reivindica la impertinencia y brillantez de ese poeta que en “otro tiempo hizo hablar y callar a la vez a toda la España culta”. Al considerar la “vocación satánica” del autor de Poemas del manicomio de Mondragón, se cita un “himno” que puede representar la invitación definitiva para abrir Linaje de malditos o para dejarlo guardado en el librero:
 

te amo
[…] sueño
sin ángeles ni mujeres
desnudo de todo
salvo de tu nombre
de tus besos en mi ano
y tus caricias en mi cabeza calva
rociaremos con vino, orina y sangre
las iglesias
[…] y debajo del crucifijo
aullaremos

 

Enrique Calderón

Cuando el amor naufraga

libro
Cuando el amor naufraga, los libros salen a flote. Dos movimientos completamente encontrados: la lectura eleva, el amor hunde. Nos hallamos en ese lugar donde las palabras nos acompañan y nos hieren: un poema de Neruda exalta y otro de Ted Hughes nos arrastra hasta el fondo de la nada. La desolación no tiene límites y la esperanza no termina de extinguirse, late interminablemente, a contracorriente. Como cuando uno lee Ciudades desiertas.

Es desde el cuarto propio que entonces podemos reconstruir las palabras veladas de la desolación, de la pérdida. Si tenemos a Alejandra Pizarnik en nuestras manos, entendemos que en la lectura del naufragio la existencia busca un depositario que no es el amor, que no es el amado: es el lenguaje. Y cuando el lenguaje comienza a recomponerse en figuras, en posibilidades, la lectura abre nuevamente la puerta: Jane Austen nos hace sonreír; Alejandro Reyes nos da la mano; Malzieu, la magia. Y quizá, volvemos a creer en el amor.

Escribió Joaquín Sabina que “lo atroz de la pasión es cuando pasa”. Que la caída de la ruptura es más precipitada que la adrenalina de la cuesta arriba. ¿Soy yo, o es verdad que el amor parece pesar más en la poesía que en la prosa? Será que la poesía es desgarrarnos y la prosa es catarsis. Y a pesar de todo, más allá de Neruda y de Paz, sobre Jane Austen y sobre Flaubert, por encima de Albert Cohen y de Thomas Mann, retumba por siempre en los lectores la conmovedora historia de aquel conde que se resiste a morir sino hasta poseer nuevamente a su amada, para fundirse en un abrazo infinito y trasladarse en su sempiterna compañía. El amor eterno es una quimera, pero es verdad que la literatura nos ha mostrado, en repetidas ocasiones, que hemos de preferir la muerte a una vida desposeída de los arrebatos del amor.

En definitiva, el amor es lenguaje desbordante y desbordado. Pura exuberancia. Pura hipérbole. Exceso de vida y vida en el exceso. Goce de la palabra. Tal como lo explicaba Roland Barthes en sus famosos Fragmentos: “El lenguaje es una piel. Yo froto mi lenguaje contra el otro. Mi lenguaje tiembla de deseo […] envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio […] Hablar amorosamente es desvivirse sin término; es practicar una relación sin orgasmo”. Y de qué hablamos cuando hablamos de amor… Un fantasma sutil, un gesto. Balbuceos. Cigarrillos. Consumación. Fuga y destrucción.

El choque de las olas.
Drácula, Bram Stoker
Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Pablo Neruda
Cartas de cumpleaños, Ted Hughes
Ciudades desiertas, José Agustín
Mi vida querida, Alice Munro
Poesía completa, Alejandra Pizarnik
Un cuarto propio, Virginia Woolf
Orgullo y prejuicio, Jane Austen
La reina del cine Roma, Alejandro Reyes
El beso más pequeño, Mathias Malzieu

Andrés Ramírez, Fernanda Álvarez, Wendolín Perla y Enrique Calderón