CONJURA AGOSTO

leyendoacontracorriente

De la manía como una estética

rosabeltran

Si, como dice la Odisea, es cierto que el fin de las penalidades humanas es convertirse en libro, no es menos cierto que el proceso de elaboración de un libro carga con sus propias penalidades a cuestas. A fin de remontarlas en todo o en parte, hay pactos secretos, ritos de iniciación que median entre autor y libro. Algunos son tan conocidos que corren el riesgo de no ser vistos más que como una excentricidad, lo que constituye un grave error, a mi juicio. Pensar que esa sutil ceremonia es un acto decorativo que forma parte de nuestro anecdotario libresco es obviar el lugar que ocupan la forma y la función del método en la construcción de una obra. Veamos algunos ejemplos:

En la primera escena (o primer escenario, como se dice hoy) están, digamos, los demasiado limpios: Thomas Mann en su estudio, rodeado de enormes palanganas, se enjuaga las manos en agua de violetas, continuamente. Schiller escribe el Canto a la alegría y otros poemas mientras mantiene los pies en un recipiente con hielo. Y en su inmersión matutina, Borges medita en la bañera para decidir si lo que ha soñado le servirá o no para una historia o un poema. Aparte del hecho de que según estos autores el ritual fuera imprescindible durante la escritura, lo sorprendente del caso es que el “higienismo” se vea reflejado en distintos aspectos de sus obras. No es gratuito, por tanto, que la crítica se refiera a ellas con expresiones como “impecables” “intachables”, “límpidas”, “prosa que brilla”, etcétera.

El segundo escenario está conformado por aquellos autores cuyos ritos de iniciación son, en cierta forma, opuestos: Cioran en un cuarto por días enteros, aislado de los afectos, insomne, escribiendo para no escribir. Clarice Lispector, rodeada de gatos en medio de un caos doméstico. Kafka a oscuras o en penumbra, escribiendo sólo con tinta azul o morada. Y el más interesante en este rubro: San Juan de la Cruz escribiendo su Cántico espiritual en una letrina. Son autores que según la crítica tienden hacia lo oscuro y lo denso.

Hay obras demenciales que exigieron un proceso de construcción idéntico. Obras, por así decirlo, que fueron contra los hábitos de su autor, que no pudieron o no quisieron habituarse al silencio y la paz monásticos que su creador les exigía. Es el caso de Miguel Delibes, que se cambió a un estudio tranquilo y sin ruido y no pudo concentrarse y seguir escribiendo Los santos inocentes.

Ciertos rituales se efectúan como una recomendación, en momentos específicos. Sergio Pitol, en una etapa de bloqueo, acudió a una terapia de hipnosis. El terapeuta le dio un casette y recomendó poner la grabación en la planta baja de su casa mientras él, sin escuchar una sola nota o palabra de ésta, debía sentarse a escribir en el primer piso. Pitol nunca oyó el contenido de la grabación, sin embargo, siguió al pie de la letra el ritual, con magníficos resultados; es de ahí de donde viene el efecto hipnótico de su prosa.

Hay, por último, rituales que se efectuaron una sola vez y uno no sabe qué hacer de ellos: Carmen Martín Gaite, que escribía a mano, murió abrazada a sus cuadernos. La impresión brutal, conmovedora, se acentúa por el aspecto manual, es decir, corpóreo del gesto: no surtiría el mismo efecto si hubiera muerto abrazada a una computadora. De hecho, esto es impensable como gesto. Lo cual encierra un enigma.

Que la superstición es la enfermedad endémica de los escritores, no cabe duda. Flaubert escribía sólo en albornoz y pantuflas. Hemingway, sólo de pie y sólo con lápices cuya punta hubiera afilado él mismo. Hubo quien escribía sólo después de desayunar filete en salsa Wellington, a media noche; o quien asentó su vida en siete tomos sin levantarse de la cama. Todos ellos aplicaron su rito de superstición para escribir obras maestras… y las escribieron. Y esta es la parte que me intriga: ¿qué es lo que el ritual hace posible, aparte de la obra misma?

Cualquiera que sea el ritual es obvio que entraña algo más que un acto maniaco o supersticioso; menos aún, falto de sentido. El ritual es la maquinaria que exorcisa el terror (ese pánico a lo desconocido al que algunos llaman “página en blanco”) y echa a andar la escritura porque cede la responsabilidad a alguien más: una acción reiterada, un objeto preciso. Muy probablemente a esa otra “persona” que se ocupa de nosotros durante el acto de la escritura. Porque para empezar a escribir siempre es más fácil decir: “mi albornoz soy yo”… en tanto Madame Bovary no exista. Pero puede ser que el ritual sirva para algo más. Y que sea ese algo lo que en realidad tememos, se escriba o no se escriba. Detrás de la superstición hay un culto devocional por la palabra de la que, se piensa, conjura realidades vivas.

Muchos escritores auguraron en sus personajes su muerte o su locura. El caso de las mujeres es de una precisión que asusta.

Esta superstición me llevó a hacer algunas pesquisas. Abandoné el proyecto con horror cuando descubrí que no había autor que se salvara. Quienes habían escrito sobre su muerte, así fuera en broma o de forma sesgada, la habían experimentado casi de manera textual. Aún Jorge Ibargüengoitia había tenido un vislumbre y lo había escrito. Su artículo “Botiquín de viaje” consiste en un estudio del llenado del botiquín y la relación que tiene con las creencias de quien lo efectúa. Textualmente dice, refiriéndose al suyo: “el contenido de la bolsita ha ido cambiando con el tiempo. El primer cambio ocurrió cuando me di cuenta de que la gasa y la tela adhesiva no me iban a servir de nada en caso de que se cayera el avión”.

¿Cómo no creer entonces en la fuerza del ritual y en su inutilidad al mismo tiempo?

Tuve una tía que se tenía prohibido decir ciertas palabras porque suponía que de hacerlo ocasionaría catástrofes. Evitaba decir “culebra”, “serpiente” o “víbora” y para aludir a ese reptil hacía una seña ondulatoria con la mano. Tampoco decía la palabra “Dios” porque juzgaba, como los musulmanes con la representación de la figura humana, que llamar por su nombre al Ser Supremo era un acto de soberbia. Ni “diablo”, pues temía que la enunciación se le fuera a volver visita. Con los años, mi tía fue aumentando el espectro de las palabras prohibidas. Se volvió dificilísimo hablar con ella porque sus charlas (si así podía llamarse al ritual de dengues y alusiones elípticas) más que una forma original de comunicación, eran materia para especialistas en siquiatría.

El precepto católico “no consentirás los malos pensamientos” palidece junto al legado de mi tía. De ella (y de elaboraciones futuras) me viene el creer que el pensamiento convoca desastres, pero la palabra sin duda los desata. Por eso el ritual, para mí, es un problema mayúsculo. Llevarlo a cabo me salva a corto plazo, pero sé que a la larga me condena. Escribo. Y como el que escribe no puede aspirar a menos que hacerlo como Flaubert, Woolf o Kafka no le queda más remedio que obedecer a su ritual secreto y poner manos a la tinta. El dilema es cómo hacerlo sin acabar ingiriendo veneno, arrojándose al mar o volviéndose escarabajo o, peor aún, sin terminar los días tranquilo y contento, convertido en escritor de planta del Reader’s Digest que como sabemos, sólo admite textos con final feliz.

Rosa Beltrán

Digitalizados y apantallados

RogerBartra

Conferencia inaugural, III simposio del libro electrónico, México, 10 septiembre 2013

I.
Ya es tradición, en las reuniones sobre los libros en México, comenzar citando las cifras aterradoras y alarmantes sobre la lectura. Seguiré con la costumbre, pero solamente como un acto ritual para pasar a otros temas. Son altísimos los porcentajes de gente que afirma que no ha leído ningún libro el año anterior. Las encuestas revelan que posiblemente el 95% de la población adulta está formada por personas que no leen o que son lectores ocasionales. Y, ciertamente, la proporción de gente que en México no lee nunca o casi nunca es mucho más alta que en los países europeos. Un excelente análisis de la lectura en México, hecho por el sociólogo Fernando Escalante Gonzalbo, llega a la conclusión de que en México hay solamente alrededor de medio millón de lectores habituales(1). Contrastada con el conjunto de la población, se trata de una minoría insignificante, por lo que Escalante concluye que los libros no tienen “casi ningún peso como forma de comunicación en el espacio público”. Sin embargo, hay que reconocer que, como muestra Escalante, una parte considerable de la población de cualquier sociedad en el mundo ni lee, ni quiere leer ni piensa que sea importante la lectura. La lectura de libros y artículos es, pues, un fenómeno relativamente minoritario y elitista. Y no obstante la lectura se ubica en el centro de la cultura moderna, pues gracias a ella se forman los cuadros indispensables que hacen funcionar a las instituciones, desde la política hasta la ciencia, la administración y las finanzas, las comunicaciones, los hospitales y los consultorios, la construcción de edificios y máquinas, y la fabricación de toda clase de bienes. Estamos ante una situación paradójica: la mayor parte de la población carece del hábito de la lectura, pero vive inmersa en una sociedad que simplemente no podría funcionar y se extinguiría sin ella.

Pero hay un segmento social que está inmerso en la lectura y que está tan acostumbrado a leer libros, diarios, revistas, y a consultar enormes bibliotecas, gigantescas bases de datos y depósitos inmensos de información a los que se accede por internet, que no siempre se detiene a pensar que se trata de memorias artificiales que funcionan como prótesis para apoyar y expandir las limitaciones de nuestra capacidad natural de almacenar información dentro de la cabeza. Se trata de memorias artificiales, redes que continúan hacia afuera las redes neuronales de los humanos. Estos circuitos externos de la memoria incluyen toda clase de textos que es posible leer: impresos,
registros (civiles, bautismales, catastrales, etc.), archivos documentales, mapas, tablas, calendarios, agendas, cronologías y las ya mencionadas bibliotecas, bases de datos e internet. La complejidad de estas prótesis que atesoran la memoria colectiva es avasalladora. Conviene que nos remontemos a sus humildes orígenes para buscar algunas de las claves de su funcionamiento.

En épocas antiguas, aunque ya se conocía la escritura, se dependía mucho de la oratoria y de la transmisión oral de conocimientos. Todo cuanto querían decir los griegos en un discurso tenían que recordarlo, y para ello acudían a la mnemónica, un conjunto de artificios que ayudaban a ampliar las capacidades naturales de la memoria. Platón veía en la escritura una amenaza para las habilidades memoriosas del alma. En el Fedro se refiere al mito del descubridor de la escritura, el dios Toth, que estaba orgulloso de que la escritura volvería a los egipcios más memoriosos. Presenta a la escritura como el “remedio para la memoria y la sabiduría”. Cuando Toth expone su descubrimiento a Thamos, rey de Egipto que vivía en Tebas, éste le dijo que, por el contrario, “la escritura producirá el olvido en las almas de los que la aprendieren, por descuidar la memoria, ya que confiados en lo escrito, producido por caracteres externos que no son parte de ellos mismos, descuidarán el uso de la memoria que tienen adentro. No has inventado, pues, un remedio para la memoria, sino uno para la reminiscencia”. Para evitar esta falsa sabiduría se podía acudir, acaso, al arte de la memoria, la mnemotecnia, cuya invención se atribuía al poeta Simónides del siglo VI a.C. El cultivo de la memoria artificial también se apoyaba en recursos externos, pero su objetivo era fijar los recuerdos en la memoria interior en lugar de almacenarlos en textos escritos. De esta manera el orador podía dar largos discursos o recitales sin necesidad de leer notas escritas.

La idea platónica de que la lectura y la escritura encierran un peligro es algo que todavía está presente en nuestra cultura moderna, aunque por supuesto adquiere nuevas formas. Es interesante comprobar que los avances que amplían a cada paso nuestra capacidad cerebral son objeto de sospecha e incluso de menosprecio. El cerebro humano se encuentra enlazado irremediablemente a una red simbólica y cultural sin la cual es incapaz de funcionar normalmente. A esta red yo la he definido como un exocerebro. Se trata de un conjunto de prótesis que realizan externamente lo que el cerebro por sí solo no puede realizar. El habla es sin duda la parte más evidente del exocerebro. Pero también forman parte de estas redes externas las formas simbólicas no discursivas, como el arte, la música y la danza, así como los mecanismos externos que amplían la memoria, como la escritura.

(1) Fernando Escalante Gonzalbo, A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública, México, 2007.

Roger Bartra

Una sensación en el aire

jclementCONJURA

(…) pues el mar de John Cage borró la
distinción entre arte y vida. En ese espacio fluido
se procedió a la disolución de la dualidad, de la
intencionalidad que a menudo guían el gusto, la memoria
y la emoción.
Carmen Pardo Salgado, En el mar de John Cage

Jennifer Clement ha sido en mi vida literaria un gran descubrimiento. Las dos novelas a las que me he acercado me han dejado sensaciones muy distintas, pero hay algo en su estilo que me ha envuelto como crisálida del lenguaje. Cómo decirlo: ambas ocasiones fueron como si, una vez acabada mi lectura, siguiera yo sin tocar piso (flotando). Es como si al haber terminado esas dos obras yo estuviera fuera de mí y necesitara un par de horas más para volver (cayendo dócilmente).

Primero les hablaré de Una historia verdadera basada en mentiras. Su lectura se tradujo en viento, en silbidos. Sería fatídico hablar de los murmullos rulfianos, porque en este caso era otra especie de siseo: sutil, como de flauta transversal u oboe. Una lectura que me levantó de mi sitio y me permitió volar: como si viera las escenas desde arriba. Sus personajes femeninos son como susurros donde su voz no encuentra tierra, pero aire. Una historia dolorosa de silencios, de pérdidas, de lenguaje.

Y es que Jennifer también es poeta. Y en su lectura uno no puede dejar de sentir las palabras y ver las imágenes con nitidez: uno se convierte en testigo de las emociones.

La siguiente, Ladydi, me regaló, además de la plasticidad de la escritura, un personaje absolutamente entrañable: la madre. Y hacía tiempo que no me topaba con esos protagonistas que te marcan en sus páginas. La última que me había conquistado de esa manera había sido la abuela de la novela de Dostoievski, El jugador. Y es que la madre de Ladydi tiene la fuerza del desengaño y el cinismo, la inocencia y –a pesar de todo– la esperanza. Y a diferencia de la novela anterior, en ésta la brisa sí es más cercana a Comala. La canícula permanente. Tal vez porque el ambiente es rural y la dureza de la tierra y de las circunstancias es inevitable. Te resecan la piel y te arrugas. Te haces mayor así como crecen esas mujeres que luchan por sobrevivir en la misma soledad, el mismo silencio, pero con mayor violencia. O digamos: otro tipo de violencia. En este caso, no es la violencia de clase: es la del narco.

Entonces la musicalidad, el arte y la vida, en Jennifer Clement, no sólo es acuática, como decía Cage: es aérea.

Fernanda Álvarez

Menos bla-bla y más bang-bang

hilarioconjura

Decidí que jamás firmaría con mi seudónimo favorito una novela acerca de escritores. El sello “Hilario Peña” sería exclusivo para novelas protagonizadas por detectives privados, comisarios, piratas, caballeros andantes y boxeadores. Sin embargo, la tentación de hacer un comentario acerca del gremio al que uno pertenece siempre es demasiada, a pesar de saber que a mis lectores nada les importa menos que las aventuras de un novelista y la relación de éste con sus colegas o con su editor. Es por ello que Juan Tres Dieciséis, mi primer libro acerca de literatos, está hecho en forma de novela detectivesca.

¿Que cómo lo hice? No, no puse a un montón de poetas a perseguirse por toda Latinoamérica. Eso es justamente lo que no quería hacer. Lo que sí hice fue que escribí una historia de escritores mafiosos que sueñan con el reconocimiento internacional, coloqué un asesinato por resolver, metí a mi detective de cabecera, quité a todos los escritores mafiosos y los reemplacé por boxeadores ídem.

Se me ocurrió hacer de la historia una especie de carta de amor al boxeo cuyo corazón fuera un motor que bombeara nitro: expresarme artísticamente por medio de la acción, transmitir emociones, que mis personajes fueran conocidos por sus actos, en lugar de usar sus bocas para “tirar netas”.

Un elemento que está presente en todos mis libros, además de un asesinato enigmático y la investigación destinada a resolverlo, es el tema de la culpa, el cual me parece imprescindible. Nos remonta hasta Adán y Eva, el pecado original, Caín y Abel, y todo el Génesis. Es lo que más celebro en la obra de Dostoievski, uno de mis autores predilectos. Si no hay culpa se crea un vacío sin fricción ni restricciones, impera el nihilismo y todo me deja de interesar. Así que el detective privado Tomás Peralta acarrea un sentimiento de culpabilidad desde su aparición en Malasuerte en Tijuana, mientras que la culpa del pugilista llamado Juan Tres Dieciséis es debida a que sabe muy bien que todo su éxito fue obtenido gracias a un crimen abominable e imposible de borrar.

Los dos protagonistas de mi nueva obra tendrán que aprender a vivir con sus respectivos demonios. ¿Lo lograrán? Ese es el misterio más importante en Juan Tres Dieciséis.

“Donde empiezas es donde terminas” es la manera determinista en que Juan justifica su calidad de maldito, en un intento por ignorar al demonio que constantemente le habla al oído ‒un personaje conocido en el texto como “El Hermano Ángel de la Tierra”‒. Fue así como concebí la tragedia del gladiador, quien, luego de defender exitosamente su campeonato de los pesos ligeros, despierta en su habitación de hotel, al lado del cadáver de su joven pareja. A Juan no le queda más remedio que depender de una mente afectada por la demencia pugilística y de Malasuerte para encontrar al asesino de su mujer que podría ser un jefe de la mafia, algún político o hasta él mismo.

Por otro lado, esta novela es un homenaje a los beautiful losers del boxeo y de la vida. Juan se parece físicamente y pelea con una intensidad muy similar a la del Changuito Vargas. Su mirada afligida se acerca a la del peleador jamaiquino Glen Johnson, quien, luego de un momentáneo retiro, regresó a los 43 años a los encordados por cuestiones económicas (¿por qué más?), tan solo para sufrir un robo descarado en un combate donde volcó su corazón, todo para beneficiar a un joven polaco llamado Andrzej Fonfara.

(Nunca olvidaré la silueta triste de Glen Johnson durante la entrevista después de la reyerta, con sus hombros caídos por la desesperanza, diciendo, con una voz cortada por la indignación:

“¿Por qué? Si el muchacho tiene todo un futuro por delante, no le pasa nada si los jueces son justos con él, pero por qué me hacen esto a mí, que me encuentro en una situación desesperante… ¿Por qué?”)

Creo que una historia no tiene por qué ser de éxito para resultar interesante. La que escribí es más bien una tragedia. Me esmeré en construir el relato a partir de diversas estructuras clásicas del género policiaco. Está ahí el recurso del libro dentro del libro, estilo Arthur Conan Doyle; Malasuerte es una actualización del detective romántico pero individualista, el cual ya era un delicioso cliché muchos años antes de que Raymond Chandler hiciera arte exquisito y sofisticado con él, llevándolo a otro nivel; por su parte, el boxeador Juan Tres Dieciséis es uno de esos unreliable narrators, muy similar a los que aparecen en los libros del imprescindible Jim Thompson.

¿Que por qué tanta obsesión con el género policiaco? Digamos que encontré el significado de la vida en una novelita barata de detectives y ahora predico el evangelio de Raymond Chandler: menos bla-bla y más bang-bang.

Hilario Peña