La coleccionista de accidentes

Era una autora secreta. Llegaban rumores de la calidad de su literatura, de su lirismo, de su juego con las vidas soñadas, en línea con los mejores narradores norteamericanos. Pero apenas se la conocía. Encima cultivaba el relato, un género que, si bien atesora algunas de las mejores páginas de la literatura, no siempre cuenta con el favor (o la atracción) del gran público. Pero hay cosas que pasan. Giros inesperados. Accidentes.

En el año 2013 a Alice Munro se le concedió el Premio Nobel de Literatura, y de pronto, de la noche a la mañana, pasó de ser una autora minoritaria a recibir el foco mediático que todo lo transforma, y la elegante Munro, que ha vivido siempre sin grandes aspavientos, discreta, en su Ontario natal, estuvo en boca de todos. Casi como en uno de sus cuentos, en los que un suceso imprevisto (una atracción, un hecho trágico, un enamoramiento) viene a alterar la minuciosa cotidianidad que tanto tiempo llevó construir. La vida no como viaje, sino como asombro repentino. Una implosión que cambia el orden, que lo imposibilita. Un corte que impide que vuelva la normalidad.

De eso, de coleccionar accidentes, de recrear vidas soñadas, sobre todo cercanas, es de lo que siempre ha tratado la literatura de Alice Munro. Y a la vista de lo que es Mi vida querida, su colección de cuentos después del Premio Nobel, parece que ciertos acontecimientos atraen a lectores y audiencias, pero por suerte no arruinan carreras, como siempre se dijo de la maldición del Nobel, que tiene algo de finiquito de la obra de un autor. No es el caso: Mi vida querida es puro Munro, de la cabeza a los pies, e incide una vez más en las obsesiones de su creadora.

Están, por supuesto, las mujeres. Fuertes, débiles, solitarias, soñadoras, arrebatadas, víctimas y valientes. Pero, cuidado con los prejuicios tontos: los cuentos de Munro son mapas emocionales, trazados minuciosos de la vida de alguien, en el que entran hombres, mujeres y (muchas veces) niños, y es en esa red donde nace la tensión, el conflicto. Munro escribe sobre la condición humana. Punto. Que sus protagonistas sean esencialmente mujeres, o que el punto de vista procede de una, no significa que la literatura de Munro sea solo para ellas, porque eso sería tan estúpido como afirmar que las narraciones protagonizadas por varones son solo para público masculino. Munro escribe sobre la vida. No creo que ese tema interese solo a mujeres, ¿verdad?

Aparece también, ya lo hemos insinuado, su cartografía habitual, el universo físico de Munro, que suele circunscribirse a Canadá y al norte de Estados Unidos. Casi todas sus historias transcurren en estos lugares, con un gusto por lo local alejado del exotismo de otras literaturas. Munro, sin embargo, no pretender hacer costumbrismo. Como pasa con autores como García Márquez, Faulkner u Onetti, Alice Munro construye lo local para poder profundizar en emociones universales. Escribe desde lo que conoce bien: ese sería un buen resumen de su obra. Y por eso una literatura cuyo zoom es la experiencia no puede ignorar detalles que remiten a un espacio y a un tiempo muy definidos. En eso Munro no transige. Es como si dijera: “Estas vidas que conozco de primera mano (como en las cuatro piezas autobiográficas del final del libro), que las he soñado e imaginado con tal precisión porque me tocan muy de cerca, porque se cruzan conmigo en mis paseos o en mis recuerdos, son de aquí”. Y es esa poética local lo que permite una identificación con lectores tan distintos.

Otra obsesión que vuelve con fuerza es la familia. Sus redes y trampas. Sus promesas y maldiciones. Muchos de los cuentos de Mi vida querida abordan ese momento en el que una familia está a punto de destruirse. O de comenzar. El origen de la familia (o su destrucción) como el resultado de un accidente, no por fortuito, menos devastador. Como el magnífico cuento “Llegar a Japón”, donde los miedos de una mujer chocan con sus deseos, casi igual que sus responsabilidades como madre con la atracción hacia un desconocido. O el terrible y doloroso “Grava”, que simboliza en la imagen de una laguna, cerca de la caravana a la que se ha mudado la madre con su nuevo novio, los cambios dolorosos a los que se ven sometidas sus hijas.

En fin, tienen dentro todos los cuentos de Munro una bomba y el lector asiste a su estallido, antes o después, junto con los estragos causados por ésta. A diferencia de la teoría del “iceberg” de Hemingway, según la cual lo más importante es lo que no está narrado, yo diría que los cuentos de Munro son anti-hemingway: lo difícil es narrar lo que está oculto, lo que se resiste a salir a la luz, y Munro pone todo el empeño en descubrirlo. A veces con ese estallido, o con su espera, la escritora se dedica a desnudar lo escondido sin prisas, atenta a los detalles, en cuentos que normalmente exceden la longitud habitual y simulan fragmentos de novela. Recuadros de vida robada. Esta teoría de la revelación, además, no está reñida con una elegancia y sutilidad en la narración que requiere a un lector activo que sepa leer entre líneas, que no se conforme con lo dicho sino que busque lo velado. A diferencia de otros autores de su generación, Munro pone toda su atención en la mecánica de la emoción, en la trama con las que urdimos nuestros compromisos. Coincide en esta querencia por el malestar vital con otros grandes cuentistas norteamericanos como Carson McCullers, Tobias Wolf, Truman Capote, John Cheever o Richard Ford; sin embargo, Munro está especializada  en agudizar la mirada sobre lo cotidiano, sobre lo aparentemente anodino (lo que la aleja de varios de esa lista), donde, ya lo hemos repetido varias veces, en la calma más absoluta viene incubándose un desasosiego que tiene que desbordarse por alguna parte. Mi vida querida es la prueba de una escritora que hizo que la experiencia más calma se narrara con la intranquilidad de quien sabe que está a punto de comenzar un desastre. Siempre amenazante, el terremoto

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