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José Agustín
Redacción Langosta comment 0 Comentarios access_time 2 min de lectura

Realizó estudios de letras clásicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de dirección cinematográfica en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, y de composición dramática en el Instituto Nacional de Bellas Artes y en la Asociación Nacional de Actores (ANDA). Participó además en el taller literario de Juan José Arreola. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (1966-1967), del Internacional Writing Program de la Universidad de Iowa (1977), así como de las fundaciones Fullbright (1977-1978) y John Simon Guggenheim (1978-1979).

Poseedor de un estilo de escritura muy ameno y de fluida lectura, desde muy joven destacó en el ámbito literario con sus novelas La Tumba (1964) y De perfil (1966), las cuales, junto con algunas obras de Gustavo Sáinz y Parménides García Saldaña, han sido consideradas, como de la “literatura de la onda”, caracterizada por el lenguaje coloquial, por abordar temas como el rock, el alcohol, las drogas, el sexo y los conflictos familiares, y por personajes jóvenes que expresaron el espíritu rebelde juvenil de la época de los sesenta en la Ciudad de México. Es también autor de las novelas: Se está haciendo tarde (1973), El rey se acerca a su templo (1978), Ciudades desiertas (1982), Cerca del fuego (1986), La panza del Tepozteco (1992) y Dos horas de sol (1994).

El escritor habla en entrevista de su rito de iniciación como lector:

Lo primero que recuerdo es El libro de oro de los niños. Debo de haber tenido unos siete u ocho años. Gracias a él me apasioné por la mitología. Un vecino me prestó la Ilíada y quedé fascinado con las historias de la guerra de Troya, que había leído ya en la versión condensada para niños. Me encantó el lenguaje, que me sonaba a la vez fascinante y extraño. Pero después de leer la Ilíada, le dije a mi amigo: “Oye, el problema es que aquí no termina la historia: no está lo del Caballo de Troya ni nada de eso.” Entonces él me prestó la Odisea, que leí con la misma fascinación. De tal forma que comencé con Homero y luego me seguí con la Eneida, de Virgilio, que sí cuenta la toma de Troya y la huida de Eneas. Para entonces estaba bastante encarrerado con los libros, porque mis hermanos mayores, que tenían trece o catorce años, empezaron a leer muchísimo en ese periodo. Leían a Federico García Lorca, Pablo Neruda, Vicente Huidobro y las novelas de los escritores existencialistas que, a mediados de los años cincuenta, tenían una enorme presencia.

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