Johan Theorin

Pasó todos los veranos de su infancia en la isla de Öland. La familia de su madre, todos ellos pescadores, granjeros o marineros, son hijos de Öland, por lo que conoce el folclore y las leyendas del lugar. Su abuelo se encargó de almacenar en la cabeza de su nieto multitud de historias fantásticas y de terror antes de fallecer cuando éste contaba apenas 11 años. El marinero, pescador y farero perdura a través de un personaje en apariencia secundario, pero clave semántica de la tetralogía en marcha sobre la isla de Öland del escritor: Gerlof, un anciano que vegeta en una residencia, si bien es el depositario oral de las leyendas del lugar, única vía de acceso en ocasiones a la resolución de los crímenes. Aunque ambientadas en el presente, las novelas de Theorin –en un ciclo estacional que arrancó con la veraniega La hora de las sombras (Skumtimmen, 2007), siguió con la invernal La tormenta de nieve (Nattfak, 2008) y prosigue con la primaveral La marca de la sangre (Blodläge, 2010)– se nutren de las historias que desafían al entendimiento humano y que son celosamente custodiadas por los viejos lugareños.
En una entrevista se le preguntó:

¿Su trabajo como periodista le sirvió para conocer historias que luego ha utilizado para los libros?
– Nunca trabajé en la sección de “Sucesos”, pero fue en esa época de mi trabajo como periodista cuando conocí una historia que aparece en este libro. En una entrevista, un señor mayor me contó que en su pueblo ocurrió un crimen y el autor del mismo huyó a Sudamérica con la ayuda de sus padres. Durante diez años, los padres recibían de vez en cuando postales sin remitente de distintos lugares. Entonces, un día llegó un ataúd en el que se suponía que estaban sus restos, y fue enterrado en el cementerio local. Pero las postales seguían llegando, así que en el pueblo se preguntaban si el ataúd no estaría lleno de piedras. De ahí surge la idea de La hora de las sombras.

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