Instrucciones para celebrar a San Patricio

Porque hoy ya no se bebe, ni se lee ni se escribe poesía, ni se persiguen reliquias.

Jordi Soler

 

En marzo, no sólo mi corazón rebosa de alegría, sino también los tarros de cerveza a la salud del santo patrono de los irlandeses. El menor de mis hermanos tuvo a bien nacer un 17 de marzo, coincidiendo con el St Patrick´s Day, por eso no lo olvido. Aunque no es una celebración sino una conmemoración para recordar la muerte del santo en cuestión; el ánimo festivo, los tréboles de cuatro hojas y los duendecillos verdes se hacen presentes, sobre todo en algunos bares de nuestra ciudad que traen a cuenta algo temático dos días después de la quincena.

Cuando empecé a leer Diles que son cadáveres no era marzo, de hecho el otoño ya estaba por terminar y no se me antojaba la cerveza. No tenía idea de lo que estaba por leer, es de esas veces en que no te detienes a leer la contraportada y te tiras directo, como cuando te gusta alguien y no mides el riesgo de avanzar sin antecedentes (desde los emocionales hasta los penales).

Abrí el libro. En pocas horas llegué a la mitad y descubrí que aunque parecía una especie de road movie, el viaje que había comenzado con este libro no era para enterarme de datos curiosos sobre Artaud, ni para descubrir dónde se encontraba el verdadero bastón de San Patricio. La novela, aunque el autor lo niegue, transpira la experiencia del propio Soler como agregado cultural y eso sí que me dio curiosidad.

Aunque todo el texto está obsesivamente permeado por el espíritu de Antonin Artaud, la historia le pertenece al narrador, un curioso attaché culturel de la embajada de México que busca bajo cualquier circunstancia mantenerse lejos de su terruño, sus exesposas o cualquier demonio que lo regrese a su vida anterior.

El protagonista resuelve sus problemas en un pub y busca en la iluminación etílica una especie de paz trascendental (todos deberíamos hacer esto alguna vez en la vida). Ácidos e irónicos,sus fantasmas lo persiguen a pesar del alcohol: como la escultura monumental de un “artista” mexicano se plantó en el corazón de Sandymount Strand, que no tenía nada que ver con el paisaje ni desde luego con Ulises. O la irrupción de los zapatistas irlandeses que, al calor de la calefacción, habían optado por quitarse los pasamontañas.

Terminé el libro. Fue divertido y cruel. Sentí que había sido parte de ese extraño, incoherente y excéntrico viaje. Cuando leí la última frase me dio sed y brindé (con café irlandés porque hacía frío) por los poetas de la pradera asfaltada que rondan las mesas de los bares, por los raros, por los que no encuentran su lugar en el mundo.

 

América Gutiérrez

Diles que son cadáveres, Mondadori, 2011.

Foto: CNN México


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