“I have a dream”: adultos y más adultos leyendo literatura infantil

Los cuentos de hadas son más que

verdaderos: no porque nos dicen que los

dragones existen, sino porque nos dicen que

los dragones pueden ser derrotados.

K. Chesterton en Coraline, de Neil Gaiman

“En algún momento todos intentamos escribir poesía”, me dijo un amigo. Semanas después, mientras escribía sobre el tema, pensaba que no sólo la poesía es uno de los motores más puros del lenguaje en el ser humano sino que el simple hecho de contar historias es lo que nos hace humanos. Desde pequeños intentamos descubrir, construir y dar sentido a nuestro mundo al narrar historias. Se vuelve indispensable para un niño poder contar al mundo el momento en el que descubrió como atar sus zapatos, tanto como cuando experimentó por primera vez la sensación de miedo u abandono. Contamos historias para entendernos, para observarnos y asimilarnos, para construir la propia. Maurice Sendak, el monstruo de la literatura infantil norteamericana, dijo en alguna entrevista: “Mi más grande curiosidad acerca de la infancia, como un estado del ser, es cómo todos los niños manejan el superar la niñez, un día y luego el otro, cómo es que vencen el aburrimiento, el miedo, el dolor, la ansiedad, y encuentran el gozo. Es un milagro constante para mí que los niños averigüen como crecer”. Los niños necesitan de historias para comprender su mundo y su lugar en él; los adultos, también.

Esto me llevó a pensar en la cantidad de literatura para niños que actualmente hay en el mercado. Hace apenas dos siglos, lo que conocemos ahora como literatura infantil era inexistente, y las muestras que podemos rastrear como antecedentes de la misma distan mucho de la estética, el lenguaje, la ideología, los objetivos y el formato que actualmente le adjudicamos al género. Si bien “hay de todo en la viña del Señor”, somos afortunados de vivir en pleno momentum de la engañosamente llamada “literatura infantil”. Con todo y el auge que nos rodea, y los ya consagrados clásicos de la literatura infantil, si preguntáramos a los adultos —aún a los que se consideran grandes lectores— si conocen o han leído a autores como Carlo Collodi y su emblemático Las aventuras de Pinocchio, o quizá a Roal Dahl y su larga colección de humor negro en relatos como Cuentos en verso para niños perversos o Charlie y la fábrica de chocolate, así como a algunos de la vasta lista de autores vinculados con los clásicos de la literatura infantil como L. Frank Baum, Rudyard Kypling, Hans Chrstian Andersen, Herman Melville, Mark Twain, C. S. Lewis, Lewis Carroll o J. M Barrie, por mencionar algunos, seguramente la gran mayoría solo conocería sus obras a través de las adaptaciones que se les han hecho. Y aquí es donde entramos en caminos pantanosos, porque tendríamos que analizar, por ejemplo, en qué consiste adaptar una obra y cómo distinguir si el resultado es bueno o malo; si acaso todos los clásicos que comúnmente asociamos dentro de la literatura infantil realmente pertenecen al género; qué es eso que llamamos literatura infantil y por qué los adultos tenemos tanto miedo de apropiárnosla; e incluso, si es que coincidimos en que los clásicos llegan a ser indispensables para nuestra experiencia lectora, a qué se debe que cuando hablamos de literatura infantil únicamente nos remitimos a los clásicos y no a la amplia variedad de literatura en sus distintos formatos, sobretodo contemporáneos, que están surgiendo desde otras latitudes (empezando por el legendario Neil Gaiman, Anthony Brown y Meg Rosoff, hasta autores como Ellen Duthie y Daniela Martagón, José Ignacio Valenzuela o Carson Ellis).

El papel me queda corto para abordar todos estos temas, así que me limitaré a dos puntos: ¿qué pasa con el límite que le adjudicamos a la literatura infantil y la poca relevancia que suponemosdebe tener dentro del mundo literario de los adultos?, ¿por qué hasta los clásicos —que suponemos ya son muy leídos— ni siquiera son tan clásicos? Para abordar la primera pregunta me gustaría caminar de junto a dos posturas que han dado sendos críticos sobre estos temas. A la primera pregunta Daniel Goldin nos dice:

Nada hay más aburrido que un adulto que desdeñe a los niños, ni más bobo que un adulto que supone que el diálogo con ellos implica plegarse a su nivel intelectual o de discurso. Si en nuestro tiempo la literatura para niños representa una esperanza es porque, como ninguna otra creación cultural, se presta a propiciar un replanteamiento de la relación adulto-niño que mutuamente nos invente.

Hablar de la infancia y la literatura que acompaña este proceso es hablar también del reconocimiento sobre nosotros mismos. Esta idea general de pensar al niño como un ser inferior o de otra especie es uno de los grandes problemas con la asimilación de la literatura infantil. Los niños somos nosotros, los “adultos”; fuimos esos niños y seguimos siendo ellos, salvo con más arrugas. A mí, así como otros críticos de la literatura infantil, me causa problemas el definir a la literatura infantil, pero me gusta pensar que si se le nombra de esa forma es por su vínculo hacia una de las etapas de nuestra vida más natural, juguetona, inquisitiva, insondable, honesta, creativa y provocadora; algo así como el tipo de características que me gusta encontrar en un buen libro, y no como el nombre de una literatura apta para lectores de entre 3 y 10 años. A esto, Philip Nel complementaría diciendo:

Los libros infantiles tienen mucho que dar a aquellos de nosotros que ya no somos unos niños. Hay niveles de significados que es probable que nos hayamos perdido cuando de pequeños leímos un libro. Las experiencias como adultos, quizá, nos concedan interpretaciones no disponibles para los lectores menos experimentados, así como los niños pueden llegar a interpretaciones perdidas para los adultos que olvidaron su propia niñez. En los libros infantiles encontramos arte, sabiduría, belleza, melancolía, esperanza y perspicacia para los lectores de todas las edades.

No tomar a la literatura infantil como lo que realmente es, como una serie de propuestas literarias de gran calidad y alcance, es limitarnos a sobrevivir apenas con lo indispensable. Es confinar la experiencia lectora a una torre de marfil que no nos permite distinguir los trabajos de alta calidad literaria y artística de los que no la tienen. Es, en última instancia no permitirnos el goce y el placer de crear esos vasos comunicantes con nuestra propia infancia, con nuestro ser más honesto.

Y a esto aún hay que añadir la pregunta sobre por qué hasta los clásicos —que suponemos ya son muy leídos— ni siquiera son tan clásicos. De pronto se me ocurren varias rutas que transitar para analizar esa cuestión; entre las más importantes, a mi juicio, se encuentra el tema de las adaptaciones, un concepto que, de ser llevado a cabo con la seriedad del oficio y la creatividad de un artista, puede dar resultados de igual calidad o incluso mejor que la de sus originales. Sin embargo, en este momento lo ceñiré al análisis que surge de la censura y el control que el adulto desea tener sobre lo que leen los niños. Casi siempre esto nos remite al deseo de querer adaptar los libros a los escenarios que cumplan los requisitos de lo que suponemos que el niño es y debe ser; otras veces, simplemente se hace para calmar nuestras conciencias. Debido a ello, si algunos clásicos desentonan con tales requisitos, en ocasiones se prefiere mantenerlos fuera del alcance y presentar las versiones edulcoradas de esos libros o no presentarlos por completo. Si bien es un tema de mucho mayor análisis, en medio de la “disneyficación” de muchas obras literarias, las cuestiones morales que asumimos protegen a la infancia y la actualización de conceptos que las nuevas generaciones reclaman, nos olvidamos de que El libro de la selva es en realidad una recopilación de varios cuentos que van más allá de la historia de Mowgli, Baloo y Bagheera, a través de otras narraciones que saltan en distintos escenarios de la India; o de que, por ejemplo, a diferencia de lo que sucede en la película, Geppetto es encarcelado en los primeros capítulos y Pinocchio se enfrenta con decisiones realmente complejas y vicios difíciles de sobrepasar. Luego entonces, aunque de pronto caigamos en la trampa de seguir pensando a la infancia como el silencio de los que aún “no saben lo suficiente”, pensar en ellos y en esta literatura no es más que pensar en la capacidad de imaginar y replantearnos nuevos escenarios, de revisitar emociones e inquietudes; en fin, de admirar que —en palabras de Villoro— “los cuentos infantiles proceden de un pasado que nos pertenece”.

Escrito por
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