Huir a través de las palabras

La primera vez que Liesel Meminger robó un libro fue en el funeral de su hermano menor cuando ella tenía diez años de edad. El largo viaje, el frío y el hambre fueron determinantes para que el pequeño no resistiera las condiciones adversas y muriera en un vagón del tren en la Alemania de 1939. Tras una ceremonia sencilla, el responsable en oficiar el cortejo fúnebre dejó caer un libro que Liesel inmediatamente guardó para sí. El Manual de un sepulturero (título de éste), sería el primer gran logro de una prolífica carrera en el hurto de libros.

A pesar de ser una ciudadana alemana, Liesel huía del horror nazi liderado por Adolfo Hitler, previo al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Su madre, perseguida por su ideología de matiz comunista, decidió dar a Liesel en adopción a la pareja Hubermann. Pronto, la niña se adaptó a su nueva forma de vida: el colegio, las faenas de la casa, su amigo Rudy.

Una noche, un forastero llegó a casa. Tras pedirle total discreción a la pequeña de esa extraña visita, sus padres adoptivos lo escondieron en el sótano. Max Vanderburg, como se llamaba el nuevo residente del hogar Hubermann, huía de una persecución que Liesel nunca logró entender. Con el paso del tiempo, el judío Max y ella se convirtieron en buenos amigos y juntos compartieron su gusto por las palabras.

La ladrona de libros es la última novela del australiano Markus Zusak, quien retoma en este libro algunas de las experiencias de sus padres en Austria y Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. La ladrona de libros toca uno de los temas  de los que quizá se ha escrito más en las últimas décadas: el Holocausto y, sin embargo, la forma en cómo está construida la hace una obra diferente, a la cual vale la pena dar una oportunidad.

La principal peculiaridad de este libro es la voz narrativa que pertenece nada más y nada menos que a La Muerte. Ella nos conduce por la vida y la escena de la Alemania nazi a través de una forma de contar fragmentada, con oraciones y párrafos cortos. Y es que la muerte juega un papel decisivo en esta historia, pero así también lo hicieron la literatura y otras artes. Sin saberlo, tanto Liesel como Max encontraron la libertad a través de las palabras, la lectura y la escritura. Los libros fueron el escaparate a realidades diferentes, de mayores posibilidades. Por otro lado, la música del acordeón del padre adoptivo de Liesel fue, en el pasado, el punto de unión con la familia judía Vanderburg. Ahí está la magia. Algo tienen las artes que son capaces de conmover, sensibilizar y acercar a los seres humanos entre sí.

No es la primera vez que se aborda este tema. En la multilaureada película El pianista, por ejemplo, el soldado alemán perdona la vida del músico judío gracias a que se sintió conmovido por la música que éste tocaba. Quizá se trate de eso, de aprender a abrir nuestros sentidos a la belleza de las artes universales, que nos reconozcamos cada vez más en personas, contextos históricos, geográficos distintos. De esa manera, aun cuando pensar en una Alemania nazi parezca tan trillado y lejano, en la época actual donde se habla de muros, división, superioridad, etcétera, regresar a la lectura de estas novelas guarda mayor pertinencia que nunca.

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