Homenaje a Gabriel Zaid

EDUARDO MEJÍA

Hace un poco más de 20 años, en la revista Contenido, se reeditaron algunos libros de Gabriel Zaid, y me hice cargo de que aparecieran sin grandes errores; cuando decidió reunir sus obras para El Colegio Nacional me hizo algunas consultas técnicas, que le satisficieron, y me pidió que me hiciera cargo de su producción; en uno de los tomos incluyó un título inédito, Tres poetas católicos, que comenté en un periódico de poesía, con alguna observación que recogió cuando apareció el libro, años después, en Océano; a petición suya me he hecho cargo de la edición, que por ahora considera definitiva, de prácticamente toda su obra en Lumen y Debolsillo, y aprobó que fuera quien compilara su Antología General que me pidió Rogelio Carvajal, una antología para no eruditos, y sobre todo, que me atreviera a seleccionar parte de su obra poética, lejos del alcance de quien admira sus escritos sobre economía, política y sobre la cultura. Platicamos mucho sobre poesía. Él es uno de los pocos poetas que tiene sentido del humor, como una visión, una actitud, no como una provocación ni como una amargura.

En el más reciente de sus libros me hace un agradecimiento que equivale a una dedicatoria de la que me siento muy orgulloso. Pero sobre todo, me ha dado el privilegio de trabajar con él; al contrario de otros autores, pide rigor, que señale algo que se le haya pasado, y a cada duda que le planteo consulta diccionarios (no uno, varios), sopesa las opciones posibles, y muchas veces ha accedido a hacer cambios pues dice que sí no entendí algo, no lo entenderán los otros lectores. Así, sus libros han sido objeto de cambios, muchos imperceptibles, ninguno insignificante.

Verlo trabajar es increíble: consulta, acude a las fuentes originales, pregunta, recuerda anécdotas, suprime o amplía no sin antes revisar y ver cómo se lee el cambio, mide los acentos, evita las cacofonías casi inevitables en español; simplemente observar hace que uno aprenda. Envidio su sentido del humor, su memoria, sus demasiados conocimientos, la facilidad con que acepta escuchar objeciones. He tenido otro privilegio: desarmar sus libros para volver a armarlos; así, como lector descubrí los mecanismos y la perfección de su metodología, de su relojería.

Ahora cumple 80 años, los 80 que admira por la curiosidad inagotable de Octavio Paz y de Sócrates; como ellos, emprende nuevos estudios, su energía física es incansable, y se abre a todas las posibilidades y nuevas empresas, nuevas revisiones y nuevos cambios: nunca da algo como definitivo; hace sentir viejo a quienes no tienen su curiosidad y su vigor. Por ello, valoramos su amistad y su complicidad como una distinción (toda la familia ha trabajado con él en algún momento); además, le debo muchas cosas que nunca podré pagarle; entre ellas, la imposibilidad de envejecer.

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