Borges, infame

Jorge Luis Borges
Historia universal de la infamia / DEBOLS!LLO, 2011
 

¿Quién pensaría que ese hombre calvo, ciego y arrugado, con el puño en el bastón como un lazarillo de madera y el ceño fruncido como hacen los gatos, era en realidad un acalorado coleccionista de vidas y episodios infames? Una especie de demonio en piel de cordero.

La cabeza de este hombre —imagino— fue como un carrusel en torno al cual gravitaron las más disímiles y locuaces líneas sobre las desparpajadas vidas de criminales, piratas, pandilleros, asesinos y traidores.

Poblado de criaturas inverosímiles extraídas de tiempos históricos alejados y abismales entre sí, Historia universal de la infamia es uno de los mejores libros del erudito argentino. De esa especie de sabios que pensábamos extintos.

El jardín de Borges lo habitan Lazarus Morell, la viuda Ching, Monk Eastman, Hákim de Merv, todos ellos atroces e infames personajes que la historia oficial de sus naciones quiso relegar al olvido. Y, tal vez por eso, el más infame de todos sea Borges, quien les rinde culto y pronuncia sus nombres para revivirlos aunque sea en estas páginas impías.

Infame es querer engañar al lector. En ello Borges destaca. Maestro del engaño, de la fábula, el cuento, los versos y las ensoñaciones. Atreverse a navegar entre las historias de la infamia universal, que se abren como riscos y peñascos de prosa afilada, que no se volvieron cuentos pero que en sus obsesivas noches de lectura se aferraron a su mente, es una aventura.

Imagino a Borges en el año de 1935, detrás de torres de libros que a la distancia lucen como serpientes de escamas amarillas. En su mesa, lo mismo tomos de historia persa que relaciones del nuevo mundo. Agradezco la deferencia del gran maestro del engaño hacia el lector. Agradezco sus obsesivas y minuciosas lecturas, capaces de mostrarle a su “público” dónde se dibuja un conflicto. Es ahí donde nace la literatura. Porque en las páginas de este breve y misterioso libro se percibe el olor de las letras que derraman vida.

Esta recreación del universo se distingue en la Historia universal de la infamia. Obra deliciosa para el lector avezado y el profano. Su construcción precisa y la habilidad con que están liados los retazos de vidas enteras en unos cuantos acontecimientos, siguen despertando en el lector —así lo creo— el sentimiento de vastedad que provoca un afán literario bien acabado.

La obra misma está esmerilada con las herramientas de un orfebre. Un orfebre condenado a la ceguera y a no poder, a pesar de las potencias de su mente, desafiar al destino impuesto por los dioses. Quizá su impiedad consistió en su capacidad de bastarse a sí mismo, al recrear el universo en unos trozos de papel condenados a arder en un futuro no muy lejano.

La mirada sobrenatural de Borges dota de vida y color este universo disímil que se caería en pedazos de no ser por la suerte de malabares que el autor de oficio logra poner en juego entre su brutal imaginación y los datos históricos. Por momentos uno percibe el engaño. Como buen mago, Borges deja que el público crea que ha descubierto el pase secreto, la escotilla simulada, el vulgar conejo en el sombrero con que, un segundo después, le roba un suspiro a los espectadores.

Y todavía aplauden.

Y todavía leemos a este hombre misterioso que nos sorprende con esta obra llena de fuerza literaria.
 

Gonzalo Trinidad Valtierra

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