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Hasta se ven más humanos
Fernanda Gómez Peralta comment Un comentario

Hay gente que se identifica a sí misma como persona de gatos o persona de perros. A mí me gustan ambos. Tengo un perro criollo que se llama Amaranto. Mi teoría es que es cruza de cocker spaniel: tiene las orejitas parecidas a las de los cocker y su pelaje es dorado y muy suave, también tiene cola como de plumero, con pelito más blanco que dorado, como su pecho.

Me parece que hay una conexión especial con nuestros respectivos animales de compañía, un nivel de intimidad con ellos que no solemos compartir ni siquiera con otros humanos. Algunos tienen personalidades más autoritarias que otros, y te correrán de tu propia cama; otros aceptan el lugar que les des y ahí se quedan. Sin embargo, cada criatura tiene una personalidad muy particular que terminará por salir a la luz una vez que te agarre confianza. Hay estudios que sostienen que las mascotas se parecen a sus dueños porque uno siempre busca seres o cosas que se parezcan a uno mismo o que embonen en su estilo de vida. Incluso se hizo un experimento en el que le mostraron fotos de perros y sus dueños a un grupo de voluntarios y se les pidió que asociaran a los perros con sus respectivos dueños. De alguna forma lograron relacionarlos bastante bien.

Al parecer hubo gatos en la vida de Julio Cortázar (1914-1984) desde que era niño pero los más famosos fueron Teodoro Adorno, un gato negro con corbatita blanca en su pelaje, y Flanelle (“franela” en francés), una gatita atigrada que aparece en varias fotos con el escritor. En el cuento “La entrada en religión de Teodoro W. Adorno” Cortázar describe su relación a través de los años con Teodoro, un gato callejero que conoció en Saignon cuando era traductor de la UNESCO. Sólo alguien que ama y comprende a los gatos podría describir a uno de esa manera:

“¿Y el Tao, y los amores, y esa manera de jugar con las pelotas de papel que hacíamos con los suplementos dominicales de La Nación? / vuelto a ver dos o tres veces y nunca me reconociste y está bien porque tampoco yo te reclamaré, con qué derecho podría, vos el más libre de los gatos paganos y el más prisionero de los gatos católicos, tendido delante de la puerta de tu sacristana como un perro que la defiende.”

Flanelle aparece en Salvo el crepúsculo. (Ella) “brinca cada tanto a mi mesa para explorar lápices, pipas y manuscritos. Todo aquí es tan libre, tan posible, tan gato”.

Julio Cortazar y su gata Flanelle

Jorge Luis Borges (1899-1986) tuvo al menos dos gatos conocidos: Odín y Beppo. Odín se llamaba así por el dios de la mitología nórdica. Beppo fue Pepo primero, bautizado así por José Omar Reinaldi apodado “La Pepona” (un delantero del River Plate), pero después Borges decidió que Pepo era un nombre feo y terminó por cambiarle el nombre a Beppo por un poema de Lord Byron, el minino nunca se dio por enterado. Beppo era un gato blanco que se dice jugaba con los cordones de los zapatos de Borges y tenía mal carácter e incluso se peleaba con su propio reflejo en el espejo, pero entre ellos, Borges y Beppo, se entendían. Hay un poema dedicado a él, “Beppo” en el libro La cifra:

El gato blanco y célibe se mira

en la lúcida luna del espejo
y no puede saber que esa blancura

y esos ojos de oro que no ha visto
nunca en la casa son su propia imagen.

¿Quién le dirá que el otro que lo observa
es apenas un sueño del espejo?

(…)

Incluso hay otro poema llamado “A un gato” en El oro de los tigres:

(…)

Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.

Truman Capote (1924-1984) tuvo ambos: un bulldog blanco al que llamó Charlie T. Fatburger y una gata llamada Diotima. Cuando Capote estuvo en Kansas investigando una serie de asesinatos para su libro A sangre fría le escribía postales sólo a Charlie, no a Diotima, se dice que incluso le enviaba huesos a veces.

“Querido Charlie: aquí todos los perros tienen miedo y pulgas, no te gustaría nada. Te echo de menos. ¿Quién te quiere? T. (¿quién si no?)”.

Con las postales y los huesos, creo que podemos suponer quién, entre Diotima y Charlie, era el consentido de Capote.
Truman Capote posando con Charlie, como cualquiera de nosotros lo haría con nuestra mascota.

Me atrevería a decir que Ray Bradbury (1920-2012) era amante de los gatos, algunos de sus felinos se llamaron Tigger, Win-Win y Ditzy. Hubo un punto en el que él y su esposa Marguerite albergaron hasta a 22 gatos, por ahí de los cincuentas. Aparte de sus obras más famosas, como Farenheit 451 o Crónicas marcianas, escribió un libro llamado El signo del gato. También llegó a comparar la creatividad con los gatos:

“That’s the great secret of creativity. You treat ideas like cats: you make them follow you.” (Éste es el gran secreto de la creatividad. Trata a las ideas como a los gatos: haz que te sigan).

Debido a los 22 gatos que tuvo Bradbury, no hubo manera de comprobar el nombre del que lo acompaña en esta foto.

Al parecer siempre hubo perros en la familia de Virginia Woolf, pero su favorita y la más famosa fue Pinka, una cocker spaniel de pelaje negro y ojos enormes, que probablemente inspiró su novela Flush: Biografía de un perro, que es la historia de una cocker spaniel de sociedad, mascota de la poeta Elizabeth Barrett Browning. Woolf dijo sobre los perros: 

“This you’ll call sentimental — perhaps — but then a dog somehow represents — no, I can’t think of the word — the private side of life — the play side.”

(Esto dirán que es sentimental, tal vez, pero entonces un perro de alguna manera representa… no, no puedo pensar en la palabra, el lado privado de la vida: el lado juguetón).

Virginia Woolf y Pinka.

Clarice Lispector (1920-1977) tuvo un perro café llamado Ulises, él aparece en su libro infantil Casi de verdad, como el narrador. Ulises cuenta que él es “muy bonito y astuto” y tiene “(…) un pelo castaño como el guaraná. Pero, sobre todo, tengo unos ojos que todos admiran: son dorados”. También recuerda lo que otros dicen de él: “Ulises tiene la mirada de una persona”.

Hay algo profundamente doméstico y enternecedor en las fotos de los escritores, y cualquier persona, en realidad, con sus mascotas. Bien me lo dijo una amiga “hasta se ven más humanos”.

Las hermanas Brontë, Anne (1820-1849); Emily (1818-1848); Charlotte (1816-1855), tuvieron varios perros y gatos, entre ellos estaban Keeper, Flossy, Tom y Tigger (como uno de los gatos de Bradbury).  Se dice que Tiger, el gato, jugaba con el pie de Emily mientras ella escribía Cumbres borrascosas y que Tom era un gato negro atigrado y el consentido de las tres hermanas. Los perros más memorables fueron Flossy y Keeper. Flossy fue un regalo a Anne por parte de unos alumnos suyos, era una Cavalier King Charles Spaniel de color negro y blanco, que dicen podía ser muy testaruda. Keeper era de Emily y era un mastín muy inteligente y leal, que podía ser agresivo si se sentía amenazado.

Flossy, la perra de Anne. Este dibujo se le atribuye a Charlotte, pero por el estilo se cree que se parece más a otras ilustraciones de animales hechas por Emily.
Keeper, Flossy y Tiger por Emily Brontë

Doris Lessing (1919-2013) tuvo bastantes gatos en su vida y el amor que les tenía se notaba cuando escribía y documentaba las hazañas de los suyos. En una entrevista afirmó que el gato con el que mejor se comunicaba era El Magnífico. Escribió en más de una ocasión sobre ellos, sobre las maneras en que marcaron su vida. En Gatos ilustres dice:

“Un gato es un auténtico lujo… lo ves caminar por tu habitación y en su andar solitario descubres un leopardo, incluso una pantera. La chispa amarilla de sus ojos te recuerda todo el exotismo escondido en el amigo que tienes al lado, en ese animalito que maúlla de placer cuando lo acaricias.”

Bonus: No podía dejar fuera a Gérard de Nerval (1808-1855), escritor y traductor francés un poco excéntrico, quien tuvo una langosta mascota, llamada Thibault, a quien paseaba por las calles de París con un listón azul, en vez de correa. Decía que: “Son pacíficas, criaturas muy serias. Conocen los secretos del mar, y no ladran ni mordisquean en la privacidad de uno como hacen los perros.”

A veces idealizamos a los escritores como estas figuras creadoras de universos cautivantes, y olvidamos que son personas como nosotros. Cuando sus textos no nos recuerden lo suficiente su humanidad, siempre podremos ver las fotos con sus mascotas, en caso de haberlas. En estas fotos hay una vulnerabilidad y una ternura que nunca encontraremos en el retrato de la contraportada de sus libros. Es muy probable, que los escritores y escritoras también sean, igual que quienes que tenemos mascotas, manipulados por unos ojos adorables y el pelito suave de algún mamífero doméstico. Las mascotas, sea gato, perro o langosta, acaban siendo la extensión de las excentricidades del dueño y no voy a negar que en los casos que yo conozco han sido excentricidades fortuitas, memorables y muy tiernas.

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  1. Me encantó!! Amo a los animales, yo me inclino por los perros, me fascinó conocer la parte “más humana” de algunos escritores, sin duda nuestras mascotas son reflejo de nuestro ser.