Hablemos de DFW

Escribir sobre David Foster Wallace no es tarea sencilla. Hay que considerar sus novelas, Infinite Jesten particular, su figura, sus perros, su paliacate, sus cuentos y, por si fuera poco, a Jason Segel.[1] Y si a eso le sumamos que a veces parece que escribir sobre el autor favorito de un amigo es como bajarle a la novia, pues más.[2] Pero nada de eso importa. No sólo hay que considerar a DFW, hay que hablar de él. Acaso por eso se decidió traducir Consider the Lobster como Hablemos de langostas.

Hablemos de langostas no es la obra cumbre de DFW, aunque seguro sería la de un autor menos severo consigo mismo. Los ensayos que componen el libro son una muestra de esa prosa en non-fiction que desnuda al autor y, a través de él,  a los lectores. La virtud del libro radica en ser el mejor ejemplo del gran cliché que es decir que «el ensayo es el centauro de los géneros». Nunca parece más cierto cuando el texto toma la forma de una crónica, una reseña de libro, una memoria o un perfil. El tema es lo de menos: DFW va la entrega de los premios cinematográficos de la industria pornográfica, reflexiona sobre John Updike o el humor de Kafka, el uso del idioma inglés en los diccionarios o habla del conservadurismo en la radio estadounidense. Al final,  DFW, invariablemente, termina hablando de él mismo: su estilo es el de la primera persona (la predilecta, por supuesto, del ensayo) que se ocupa para extrapolar y hablar de la sociedad contemporánea.

Y, el de la primera persona desde el lente de lo humorístico. Pocas veces he reído tanto en una lectura. No se trata de que DFW sea un comediante o que escriba algunos chistes. DFW se dedica a señalar las ridiculeces en la sociedad y ocupa su particular visión de la vida para comentar sobre ello. Sin hacer menos los extraordinarios «Cómo Tracy Austin me rompió el corazón» y «Hablemos de langostas», convendría hablar de «Gran hijo rojo».[3]

«Gran hijo rojo»,[4] el ensayo que da la bienvenida al libro, inicia con estadísticas: entre una y dos decenas de personas ingresan a urgencias porque se castraron a propósito. Esto sirve como introducción para hablar de los premios de la Adult Video News, los oscares del porno. Así, DFW dice que después de cubrir el evento, uno ya no «tiene erecciones biológicamente normales de esas que se tienen a primera hora de la mañana o al hacer un trayecto lleno de baches en autobús. Y cuando se nos acercan miembros del sexo opuesto aunque sea de forma inocente, todos nos apartamos igual que uno se aparta de las llamas», o, mejor, hace un pequeño glosario de algunos términos en la industria pornográfica (que en la traducción pierden un poco el sentido. En inglés, un actor porno es woodman; en español es leñador), para después proponer un pequeño ejercicio en el que el lector escriba una oración con ocho de esas palabras. Él propone un ejemplo que queda así:

“Después de esperar leña bastante rato, una chica-B mulló al leñador novato hasta que este pudo participar en una SS de DP cuyas mangas frecuentes requerían leña máxima, y, después de un inicio vacilante, la SS terminó siendo un espectacular facial doble en el que la estrella femenina hizo un verdadero despliegue de profesionalidad al conseguir permanecer entusiasta incluso después de que le cayera algo del tiro en el ojo derecho.”

Claro que la genialidad de DFW no radica en señalar ni comentar, sino en la transición de ideas que lo lleva a tomar cualquier ocasión para hablar de su tiempo. DFW opera en las sombras y espera que el lector se percate. Viene a la memoria «Hablemos de langostas», donde al principio se explica que a las langostas se les suele llamar insectos, pues son básicamente eso. Y, muchas páginas después, en una nota al pie, aparece esta revelación:

“Ser un turista de masas, para mí, equivale a convertirse en un puro americano de los tiempos que corren: foráneo, ignorante, codicioso de algo que nunca se puede tener y decepcionado de una forma que nunca se puede admitir. Implica estropear, en virtud de la pura ontología, la misma cosa no estropeada que uno ha ido a experimentar. Implica imponerse a uno mismo sobre lugares que en todos los sentidos menos el económico serían mejores y más reales si uno no estuviera. Implica, en las colas y en los atascos y en las transacciones sin fin, afrontar una dimensión de uno mismo que resulta tan ineludible como dolorosa: en tanto que turista, te vuelves económicamente significativo pero existencialmente aborrecible, como un insecto posado sobre algo muerto.”

Toma relevancia porque el ensayo abandona toda noción de comer langostas para hablar de qué significa comerse a otro ser vivo. En fin, las langostas y nosotros somos, en esencia, lo mismo: insectos posados sobre algo muerto.


 

[1] El año pasado salieron las primeras fotos de Jason Segel interpretando a DFW en The End of the Tour. Pese a las negativas y burlas que esto trajo en las redes sociales de algunos escritores, la actuación de Jason Segel parece ser sobresaliente. Para efectos de este artículo, intenté ver el filme por la vía legal para dar una opinión más formada, pero fallé.

[2] Y por eso te pido perdón, Herson.

[3]En Hablemos de langostas hay ensayos que valen la pena, pero son cuatro textos los que me cautivaron y recomendaría a cualquier lector. «La vista desde la casa de la señora Thompson», un recuento sobre el 9/11 desde la perspectiva del autor y los tres que menciono arriba. Si «Hablemos de langostas» es el ensayo más conocido de DFW, publicado originalmente, por cierto, en una revista de cocina, «Cómo Tracy Austin me rompió el corazón» debe estar en cualquier top del ensayo personal: DFW lee y comenta sobre el tennis, una de sus pasiones,* y la autobiografía de Tracy Austin. Al final, esta es una historia sobre las ilusiones rotas y las esperanzas que ponemos en nuestros ídolos.
*Y si hablamos de tennis y DFW, ya de paso hay que leer  «Federer as ReligiousExperience».

[4]Que, por cierto, recuerda a ese «gran» cómic de Superman, Red Son, un whatif de cómo sería Superman si en vez de haber caído en Smallville, Kansas, hubiera llegado a la Unión Soviética.


 

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