Las ficciones bifurcadas

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Ficciones / DEBOLS!LLO, 2011

A mis dieciséis años, cuando apenas comenzaba la preparatoria, conocí a S, una muchacha que me gustaba mucho y quien me introdujo a Borges un día que, desesperada, me pidió ir a la biblioteca a buscar un libro antiguo que había perdido: El aleph. Lo había dejado en una de las mesas de trabajo sin darse cuenta y esperaba que alguien lo hubiese recogido. Jamás lo encontramos, pero me dio la curiosidad suficiente –ella, Borges me tenía muy sin cuidado– como para regresar en la tarde a buscarlo y hacerme una extraña –e irrealizada– fantasía de reponerle el libro viejo con una edición más nueva. Tomé un ejemplar prestado de la biblioteca, intenté leerlo, fracasé, y no alcé un título de Borges en año y medio.

No recuerdo bien si esto fue antes o después de otro episodio con S allá en los frontones de Ciudad Universitaria. Ella tenía algo que ver con el equipo de voleibol y terminé acompañándola, junto con toda la selección, desde Coyoacán hasta CU sólo para ver un partido de algo que ni me interesaba. Pero pasamos un buen rato: reímos en el camino que nos costó trabajo encontrar y compartimos mi chamarra como cobija para calentarnos mientras veíamos a las jugadoras aventar el balón de un lado a otro.

Terminando el partido fue momento de regresar cada quién a su casa, así que decidimos encaminarnos al metro, que no sabíamos para donde quedaba. Nos volvimos a perder, porque S era la mujer más desubicada que he conocido y yo no sabía nada de CU. El destino nos llevó a alguna facultad aledaña que tenía una parada de autobús y llegamos el grupo completo, a pesar de mis esfuerzos por perderlas en el camino.

Nos encontrábamos esperando el famoso camioncito con el grupo de muchachas cuando a S le dio por ir al baño. Me pidió que la acompañara a buscar uno y yo, enamoriscado como puede estar alguien ingenuo a sus dieciséis años, no pude sino acceder. No tardamos mucho en encontrarlo. En la entrada me preguntó que si no quería pasar con ella, cosa que me pareció un tanto extraña. Decliné la invitación, como el buen niño tonto que era. Podría jurar que tardó diez minutos en salir. Después regresamos, y yo seguí intentando quedarme solo con ella sin darme cuenta de lo que había sucedido.

Jamás pasó algo con S y me tomó casi dos años regresar a Borges y descubrir, ahora sí, a todas mis anchas, no El aleph, sino Ficciones.

Ahí encontré, en “El jardín de senderos que se bifurcan”, un poco de entendimiento sobre esa tarde y el abanico de posibilidades que se desprenden de cada situación, además de una pregunta que jamás podré contestar: Si yo hubiera entrado a ese baño, ¿qué hubiera pasado? ¿Me habría encontrado en las manos de mi primer encuentro amoroso con una mujer que tiempo después encontraría indescifrable? Tal vez en un mundo paralelo yo sí entré a ese baño y sostuve una larga y tormentosa relación con S que habría durado hasta que ambos tuviéramos veintitrés años, cuando, decididos que no éramos el uno para el otro, nos dejáramos mutuamente por otras personas: ella por una mujer ecologista, yo por una rubia con aire en la cabeza. O puede ser que sólo platicáramos incómodamente mientras ella se tardaba diez minutos en el baño. Las alternativas que ese momento ofrecía eran infinitas y nunca sabremos qué hubiera sucedido.

Lo certero es que yo me encuentro sin saber qué es de S mientras escribo estas líneas. Aunque confieso que me gusta fantasear que esta realidad es uno de tantos paralelos de un universo donde yo sí acepté su propuesta.

 

Andrés Borchácalas

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